marzo 10, 2013

Caravana Malvinera

A los diecisiete años yo me preparaba en silencio y en solitario para lo que creía sería mi misión inmediata y, quizá, definitiva en mi paso por este planeta. Definitiva no sólo por su trascendencia personal sino que también por mortal. Porque yo me preparaba para ir a la próxima guerra contra el Reino Unido y sus secuaces.
         Con mi adolescencia pidiendo sangre me enteré que una Caravana Malvinera partiría desde la Ciudad de La Plata para llegar a Buenos Ayres, terminando su recorrido, en homenaje a los caídos, en la Plaza San Martín.
         Entonces, cuando aquella Caravana pasó por mis Tierras de Adrogué, me encontró a mí, esperándola, esperando ver a mis héroes. Siempre que me cruzaba con algún veterano me limitaba a decirle: “gracias”.
         Esta vez, mi afán me llevó a comenzar a hablar con ellos, a querer finalmente conocerlos más de cerca, poder hablar con esos granaderos de carne y hueso. Así fue que comencé a hablar con uno al que le decían El Gran Santiago. Y charlamos humanamente, un héroe y yo. Y antes que estuvieran por abordar el colectivo para seguir viaje, me dijo: “Pibe, ¿querés venir con nosotros?”, a lo que respondí, “¡claro que sí!”.
         Subí con ellos al colectivo de los veteranos y, exceptuándolo al chofer, yo era el único guerrero no probado allí. Y fuimos cantando, charlando, emocionados, y yo entre mis héroes, como si fuera uno de ellos. Por eso, en cada parada, en cada nuevo pueblo que arribábamos en nuestro recorrido, al bajar del colectivo entremezclados, y sentir el aplauso de la gente, yo soñaba que por esos instantes alguien pudiera creer que yo era también un veterano, ¡me explotaba el pecho de la emoción!, e intentaba en mi rostro conseguir el gesto mayor adusto posible.
         Al llegar a la Plaza San Martín en Buenos Ayres canté con ellos el himno nacional argentino y derramé con ellos mis lágrimas.
         Cuando abandonamos la plaza tras los homenajes correspondientes, El Gran Santiago y otros más, me invitaron a compartir con ellos unas cervezas en un puestito de la Estación de Trenes de Retiro. ¡Brindando con mis héroes!
         En el momento de despedirme de ellos abracé a cada uno con verdadero afecto, y le prometí al Gran Santiago que le enviaría una carta y algún poema.
         Días después recibí una carta con su respuesta diciéndome: “gracias”, esta vez a mí, haciéndome sentir aún más agradecido por mis héroes.

Međugorje, 2013
Avgvstinvs Eliyahu

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