noviembre 29, 2012

Mi escritor favorito

Ser en otros
Al espíritu que me habita
Porque sólo Dios y yo
Sabemos de sus penurias.
                                                                    
A los escritores y poetas
Que viviendo vidas desgraciadas
No dejaron jamás de escribir hasta su muerte.

 “Cuando uno vive al límite,
Toda circunstancia se transforma en una escena teatral
De despedida del circo de la vida”.
Adentrándose

¿Qué cosa es un escritor? ¿Qué es de su vida? ¿Qué le pasa y por qué escribe? ¿Quién es cuando no lo hace o cuando no puede? Sí, yo que soy escritor, podría develar algunos sinsabores y expresarles también lo que se siente en los dulcísimos momentos de euforia y de amor recíproco con las palabras, y en especial con la poesía. Pero no, que no tengo ganas de mí ahora, aún no, de confesar caprichos míos, de ventilar mis avatares. Lo que sí haré, es contarles la vida de un escritor, por medio de la historia de un amigo que, en reiteradas oportunidades me pidió, como si me lo encomendara, que fuera yo quien describa su vida.
         A quien exploraré, para que exploremos juntos, es al poeta croata Tin Bojanić, del que muchos dicen saber demasiado, y del cual todos podrán hallar identificaciones con lo poco que puedan -por mí culpa- conocerle.

Zagreb, Split, Amsterdam, Buenos Ayres, Tierras de Adrogué, 2011
Avgvstinvs Eliyahu

  
Tin poeta

Camino mirando las ventanas. Me gustan también los faroles, que son como seres que nos conversan con su luz. De día duermen, y de noche nos acompañan. Aunque es cierto que muchas veces son algo traidores, porque nos dan demasiada luz en momentos que estamos más dispuestos a cortejar la complicidad de la oscuridad. Pero no son culpables tampoco; nuestra picardía no es asunto de ellos. Y las ventanas, guapas las de Zagreb. Porque algunas veces ofrecen funciones muy eróticas, de alguna bella mujer vistiéndose en la madrugada mientras corrobora el clima para saber qué ponerse, con qué taparse. O, cosa tal vez mejor, cando entrada la noche pasea su silueta pincelada por alguna lámpara, quitándose la ropa, invitando a la fantasía, o a maldecir si otros brazos la hacen suya. Con las fantasías deseosas de meterse en su cama…
         Pero los portales, antiguas puertas de madera, ¡cuántas historias les debo!, ¡cuánto dinero me financiaron esquivando la crueldad del recepcionista de un hotel trabajando como usurero ante aquellos que tienen tentaciones, y otras buenas intenciones. ¿Podría considerarse a la tentación, algunas veces, una necesidad?
Yo no sé si nací en esta ciudad, pero esta ciudad me entiende. Yo la entiendo. En fin, hablar de entendimiento quiere decir que nos comunicamos. Pero también está la gente. Es verdad. Sí, yo interactúo, pero no demasiado, o sólo cuando tengo ganas de no pensar mucho. Que en soledad la introspección es verdadera. Ahora sí, en diálogo fermentan emociones e ideas, y resulta fructífero. Pero yo, que convivo con infinidad de palabras siempre estoy hablando, diciendo algo, aunque sólo yo me escuche, aunque sólo a las musas yo les oiga. Ay, que sí, con las mujeres yo hablo mucho. Como cuando debo preguntar por alguna dirección, ¿para qué perder el tiempo hablando con otro hombre? Siempre será más interesante escuchar una voz femenina, sensible, y aprender más de ellas. Será por eso que poco a poco voy perdiendo a los amigos, ignorándolos… Lo que puede ser es que si estoy ante una necesidad de saber algo inmediatamente, puede entonces, que sí, en este caso, le pregunte a un feo. Porque sucede que, nos pasa, que cuando se le pregunta a una mujer algo sencillo podría decorar hasta la confusión la respuesta y, si lo mismo se le pregunta a un hombre, aburrido igual que yo por tener que hablarnos, resolverá la circunstancia con la mayor prontitud y exactitud posible.
¡Qué cosas tenés en la cabeza! ¡Qué difícil desprenderse de las palabras! Sí, sí, sí, puede ser que quien lea el pensamiento que encarno concluya que soy algo así como una torpeza o ridiculez. Pero, yo, que sé que soy poeta, que sé lo que eso es en mis sentidos, acepto mis tristezas, y recibo con felicidad el intimar la vida de una manera más alegre, y realmente, más divertida.


Una pluma borracha

Ya son las siete de la tarde. Voy caminando por las callecitas y escuchando unos tanguitos en mi memoria. Si la ciudad, de pronto, emitiese música a través de sus secretos y escondites, y fuera ello una milonga de Laurenz, ¡qué feliz sería!, ¡qué felices serían todos! Y milonguearíamos en el medio de la calle…
         Son las siete y algo y no quiero tomarme el tranvía a casa, aún no, que no tengo ganas. Así que perfilaré para Bacchus, sí, me voy a tomar una birra allí. Que en ese bar, que es algo así como una biblioteca en cueva, devenida en casa de copas y botellas, iré para inspirarme. Porque mientras me tomo una Karlovaćko, o una copa de vino tinto dálmata, y siempre algún cafecito haciendo de segunda, puedo observar a la gente. La bohemia de la ciudad, con sus sueños de artistas proclamados, y de los que aún no saben que tal vez también lo son. Están entre aquellos los que si se les pregunta cuál es su oficio responderán: “yo tomo”… Y cuando me preguntan a mí si para beber la birra necesito un vaso respondo: “el vaso soy yo”.
         Desfilo entre las mesitas del parquecito de entrada y bajo por la escalera que me lleva a la barra principal. Es que, si bien algunas veces me gusta sentarme a leer en alguna de sus mesitas escondidas, lo más verdadero será hallarme en la barra, acodado en conversaciones con los parroquianos… Con las camareras que pronuncian con tanta suavidad mi nombre me sabe mejor desplegarme en conversación, pero ellas son como sagradas en mi búsqueda de amor, porque no quisiera mandarme alguna macana y no poder volver con la impecabilidad de la inocencia que presenta el rumor no confirmado.
         La pluma en la mano, la birra en la otra, y el cuaderno de notas recubierto de cuero italiano pegoteado en la madera del atril de derrames y melodramas.
         Una camarera me da un beso, elevamos copas entre varios y nos unimos en la solidaridad de la alegría invitándonos unos a los otros a una nueva ronda. Y de a ratos miro el papel en blanco que quiero lastimar con la sangre de la tinta de mi intención. Mientras que nunca dejo de interactuar con los de más, de espiar el dibujo que también intenta un amigo del bar en su carpeta de diseños… Hablo en italiano con una de las camareras, en inglés con un amigo irlandés, en castellano con una estudiante aprendiz de mi lengua, en portugués con una funcionaria del gobierno de Lisboa, un vasco me recita un poema catalán, y en croata con un veterano de la última guerra que se ha hecho amigo mío por las heridas del alma… En tanto desorden lingüístico y creativo los versos van y vienen y mis poemas comienzan a crecer. ¡Y otra pivo camarera!, que debo proseguir con mi misión… Que no la pido por necesitarla para la liberación de palabras ocultas en los rincones de mis sueños y de mis miedos, sino para brindar por la buena predisposición de las musas cuando bailan en el salón de estudio de la creatividad. Pero cómo negarse a brindar otra vez en tanta algarabía de sensualidad y bellísima ridiculez zagrebí… Que también puede resultar bueno empapar de vicios a las musas puritanas que no nos permiten, a los poetas, volar por nuevos vislumbres necesarios… Así bebiendo esas birras con la misma ansiedad que la leche matinal luego de las carreras por los distintos parques de la ciudad… ¿Qué estoy escribiendo mientras tanto pienso? ¿Desamores o protesta ante el poder? ¿De una suerte filosófica o de una angustiosa elegía? Dime, poesía, qué haremos vos y yo en esta ocasión… En fin, que sea lo que ella quiera…
        

Noche de trenes

Ella - Hola, poeta, ¿cómo estás hoy?
Tin - Hola, ¿qué tal? Perdón, ¿quién habla?
Ella - ¿Ya no te acuerdas de mi voz?
Tin - Si lo preferís te digo que sí, y que tan sólo no recuerdo tu nombre…
Ella - Bien… ¡Soy Milena! Que el otro día…
Tin - Ah, sí, y qué placer que me despierte tu voz… Dime, ¿qué puedo hacer por vos?
Milena - Que ya era hora de despertarse, ¿no? Bueno, te quería contar que hoy habrá una milonga en la galería de arte donde presentó el libro aquel amigo tuyo. Y vendrán unos amigos, y amigas, dálmatas especialmente. Y con esto te quiero decir que… que te estoy invitando a que vengas.
Tin - ¡Qué bien!, me parece bárbaro, ¿a qué hora es?
Milena - A las veintiuna, pero antes iremos a comer por ahí por si quieres sumarte…
Tin - Si me sumo a la comida te aviso, pero hacé que no. A la milonga, seguramente vaya.
Milena - Nos vemos entonces, adiós.
Tin - Claro, un beso, gracias, gracias.

No está mal. Me invitaron a una joda. Unas nenas. Y la verdad es que otro plan yo no tenía. Sí, lo sé, que aún debo ir a correr, intentar terminar de leer algunos de los libros que duermen sobre el escritorio o la cama, y siempre debo revisar algún texto, y continuar escribiendo proyectos… ¿qué es lo último que dejé en el borrador? Pero después, si no me organizo desde antes me cae la noche. Sí, me podría quedar leyendo acompañado de un whisky, pero está mejor lo de milonguear. Porque también, lo de ir a fumarme un habano a uno de los bancos que están frente al teatro nacional, que eso, lo puedo hacer cualquier día o con cualquier luna. Y fumar antes de ir a bailar… mmm… no, no queda bien oler tan fuerte a tabaco si planeo poner a una pebeta tan cerca del pecho. Che, no compré perfume al final. Está carísimo. ¿Cuándo fue la última vez que tuve uno? ¿Cuándo fue la última vez que me lo regalaron? Pero igual dicen que huelo bien, sí, es así…
Una galería de arte con pinturas de pibes croatas y franceses, mirándome, tantos colores e intenciones… mirándonos cómo bailamos tangos, ¿aplaudirá Magritte?

Milena – Hola Tin, ¿cómo estás?
Tin – Hola corazón, ¡qué guapa estás!
Milena – Gracias. Te presento a mis amigos…
Tin – Hola y hola y hola…
Natalia – Así que tú bailas…
Tin – Bueno, lo intento, ¿vos qué tal?
Natalia – Podemos intentarlo en la pista.
Tin – Sí, claro. Pero tomemos algo. Y así esperamos a una milonga que me guste más, que siempre ponen las mismas por acá. ¿Te parece bien un tinto?
Natalia – Dale, una copa de vino me vendrá muy bien.
Tin - ¿Dálmata de dónde?
Natalia – Zadar.
Tin – Bella ciudad. Aunque sólo estuve un día sin verla brillar de noche… ¿por cuánto más estarás por acá?
Natalia – Sólo por la noche. Tengo que tomar un tren a la madrugada.
Tin – Será una noche larga, y dependerá de nosotros hacerla mágica… ¡salud!
Natalia - ¿Pista?
Tin – Qué lindo que una mujer hermosa me haya pedido por segunda vez bailar conmigo… Pero tranquila, que te decepcionaré un poco cuando compruebes que en este hombre hay más pasión por el tango que verdadera destreza de bailarín…
Natalia – Rechazo todo lo que no sea apasionado…

         Bailamos cuatro o cinco tango, milongas. Algunas veces hicimos buenas demostraciones, y otras veces fue más importante pegarnos los cuerpos y hacer que el baile era asunto nuestro y punto. No sé si respetamos demasiado la pista… Pero es que esa mujer, alta de fragilidad pequeña, morocha con rasgos de mireya, boca en mueca de felicidad tras haber maldecido tristezas, y ojos de mar con la velocidad de un río… Sus pechos estaban ocultos tras una blusa fea, pero al tantearlos bailando con mis manos recorriendo el espacio que hay entre ellos y la espalda pude comprobar lo atentos que se encontraban. Y su pollera muy bien elegida, larga y negra muy afianzada a sus caderas. Esa pollera provocaba excitación en ella misma sabiéndose gustosa, y a todos los demás en un sinnúmero de ocurrencias de infidelidades oníricas en todos los otros que poseían otra mujer en sus brazos. Todos, mirándonos, o debo decir, mirándola, o debo concluir, mirándoselo…

Tin – Hagamos una pausa. Y acá, preciosa, no estamos apreciando demasiado la noche estrellada.
Natalia – Tomo mi bolso y nos vamos. Espérame afuera.

Tin – Si tu tren parte de madrugada dame toda tu noche.
Natalia – Hagamos eso entonces, pero caminaremos...
Tin - ¿Tenés miedo a que no quiera otra cosa que hacerte sonreír?
Natalia – Las mujeres no somos como los hombres, no podemos hacer todo lo que nos ocurre.
Tin – Y los hombres tampoco, porque debemos esperar el consentimiento de las mujeres.
Natalia – Sí, por eso será que somos una especie en constante insatisfacción.
Tin – Burlémonos de ello con un beso…

         Hay veces que las mujeres cambian de parecer. O bien exteriorizan aquello que por pudor no nos dijeron o intentaron esconder. Porque ella se fue dejando llevar como si hubiera estado esperando a que la guiase… Y tanteamos juntos los portales besándonos cada vez con más ganas. Y golpeando con el amor los antiguos portales de Zagreb, una oportunidad se abrió. Y nos metimos en la noche. Y mientras hay escaleras que te suben a los pisos, detrás de ellas, se puede encontrar picardías cómplices de edificios amigos, ofreciéndonos un espacio para el ejercicio de complicidad de dos almas que danzan en las pistas de sus labios… Con cuánta mayor destreza que nuestros pies se desenvolvieron nuestros besos, y la música de nuestra respiración en gemidos fue la milonga que no habíamos aún encontrado, y nuestros cuerpos estuvieron mucho más cerca que en cualquier otra danza… ¡Ufff!, uno de ella y luego fue el mío… Y ese beso posterior que lo resume todo, que es una de las expresiones de amor más genuino que pueda haber, y ese beso, nos lo dimos…
         Pero no podíamos quedarnos allí por ocupantes, y porque tampoco era un sitio de tantas comodidades para mi princesa, y aún negándose de ir a mi piso sin demostrar demasiada lógica por esas alturas, nos fuimos a la terminal de trenes en plena madrugada de amor y de espera. Compramos algunas cositas en la panadería de allí y cuatro cafés. Porque había dos borrachines, otros dos, mirándonos con más frío corporal que el nuestro, sentados en un banco silencioso que hacía de platea para nuestro andar… Luego hablamos de muchas cosas y nos volvimos a mirar una y otra vez redescubriéndonos y comprobándonos allí juntos.
         Cuando le pregunté si ella volvería o si me recibiría en la costa para verla me respondió un “tal vez”... Entonces le pedí su dirección para escribirle la carta que ya comenzaba a largar en palabras. Pero una vez más me detuvo respondiéndome que a través de Milena me haría saber de ella. Con lo cual, poco torpe en estas materias, comprendí que había razones que no me correspondían indagar y, que todas ellas, o tan solo una muy fuerte, me impedía proseguir con mi amorío.
Así, tal cual, me agradeció haberle hecho sentir cosas que ya desde hace tiempo no sentía. Y cuando se fue ella en su tren y nos miramos por última vez, vi que sus ojos comenzaban el regreso a un sitio de más amplio concepto que su ciudad, porque allá le esperaba su pasado, donde no parecía ser muy feliz. Mientras que mis ojos veían el tren alejarse como si los rieles vacíos que dejaba detrás delimitaran el recorrido de mi futuro, con algo más de danza y besos, con algo que también, alguna vez, terminara en un presente de amor.


Danza de humos

Yo no sé si ya he desayunado. Bueno, que no estoy hablando de alguna comida seria, sí de algo más que un mate. Porque unos buenos mates al despertar hacen que la circulación de cuanto concepto hay vivo en el cuerpo comience a funcionar, a despertarse propiamente hablando. Pero no, no he tomado mates y ya tengo un puro en la boca. Y como es domingo, y porque decidí no ir a correr, se me ocurrió sin consultarme decidir portarme mal. Y fuego, ahí comienzo a quemarlo, al mismo tiempo que voy tragando el pedacito de tabaco que arranqué con mis dientes para que pudiera circular el humo…
         Quiero escribir, pero no sé. Que nunca sé si continuar con algunas de las cosas que me quedan siempre inconclusas entre mis borradores, o si arrancar con algo bien nuevo. ¿Bien nuevo? ¿A quién pretendemos engañar? Si todo tiene algo de conexión con lo anterior. Porque para escribir algo verdaderamente nuevo habría que aprender a escribir sin haber leído nada. Y si quisiera escribir cosas absolutamente diferentes a las que ya he escrito, es decir, si osara diferenciarme demasiado de mí mismo, entonces, debería volver a nacer, a rencarnarme, con la ilusión que ese otro yo recordara que lo que escribe, si también decidiera ser escritor, lo hace para diferenciarse de ese otro anterior… En fin, no hago más que distraerme y buscar excusas para no comenzar con mi deber. El deber de escribir. Un deber que es placer. Un placer debido. Pues, la verdad, y esta mañana, no lo sé en absoluto. Porque sé que debo escribir, y me cuesta hallarle el puntito al placer en eso, porque me parece que tuviera más ganas de echarme en el parque a no hacer nada. O mejor leer, que no se supone cosa más fácil, pero sí se supone que es mejor escuchar que hablar, leer que escribir. Y porque ese placer sucede cuando recién se termina de escribir un texto, ¡y vaya uno a saber si quedará como uno lo desea o si será cosa interesante! Que la verdad, no sé si alguna vez me sentí satisfecho por algo ni bien acabado. Puede ser que luego, sí, años después, al releerlo, puede que me parezca algo bueno, como que fuera hecho por otra persona, entonces recién ahí puedo valorarlo un poco más. ¿Vendrá entonces el placer ahí? Tal vez sí, cuando uno mira la tinta escupida en el tiempo y comprueba que algo bueno hubo.
         Una pitada más. Mejor dejo el puro en la boca un poco que quiero sentir cómo los labios se cosquillean con el tabaco.
         ¿Por qué deber? ¿Quién nos obliga? Que si fuera un deber entenderíamos a este oficio de ser escritor como algo que tuviera un fin moral, ético, que despertara buenas voluntades en los seres. Pero eso no ocurre siempre, ni tampoco aún cuando nos lo propongamos. Entonces, macho, ¿de qué deber estamos hablando? Ya lo voy viendo. Es que no sentís que deberías hacer otra cosa, o porque te nace como ninguna otra cosa. Ahí nos vamos entendiendo mejor. Querés decir, quiero decir, que escribo porque es lo único que sé hacer, o porque es lo único de lo que me siento mínimamente, humanamente, orgulloso al realizarlo. Pero allí no habría deber, si es que sólo calmara un deseo propio, sino una necesidad personal. Aunque, compañero mío de mis soliloquios, vos, yo que me escribe y al que le escribo, algo sí sabemos. Escribo y escribimos porque sentimos que es nuestro deber en el sentido de tener que hacer lo que pareciera la naturaleza así lo dispuso. Si luego, en eso, cumplimos un deber, mejor. Si en eso, algunas veces, experimentamos placer, mucho mejor, ¿o igual de mejor?
         No tomé agua aún. Tengo el puro quemándome la boca y sigo escribiendo escindido de mi cuerpo. Eso me confirma que sí, que soy esto que escribe, bueno o malo a depender de lo que surja, a depender de si alguien lo valora o no. Pero, ¿de qué otro bicho te vestirías si ni bien despertado y con un puro en la boca se te ocurren todas estas barbaridades y sensateces por igual?
         En fin, entonces, ¿qué voy a escribir? Releo los borradores o comienzo cosa nueva. ¿Tengo otro puro?


Te mando un whisky

Estoy sin un mango. Hoy deberían haberme hecho un giro por unas traducciones y nada. ¿Qué les pasará? ¡No saben que tengo necesidades! Porque hoy no tengo ganas de hacer nada más que perder la vista en el parque, o de hundir los ojos en una copa de whisky. Que para lo del parque se hizo tarde, y para el trago no tengo un mango. Le voy a enviar un mensaje de texto a mi amigo tano que sabe devolver favores. No quiero mucho dinero, pero algo que me salve este día, que me salve esta noche… Sí, puedo ir a un bar y sugerirle a una nena que me invite a un trago a cambio de un poema, o de un buen chamuyo. Pero es que no tengo ganas de eso. Lo que yo quiero es tomarme un whisky solo, y tranquilo, un whiscacho, o dos… ¿Por qué no lo resuelvo en casa? Tengo dos razones: no tengo una botella y el mercado cerró. Tampoco tengo un mango. Le enviaré el mensaje “necesito unas copas y estoy seco para perder la sequedad”. Y me sentaré en un banco a esperar el rescate… ¡Fantástico! Me hizo un giro, y ya tengo el código de transferencia para ir a cobrarlo.
         Me dieron el dinero. Inmediatamente recibo un mensaje de mi amigo diciendo: “ojalá te alcance para una copa o dos. Ahora no puedo mandarte más poeta; ¡a escribir!”. Yo me pregunto si hubiera habido tanta celeridad si hubiera dicho que necesitaba dinero para comer o para pagar el alquiler… Claro, los buenos amigos proyectan sus deseos en el otro. Me regaló lo que él y yo quisiéramos compartir. Pues bien. Gracias. Gracias tano divino. Llevaré tu espíritu por algún bar…


Como un perro dálmata

Ahora que miro las flores veraniegas del jardín por la ventana recuerdo cuando no podía ver nada durante el invierno y todo era nieve. ¡Qué frío que hacía! Sí, leer, leer y leer. Y cuando la dueña de la casa a la que le alquilo la habitación me dejaba algo de comida, o algún vinito, sí, ¡eso era fiesta! No sólo porque ayudaba a paliar los sufrimientos de un poeta, sino porque no tenía que ir a enfrentar el frío. Pero ya es verano, y en rieles, me iré a la Costa Dálmata. Y Zagreb no se enojará, porque sabe que siempre, de una u otra forma, porque suerte o por el infortunio, me tendrá de vuelta por sus calles…
        
         El tren me dejó a poca distancia del Palacio Romano de Split. Con mi bolsito y mi boina me presenté ante los muros de la historia. Un dálmata me espera para llevarme a un sitio donde podré quedarme, y porque podré trabajar para él durante la temporada. ¿De qué trabajaré? Bueno, esta vez, y una vez más, de cocinero.
        
         No sé cuántas semanas logré trabajar en ese restaurante, y fue cosa parecida la temporada anterior, cuando habíamos acordado algo y luego ese algo se transformó en un algo poco del algo que yo quería. Y todo muy abrupto, como siempre sucede del bajón al subidón y viceversa. Porque llegué con la primera ilusión de poder comer como Dios manda en la cocina luego de la dieta de neviscas de Zagreb. Y tras comer y brindar en abundancia, ahora, me veo en un clima más simpático y agradable, con un precioso Adriático azul delante de mis ojos, pero sin haber cobrado lo que se me debe, y sin ya poder ir a dormir al piso que se me hacía mío… Tendré que aguantar unas setenta y dos horas hasta que reciba el dinero por unas traducciones, pero en la espera, ¿qué haré? Si con las kunas que tengo no me alcanza más que para un comer un burek de carne, ¡qué de carne!, tal vez de queso… Me iré al Parque Marijan, donde solía correr por las mañanas, pero esta vez, para dormir por la noche…
         Debo evitar ser visto por la policía o por la seguridad del Parque. Es que no creo que les guste saber que un poeta eligió por extensión de su reinado ese bosque dálmata de brisas marinas. Por ello me internaré en el sector por donde circulan menos coches. Porque hay coches que circulan durante la noche en este parque también, y como en muchos otros parques del mundo sucede, para que una pareja sin lugar propio pueda adueñarse con sus gemidos placenteros de la naturaleza que tiene a mano…
         Qué hermosos árboles. Pero qué tristes parecen a la vez. Porque ellos, tal vez, se dan cuenta de lo que yo no. Es decir, ellos me harán compañía y no podrán salvarme de las balas como en Burzaco, que así lo hicieron algún día. Aunque aquí las balas sean de otra naturaleza de hambre y de otra naturaleza de violenta incertidumbre… Porque una noche, esto de dormir en un parque, no pasa nada, pero si uno no sabe hasta cuándo será, se hace, con cada vez que uno se pregunta a sí mismo esto, muchísima más dura la experiencia. Que ya, que cuando una simpática anécdota no se sabe si se transformará en rutina…
         No puede ser, ¿quién me descubrió? ¿Hicieron tanto ruido mis pensamientos? ¿Será algún animal?

Tin - ¿Quién anda ahí? ¡Holaaa!
Hombre – Hola, ¿cómo estás? ¿Acampando?
Tin – No, ¿vos, qué hacés por acá?
Hombre – Hola, soy Rob. Hace unos días que duermo por acá, pero no duermo siempre en la calle, o en el parque como en este caso. Pero estoy esperando un dinero y no tenía otro lugar adonde ir. Además, hace bien al espíritu dormir tan cerca de la naturaleza.
Tin – Bien. Soy Tin, encantado. ¿Hablamos en inglés entonces o en croata?
Rob – Mi abuela era de una de las islas pero yo hablo muy poco. Tampoco sé muy bien qué hago acá, pero en fin, me cansé de estar en Inglaterra sin saber qué hacer y me vine acá a estar sin saber qué hacer pero frente al Adriático…
Tin – Eso tiene algo de lógica.
Rob – ¿Ya te ibas a dormir? Porque tengo un botellita de whisky que, si te parece, la puedo compartir con vos.
Tin – La verdad que estaba solamente pensando en mis cosas y me disponía a contar las estrellas hasta quedarme dormido. ¿Refresca por acá? Pero bueno, sí, estoy para un trago, claro que sí.
Rob – Qué bien. Sí, refresca bastante. Pero no es problema. Si no refresca mucho, te quedás dormido. Si refresca un poco, terminamos la botella. Y si aún sentimos frío después de acabar la botella, es más divertido putear de a dos, ¿verdad?
Tin – Brindemos entonces.
Rob - ¿Por qué brindamos?
Tin – Por la Hermandad del Parque Marijan.
Rob – La Hermandad del Parque Marijan. Me gustó eso.
Tin – Tengo un pedazo de burek si querés…
Rob - ¿En serio? Me vendría muy bien que no comí nada en todo el día.
Tin - ¿Comida no pero chupi sí?
Rob – Es más fácil robar una botella en la gasolinera que un burek en la panadería…
Tin - ¡Ah, bueno!
Rob - ¿Vos también sos descendiente de croatas?
Tin – Sí, como muchos de los que andamos por acá.
Rob - ¿Te pensás quedar mucho tiempo?
Tin – Bueno, la idea no es quedarme a vivir en el parque, pero ya veremos.
Rob – Yo quiero quedarme acá, pero tengo que resolver algunas cosas primero.
Tin – Como comer…
Rob – Sí, debería organizarme mejor para comer.
Tin - ¿Qué hacés de tu vida?
Rob – Soy economista.
Tin – Está jodida la economía mundial puedo ver.
Rob - ¿Vos?
Tin – Yo soy poeta.
Rob – Y vos estás jodido sin importar la economía mundial.
Tin – No seas cruel.
Rob - ¿Acaso la poesía no es hija de la crueldad?
Tin - ¿A qué te referís? La poesía es dulce.
Rob – Exacto, pero nace desde la crueldad, desde lo horrible.
Tin – ¿Sos poeta también?
Rob – No, pero seguí al pie de la letra el If de Kipling, y así me fue, ¡me la jugué entero! Ahora soy todo un hombre, pero de los que viven en los parques.
Tin – En los parques donde hay miles de estrellas, buenos amigos, whisky, conversaciones inteligentes y la Hermandad del Marijan…
Rob – A tu salud.
Tin – A la tuya.


Isla de Pharos

Me voy a las Islas. Necesito inspirarme. Necesito huir de todos y de mí. El viaje en mar me ayudará. Regreso cual fantasma de Marco Polo. Pero no iré a Korčula, iré a la antigua Isla de Pharos, la actual Hvar. Y allí me quedaré. Y tal vez, ahora o después, allí moriré.
         Conseguí algo de dinero con el cual podré sobrellevar algunos días, y con el cual podré disfrutar un poco algunas noches. Pero lo más importante en esta Isla sería hallar el buen poema. Encontrarme o crear los versos más afortunados que se me hayan ocurrido, ¡los que jamás se me volverán a ocurrir! Porque si alguna vez experimentara la concreción de un poema que para mí fuera perfecto –si me permitiera aceptarlo- entonces no competirán mis letras futuras conmigo mismo, sino que podría dejar de escribir sintiendo una satisfacción plena… Y ahí está la trampa. Porque un artista satisfecho dejaría de crear, dejaría de ser. Y ser un insatisfecho tampoco es cosa buena. Como si estuviese enterándome de cosas nuevas. Y, ¿por qué no disfrutar de todo lo que me rodea más que atormentarme por todo lo que me es roído en las entrañas? Me quedaré mirando las gaviotas.
         ¿Pero qué haré cuando se acabe el dinero? ¿Me dejaré morir? ¿Me dejarán morir? Si por lo menos sintiese que ya lo he dicho todo, que ya he escrito todo lo que sentía, entonces, creo que moriría de insignificancia. ¿Escribir o trabajar? ¿Vivir o existir? ¡Basta! Me voy a nadar y a buscar mi sirena y a buscar la sonrisa que todavía no fui.


Un amor para poetas

¡Qué cosa rara! No tenía ni para pagar el barquito de regreso a Split, pero en Hvar me hice amigo de unos barriletes alemanes con yatecito y hasta acá me trajeron. Me dejaron en puerto, y bastante borracho. Por lo menos pude recitarles algún poema en inglés para agradecerles, aunque uno de ellos, por las caras que ponía, hubiera preferido que me esforzara en alemán.
         Así, ya en atardecer, a los tumbos por el Palacio, no me iré a dormir al ático de un amigo, todavía no. Voy a avisarle a los amigos que estoy de nuevo por acá y que nos vemos en el bar de siempre: Pulse. Porque hay muchos cafecitos y barcitos por todos lados, pero este tiene algo extraño, algo verdaderamente especial. Porque una de las primeras veces que anduve por aquí yirando, de pronto, vi unas escaleras de piedra anchas que nacían en un pequeño descanso próximo a una placita. La anchura de las mismas se ve reducida por unas mesitas y silloncitos bastante hippies y a las vez coquetos que, en forma de L, van persiguiendo la silueta de piedra de esa escalinata que tiene nombre de calle, porque no tienen que pasar coches para serlo, ¡y qué coches de los feos de ahora habría en el Imperio Romano! Entonces, allí es donde me gusta sentarme y ver el esfuerzo de los que pasan; miles de turistas y los típicamente pobladores. ¡Y cómo resbalan esas piedras! Que cuando alguien cae se siente como propio el golpe. Pero tiene algo de egoísmo el gozar de un cafecito o de una cervecita mientras uno ve las pantorrillas de los transeúntes realizar el esfuerzo máximo de locomoción en subida. Y con arritmia, porque uno no puede, a menos que vaya a los saltos, hacer pie de escalón en escalón intercalando los piecitos. Se debe subir, como lo hacen los niños, un pie y luego el otro en un mismo escalón antes de intentar el próximo, porque siempre se corre el riesgo del porrazo.
         O los camareros -que son todos amigos- están muy lentos o mi amigo se mudó más cerca, o es que está siempre paveando por el centro. Es que no se me explica que antes que me vengan a pedir qué quiero para tomar ya llegó él, Andersen, con sus gafas oscuras aún en el atardecer.

Tin - ¿Cómo estás hermano?
Andersen - ¿Qué tal mi hermano? ¿Ya pediste o antes de sentarme voy a la barra así no perdemos tiempo?
Tin - ¿Estás apurado?
Andersen – La verdad que no, pero me siento mejor cuando tengo mi mano derecha y boca ocupadas por el mismo cristal contenedor de una cerveza bien helada.
Tin – En eso tenés razón… Yo un cafecito también me tomo, como previa…
Andersen – Sí, me gusta el juego. Y haremos así, pido dos cafés, dos whiskies y luego ya seguimos con las cervezas.
Tin – Estoy entregado.
Andersen – Bien, ya está todo el festival de bebidas en camino. ¿Qué me contás? ¡Qué bien que estás de regreso por acá! La verdad que no es lo mismo tomarme una cerveza en las escaleras sin tu presencia.
Tin – Lo mismo digo, y por eso te llamé. ¿Alguna novedad de aquella chiquita que decías te tenía como loco?
Andersen – Sí, bien. Estamos saliendo y parece que la cosa prospera, pero no tengo demasiadas expectativas a decir verdad.
Tin – ¿Por qué creés que no serás lo suficientemente hombre como para poder impresionarla por más de una noche?
Andersen – No exactamente. Me preocupa más si ella sabrá mantenerse como mujer verdadera por tiempo prolongado ante tanto atropello de masculinidad por mi parte.
Tin – A tu salud hermano.
Andersen – A tu salud Tin.
Tin - ¿De dónde creés que son esas nenas que se sentaron allí en frente?
Andersen – Me pareció escuchar que hablaban holandés, la morocha con certeza.
Tin – Sí, pero la rubia tiene pinta de dálmata.
Andersen – Vayamos a averiguarlo.
Tin – Después de vos.

Andersen – Buenas tardes o buenas noches. Mi amigo y yo estamos ante una duda que requiere resolución y sólo por parte de ustedes podrá ser.
Una de ellas - ¿Cómo podemos ayudarles?
Tin – Hola, si nos dejan sentar en su mesa podremos exponer el caso.
La otra – Bueno, siéntense.
Andersen – Les paso a explicar. Mi amigo dice que podrían ser dálmatas y yo creí haber escuchado hablar holandés. ¿Quién está más cerca de lo que sucede?
Una de ellas – Yo soy Wendy, holandesa.
La otra – Yo soy Anita, dálmata.
Tin – Yo soy Tin, encantado.
Andersen – Y yo seré Andersen.
Wendy - ¿Quién ganó la apuesta?
Tin – No es una apuesta, no lo fue, y ahora es una cita.

Con el correr de los minutos, o de las cervezas, mi amigo comenzaba a arrinconar a la holandesa que parecía disfrutar ser su presa. Y yo, con mi historia, intentaba separar la conversación de aquellos de la mía con Anita. Y hubo un momento que no presentí, que no sentí, y del que no me quedé sentido, que mi amigo y su nueva amiga desaparecieron…

Tin – Dime, ¿qué más puedo saber de tu vida?
Anita - ¿Qué quieres saber? ¿En qué idioma hablamos? Me confunde que me cambies de idioma todo el tiempo.
Tin – El que te sea más cómodo, en el que me digas más de vos.
Anita - ¿Y qué te gustaría saber? Soy dálmata, guía turística, soltera por si te interesa saber, y no confío en los extranjeros, que es otra cosa que espero te interese saber.
Tin – Soy dálmata también, y detesto a los extranjeros, que vienen a hablarles a nuestras chicas más lindas, como vos.
Anita – Ese acento tan fuerte te delata como italiano.
Tin – Puede que tenga algo de italiano pero puedo que no sea italiano… Dime, si no fueras guía turística, dálmata, y si sólo fueras la mujer que sos, ¿quién serías?
Anita – No, porque si no fuera dálmata y guía, puede que tampoco sería mujer y sería una rosa, o un jazmín, no lo sé. O sería esta mujer que cree que miraría igual y las mismas cosas aún si hubiera nacido en Istambul o en Sidney.
Tin - ¿Y cómo mirás y qué mirás?
Anita - ¿Qué miro? Ahora miro la llegada de la noche, las primeras estrellas, mi cerveza huyendo del vaso, tus ojos que me miran, tus manos acariciándose la barba… pero, ¿cómo miro? Eso es tarea tuya.
Tin – Mirás como si fueras dándole existencia a lo que ves, pulverizando lo que vas ignorando con tus ojos. Desnudándome de trampas y designios cuando se posan tus ojos en mí. Porque me quedo sin artimañas por querer sentir el más leve amor de lo que esconden haciendo todo lo bien que pudiera yo como hombre; y sin otros acertijos de tiempo y espacio, sin ya preocuparme por lo que sucede fuera de aquí y del ahora.
Anita – Vamos a caminar.
Tin – Te seguiré para apreciarte en belleza, pero también lo haré como una barca perdida que tiembla cuando el faro no la guía en la noche que más lo necesita.
Anita – No me sigas, tómame de la mano y  acompáñame.


Sucesos explicativos

Anita y Tin recorrieron esa noche. Caminaron cerca del mar para encontrarse con la madrugada que los encontraba besándose. Hicieron cosas que frecuentan los enamorados, los que viven arrebatos lujuriosos, lo que hacen los niños en sus primeros romances y los juegos que experimentan los adultos cuando vuelven a creer en lo que nadie, aunque lo intente, puede obviar de su existencia, o prescindir alegremente.
         El verano fue de ellos. Ellos se adueñaron del verano. El invierno anunció su llegada y ellos quisieron ignorarlo. Porque ella durante los inviernos decidía viajar a Wien para promediar la economía, y porque él debía replegarse, una vez más, a alguna pensión zagrebí para dialogar con la nieve y hablarle de ella.
         Ella no entendía por qué él no le propuso seguirla o acompañarla a Austria. El se preguntaba cuánto era de importante para ella si jamás le preguntó si prefería que se quedara, ni jamás lo invitó a irse con ella.
         El tren de Anita partiría de Zagreb y quedó encontrarse con él para la despedida. Y ambos dramatizaban porque ninguno decía cuándo es que volverían a verse y ambos jugaban, arriesgándolo todo, a que no sucediera otra vez.
         La cita fue en un puente sobre el Río Sava. Hacía un mes que no se veían…


Puente de amor

Quiero escribirle a Anita un último poema mirándola a los ojos. La nevisca no me ayuda pero la pluma aún responde, y si tuviera que escribirlo con sangre, la que me quede, lo haría. Digo la que me quede, porque estoy dispuesto a secarme como árbol que se niega a seguir de raíz cuando su copa fuera podada. Y mientras digo esto la veo llegar a ella, como una flor de primavera sin luchar contra el invierno, sino haciéndole sentir a éste que toda su proeza de frío, viento y soledades, ella, hace que sea un completo sinsentido.

Tin - ¡Anita! ¿Cómo estás?
Anita – Tin, ¿cómo voy a estar? Quería verte, quería despedirme para saber si puedo despedirme.
Tin – No sabía si verte, para seguir engañándome con que tal vez fuiste el más dulce de los fantasmas que me visitan de las musas, y a la vez quería poder volver a sentir en un segundo todo lo que sentido verdaderamente, y tal vez, en la vida toda.
Anita – No me hables así. Escribe el poema y punto.
Tin - ¿Cómo podría escribir un poema que me haga sentir que cierro, aunque sólo fuese, el concepto de un soneto acabado. Si yo quiero seguir sintiendo que con cada beso voy creando el poema de amor que no tendrá un punto final, que será el que mejor escriba, porque será el que yo viva.
Anita - ¿Y por qué, entonces, estamos despidiéndonos?
Tin – Porque nunca pensaste en quedarte ni me sugeriste que te siga.
Anita – O porque nunca me pediste que me quedara ni me dijiste que querías venir conmigo.
Tin – Me dan ganas de saltar de este puente y morir por idiota en el agua.
Anita – Yo ya estoy ahogada en angustia.
Tin – Hicimos todo mal.
Anita – Dime, ¿nos dio miedo el amor?
Tin – Más miedo me da no saber controlar todas las ansias por amarte que saltar al vacío, que unirme a la nada.
Anita - ¿Lo vamos a hacer entonces?
Tin – Sí, nos los merecemos.
Anita - ¿De verdad me lo dices?
Tin – Nunca estuve tan seguro en mi vida. Sin vos, no me importa nada, ni mi poesía. Si toda mi poesía fue paliar tu ausencia.
Anita – Y yo sin tus versos fue vivir sin reconocer a mis propios latidos.
Tin – Cerrá los ojos. Recibí mi beso. Y hagámoslo.
Anita - ¡Juntos mi amor!
Tin – Lo haremos juntos…
Anita – Me siento feliz de sentirme unida eternizando este momento.
Tin – Saltemos de este puente de una vez.
Anita - ¡Qué ganas!
Tin - ¡Qué emoción!
Anita – ¡Sí, mi amor! ¡Vámos!
Tin - ¡Te amo!
Anita – También yo…
Tin – Después de vos amor…
Anita – No, de la mano. El viento sopla dirección oeste, pues vamos contrariamente para bajar por aquellas escaleras e irnos a algún bar a celebrar...

FIN

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