febrero 25, 2013

Primo Hermanos

Buenos Ayres, año 1977.

Son las seis menos cuarto de la mañana. Saca de la mesa de luz su arma reglamentaria y la hace descansar, ya preparada, en la almohada. Va al baño y la navaja comienza a emprolijar la barba tras veinticuatro horas de permiso para crecer. El espejo le devuelve al flamante Guardiamarina su orgullo finalmente encontrado, el de ser oficial de la Marina de Guerra de La Argentina. Quizá, Dios quiera, podrá luchar en grandes combates navales contras las potencias europeas maestras en el arte de la piratería. Pero ahora, su enemigo, está entremezclado en la putrefacta sociedad de su propio país, y camuflado de ciudadano. Y piensa, al mismo tiempo, en esa chica con aires del interior del país que está siempre sentada en la misma mesa de su café favorito en los alrededores de la Plaza Francia.

Minutos después de las once de la mañana. Se tropieza al salir de la cama con una botella vacía de ron de la noche anterior que casi lo tumba. En el baño las lagañas son intimidadas con agua caliente. El espejo le devuelve al recién diplomado Profesor en Letras el placer interno de poder dedicarse a conversar sobre la poesía. Recuerda también, su sueño de poder convertirse en escritor, pero será para cuando no esté tan politizado y pueda gozar de mayor tiempo feliz. Piensa, una y otra vez, en esa chica con vestidos pueblerinos que se sienta en una mesita en particular de su café favorito de los alrededores de la Plaza Francia.

El marino ingresa al café y busca la mesa a la izquierda de donde sabe estará sentada en pronto instante aquella mujer que desea. Está resuelto a ejecutar su plan de conquistar a esa bella dama que presupone será estudiante de derecho o de historia argentina. Lamenta no poder lucirse en público con su elegante uniforme marcado a fuego con el luto del almirante Brown.

El profesor cruza la puerta de entrada del café y va decidido a la mesa libre más próxima donde sabe estará la mujer que ensueña, sentándose a la derecha de la silueta que imagina. Sabe que deberá moverse con delicadeza en su plan de seducción de esa bonita camarera, o tal vez, estudiante de teatro. Lamenta no poder lucir el cabello más largo ya que le han dicho que se le parecería mucho al retrato del Che.

La joven señorita aparece en escena y va lentamente, y por costumbre, a la mesa de todos los días. En cuanto sus caderas terminan de acomodarse en la silla, nota que está rodeada por dos pares de ojos de unos hombres que parecen mirarla con hambre de presa. Le produce miedo la vulnerabilidad del sexo y la confusión que circula por aquellos días. Agitada ya en su respiración, al notarla en sí, se incorpora de un salto y sale del lugar, sin mirar atrás.

El marino y el profesor no entienden qué sucede y no pueden esperar ni un día más, ni desperdiciar la decisión que los despertó esa mañana. Dejan pagos sus cafés con billetes de bondad con la propina para ganar sin tiempo la puerta de salida. En su afán, olvidan ambos los buenos modales e intentan traspasar la puerta simultáneamente entorpeciéndose y golpeándose los hombros mutuamente. El marino mira al profesor y juzga rápidamente por su aspecto que debe ser un zurdo de…; el profesor mira al marino y juzga rápidamente por su aspecto que debe ser un milico de… Terminan saliendo los dos, enfrentados y de costado, para poder cruzar la puerta, casi como si bailaran un tango. Y jodidos, los dos, ya en la calle, comprueban que la chica no está más a la vista. Maldicen para sus adentros mirándose a los ojos. Ninguno pide disculpas, ninguna putea abiertamente. Se van en direcciones opuestas convencidos que, por culpa de esa otra parte de la sociedad que detestan, ven hasta perdidas sus esperanzas de amor.
Split, 2013
Avgvstinvs Eliyahu

1 comentario:

Ana María dijo...

Excelente mensaje