marzo 19, 2015

El potrero ovalado

El nacimiento de Puqax

Al sur de la Reina del Plata, donde los grandes edificios se hacen caseríos, y donde las miles de luces no son nada ante esa luna mágica que ilumina el trasnochar de los sueños campestres. Donde muchos son los que heredan pasiones populares sin opción, es difícil hallar una que sea auténticamente propia. Descubrir un verdadero fervor nacido en el fuego más íntimo del corazón, requerirá de una predisposición sólo factible en espíritus hermandos y consustanciados más inexplicablemente…
 Allí, en los pastos de Burzaco…
         Mientras el mundo se desangraba con la Segunda Guerra Mundial, del cielo y por la noche, descendió en vuelo feroz, un ave en fuego. Con sus patas sujetaba lo que parecía ser un huevo ensangrentado. En movimientos danzantes lo dejó en frenético vuelo apoyándolo firmemente con sus patas debajo de dos lánguidos árboles, que juntos, parecían anunciar una gran letra H. Y cuando las patas de este ser pisaron finalmente el pasto como en acto de victoria, entre el fuego que traía en su cuerpo y la sangre de ese extraño huevo, se confundieron los colores que impregnaba en ese pasto verde iluminado por la luna en derredor. El rojo era predominante, pero azul chispeante había también en sí, como cuando el fuego alcanza distintas temperaturas, y por ello, otras tonalidades. Y de la extremidad de su ala derecha pareció sucederse una transfiguración corporal que logró alzar ese huevo notablemente ovalado para posarlo en su pecho como quien cuida algo absolutamente suyo. Alzó la mirada, exhaló un extraño amor enquistado en las entrañas de su ser a través de un indescriptible rugido en excitación. Mientras, sufría otros cambios magníficos en todas sus partes, y le quedó el torso rojizo, y desde la cintura le caía un color azul recordándole su procedencia de noche y cielo. Y así, con ese huevo ovalado bajo el brazo pareció ingresar a través de esa H en un mundo diferente, en otra dimensión a la que se aventuraba con gesto feliz.
Allí, en los pastos de Burzaco…
Esta suerte de mítico ser, comenzó a saltar, a volar, a correr, y a realizar inimaginables destrezas con ese huevo que adquiría color y forma definidos como los de una guinda; alejándolo, acercándolo, pero jamás perdiendo la posesión.
Diversos investigadores coincidieron que esa descripción realizada por los pocos testigos de aquella aparición coincide con El Puqax, una de las más fantásticas leyendas de las civilizaciones precolombinas del territorio bonaerense. En ella, se refiere a que un ser como Puqax puede liderar a otros catorce selectos miembros de una misma bandada -o banda de espíritus- durante un periodo de adoctrinamiento donde el Respeto, el Compromiso y la Humildad harían profecía si fueran por todos igualmente comprensibles. Con una instrucción de la liberación total de la Pasión podría llegarse hasta el día de plenitud anhelado,  que sería cuando los quince  se confundan entre sí y todo sean igualmente Puqax, y puedan volar mirándose sin grietas a los ojos encendidos.
Hermandados entonces serán, los que conformen esa banda, leyendas que volarán con la guinda en el pecho… desde esos pastos del sur.

Split, MMXV

Tin Bojanic

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