junio 06, 2013

El primer heroísmo cristiano

En el Huerto de los Olivos, en horas cristianas cruciales, está el Hombre con su alma angustiada, mezcla de responsabilidad y designio, rezando. Allí también dice: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
En la oración sucede siempre el hallazgo de refugio ante la tribulación, es el lugar donde se reconcilia el espíritu con la verdad e, inmediatamente y cual consecuencia, también con la esperanza.
Ese momento de la vida de Jesucristo, uno de mis favoritos, ha sido utilizado muchas veces en perjuicio de su verdadero mensaje evangélico. Pues allí, los detractores, alegan creer ver a un mesías confundido, dudando acerca de su misión, y con atisbos cercanos a la claudicación; y que luego no hizo más que resignarse ante los hechos.
Cuando Jesucristo indaga si es posible pasar de ese cáliz lo hace desde un Dios hecho carne que sabe lo que vendrá en dolor. No hacerlo significaría minimizar la flagelación de la crucifixión, y también sería una demostración de soberbia nada inherente a Jesucristo. Por añadidura, donde se intenta concederle un título de resignación a la posterior elección, en realidad, no se está apreciando la mayor belleza de la carne pidiendo ser comandada por el Espíritu. Nuestro Señor tiembla en su carne lo que ha de acontecer inevitablemente, pero su espíritu se sobrepone y clama que no se haga su voluntad sino la de Dios.
La cristiandad no consiste en una indiferencia ante el dolor, o de un goce extraño en el sufrir. Este pasaje del Evangelio nos enseña que nuestra conveniencia será la que busque siempre evitar el sacrificio, y que el heroísmo cristiano consiste en la aceptación de lo que ha de hacerse, no como nosotros quisiéramos, sino subordinando nuestro sentir siempre a la fuerza superior de nuestro espíritu en comunión con Dios.
Poco tiempo después de ese episodio, tendremos a Jesucristo en la Cruz, pagando las consecuencias de su mensaje revolucionario de amor, más allá de los sistemas preexistentes, y más allá también de los tiempos venideros, encarnando un ente de valores sacros e inmortales. 
Allí, con las carnes desgarradas, a punto de cumplir con su misión, una vez más, vuelve a expresar el dolor inefable de la carne y pregunta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Vuelve, entonces, a sentirse hombre en la angustia del dolor. Pero así como ya dijera, que la verdad está ligada siempre e inmediatamente con la esperanza, es cuando vuelve a ejercitar ese primer heroísmo cristiano al decir luego: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Split, 2013
Avgvstinvs Eliyahu

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