noviembre 02, 2014

Si Menéndez hubiera sido Moscardó


A mi padrino


El 13 de junio de 1982 la política por medios cruentos inglesa intenta sostener su ambición y cinismo colonial en las Islas Mavinas. Los soldados argentinos defienden la patria celebrando con su sangre la reivindicación de un pueblo que vuelve a estar unido en tierra, que es cuerpo, y en moral, que es espíritu.
            Las batallas en la Isla Soledad son cuerpo a cuerpo. Aún resta por ver qué sucederá en la Gran Malvinas, y si el invasor intentará enmendar sus intentos fallidos por penetrar el continente. Bombardear la capital del país también pareciera estar en los planes piratas, y ya se sabe, que ellos tienen la bomba y que no temen en usarla.
            Los soldados argentinos combaten con la herencia del heroísmo de varias sangres que ahora se entremezclan hermanas en el mismo campo de batalla, bajo la misma bella bandera celeste y blanca. Los invasores vienen de distintaos países del Reino Unido, cuales súbditos cómplices, y con el padrinazgo mecenario de los Estados Unidos. Y hay sangre en la turba y hay sangre en los montes, y todo honor en los corazones de los defensores.

1200 horas del 13 de junio. Primera comunicación telefónica entre el General Mario Benjamín Menéndez y el General Jeremy Moore. Sucede en el puesto de comando argentino, y el único testigo es un Teniente Coronel ayudante del mismo y que oficia de traductor.

Menéndez – Aquí el General Menéndez, hable.
Moore – Aquí el General Moore. Exijo la inmediata rendición para proceder al cese de hostilidades. Continuar con las acciones significará pérdidas civiles y mayor derramamiento innecesario de sangre. Ordenaré atacar el pueblo y es el defensor el responsable militar de sus vidas.
Menéndez – Señor, yo no le acepto dos cosas. La primera, que sea usted quien se me dirija y no el Almirante Sandy Woodward; la segunda, que me chantajee con matar a sus colonos. Seguiremos combatiendo.

1730 horas. Comunicación fallida entre la Task Force y el puesto de comando argentino. La suerte de las armas atravieza una situación crítica. Los ingleses no pueden dilatar mucho más una definición. Un nuevo ataque aéreo exitoso argentino los pondría en jaque. Desde Buenos Ayres, se ordena a las tropas que contraataquen.

2215 horas. Comunicación entre el Comandante de la Fuerza de Tareas británico Woodward y el General Menéndez.

Menéndez – Aquí el General Menéndez, en su puesto de comando de la primera línea de fuego, hable.
Woodward -  Habla el Almirante Woodward. Es usted responsable de todo lo que está ocurriendo en las Islas, y le doy un plazo de dos horas para que se rinda. Tenemos prisionero a su hijo.
Menéndez – Seguro que sí.
Woodward – Lo pondré en comunicación para que lo compruebe.
Hijo - ¡Pa!
Menéndez  - ¿Qué tal hijo mío?
Hijo – No sé, estos dicen que me ejecutarán si no se rinde Puerto Argentino. Pero yo no soy más que cualquier otro soldado argentino.
Menéndez – Si esto es verdad, encomiéndate al Padre, grita un viva la patria y otro vivan los hérores de Malvinas, porque serás como uno de ellos. ¡Un abrazo de tu padre!
Hijo - ¡Adiós papá! ¡Abrazo de tu hijo!
Woodward  - Le exijo que…
Menéndez  - No hay más negociación, puede ahorrarse el tiempo otorgado y matar a mi hijo héroe, que las Malvinas no se rendirán porque estas islas que yo defiendo ¡son argentinas!

En la madrugada del 14 de junio las tropas argentinas coordinan un contraataque con maniobras conjuntas de la infantería de Ejército y de la Marina. La Fuerza Aérea sale a la caza poniendo en el cielo todas las naves disponibles. Buenos Ayres se prepara para ser bombardeada. La noticia de la ejecución del hijo de Menéndez emocionó la moral de todo el pueblo argentino y en especial de todos los soldados.
            Es el mediodía. la primera ministro británica se comunica con la Casa Rosada, y por medio del embajador norteamericano, se pide terminar con los combates y buscar una salida airosa de la Fuerza de Tareas imperial enviada al sur.
            El 16 de junio el General Menéndez, herido en la frente por las esquirlas de los últimos bombardeos, recibe el cuerpo de su hijo envuelto en una bandera argentina. Solicita nomás que sea enterrado en el cementerio que habrá de crearse en Darwin, y sólo pide que cuando él muera, lo entierren junto a su hijo y el resto de los héroes.

Tin Bojanić

Madrid, noviembre 2014

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