febrero 22, 2013

“Misterios impenetrables nos rodean por todas partes, los cuales están por encima de la región sensible; para penetrarlos creemos poseer inteligencia, y no tenemos sino imaginación. A través de un mundo imaginario cada uno traza una ruta que cree ser la buena; ninguno sabe si la suya conduce al objetivo. No obstante, queremos penetrarlo todo, conocerlo todo. La única cosa que no sabemos es ignorar lo que no podemos saber. Preferimos más determinarnos al azar, y creer lo que no existe, que confesar que ninguno de nosotros puede ver lo que en realidad es. Pequeña parte de un gran todo cuyos límites nos sustraen, y que su autor entrega a nuestras alocadas disputas, somos lo bastante vanos para querer decir lo que es este todo en sí mismo, y lo que somos nosotros en relación con él. Cuando los filósofos se hallasen en estado de descubrir la verdad, ¿quién de entre ellos se tomaría interés por ella? Cada uno sabe bien que su sistema no está mejor fundado que los demás, pero lo mantiene porque es suyo. No existe uno solo que, procediendo a conocer lo verdadero y lo falso, no prefiera la falsedad que ha encontrado a la verdad descubierta por otro. ¿En dónde está el filósofo que, para su gloria, no equivocaría gustoso al género humano? ¿En dónde está el que, en el secreto de su corazón, se proponga un objetivo distinto que el de distinguirse? ¿Qué solicita él más, dado que se ha elevado sobre lo vulgar, dado que ha oscurecido el resplandor de sus concurrentes? Lo esencial es pensar distinto que los demás”.
Jean-Jacques Rousseau

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