junio 29, 2012

Sobreviviendo

Miro por la ventana. No veo a nadie sospechoso. Espero mientras dejo pasar un coche. Me pregunto cuántos ya habrán muerto, cuántos hay desaparecidos, cuántos lograron salir del país a tiempo. Parece increíble que hayan pasado tantos años, ¡once ya son! Salgo de la casa con la mayor rapidez posible para que no me pesquen. Cierro la puerta y la reja con sus tres cerrojos y candado, y acelero el paso para no ser reconocido de dónde acabo de salir. Voy con cuidado. Debo ir con cuidado. Noche o día, siempre con cuidado. No llevo reloj ni collar alguno. La única identificación la llevo en un bolsillo interno del pantalón. El dinero, el poco que llevo encima, está en una pechera debajo de la camisa. Y el teléfono, en silencio, para que el ruido no me delate, en una de las botas. Debo llegar porque me esperan. Y debo ir porque quiero estar allá. Hay que salir, en algún momento hay que salir de tanto encierro. Si además, cuando quieran, entrarán a casa… Estoy por alcanzar la esquina y desciendo de la vereda a la calle para que al doblar no pueda ser sorprendido en una emboscada. Están en todas partes. Tomaron el país, y la resistencia está algo diezmada, bastante desorganizada, y terriblemente desmoralizada… Frena un choche. ¡Corro en dirección contraria a la trompa del mismo! Cien metros y me escondo cuerpo a tierra tras la puchín de una casa. Espero, vuelvo a esperar, y el coche se aleja con tranquilidad sin lamentar que se la haya escapado una de sus víctimas. Que ya saben ellos que en segundos conseguirán una nueva presa, una más fácil, cualquier otra. Porque si hubiese dudado unas milésimas de segundo en comenzar a correr me hubieran agarrado. Suerte que no pesquisaron, o que no dispararon al voleo, que a veces te dan. Dudás y te agarran, es así de simple. Es siempre preferible una carrera ante arriesgarse a que te disparen como a un perro, así sea en señal de advertencia y a las piernas. Que yo prefiero correr. Para eso me entreno. No les gustó tu cara y chau. O te llevan, que es peor… Aún debo caminar muchas cuadras. Iré por entre los árboles para que no me vean. Espero que mi contacto vaya al encuentro tomando las medidas de seguridad necesarias. Tienen amordazado al país y tienen la fuerza de su lado. Yo le dije a él que no se le ocurra llegar hasta mi pueblo en tren porque el enemigo lo controla. Por eso vendrá en coche. Ojalá recuerde las directivas para salir del garaje y demás señas de despiste. Siempre se debe guarda el coche de culata,  que si quieren entrar, uno puede salir arrollándolos, y rezando salir ileso de la balacera vengativa. Que si entran, uno ya no sale ileso. Uno ya no querrá vivir lo que pasa ni lo que quede para después. Si entran con uno en los refugios, se está prácticamente a la voluntad de ellos. Te golpean, te violan, te roban, te matan, y nadie se entera. Hay mucho miedo, mucho silencio; mucha tensión, mucha muerte. Quisiera poder controlar si a quien espero está siguiendo la ruta acordada. No está exento, por ir en coche, a que lo ataquen. Es que el enemigo va adueñándose de todo tipo de vehículos… Escucho a un helicóptero. Me escondo. Ilumina con su reflector. Serán tropas leales o están buscando víctimas. Quienes tomaron el país lo hacen todo. Mucha gente está bien entrenada, o acostumbrada, de los otros tiempos cuando gobernaban los milicos. Pero estos de ahora tienen mayor poder, mucho y mucho más dinero. Respiro hondo mientras sigo caminando. Me volteo cada quince o veinte metros para no ser sorprendido por detrás. Faltan algunas calles más y debo llegar, que lo necesito, es muy importante… Ahí vienen varios camiones con militantes del régimen, ¡traidores! Ya me vieron. Frenan dos de los camiones. No voy a asentir sus vivas a los ignorantes. Tampoco puedo huir ahora mismo. Me piden los colaboracionistas que yo grite vivas al régimen. Me les quedo mirando, impávido, con extraña valentía. Me arrojan una botella que me pega en la rodilla. Vuelve a pasar el helicóptero y nos ilumina. Hay confusión porque esas máquinas usan las mismas insignias que tenían antes que se tomara el poder. Entonces nunca se sabe si son tropas leales al régimen o si pertenecen a cierta esperanzada resistencia. ¿Cuándo vendrán de alguna parte a rescatarnos? El camión arranca y yo vuelvo a entrar en carrera. Doblo en la esquina y sigo corriendo… Paso por una casa y un hombre que está entrando su coche me enseña su pistola pensando que tal vez yo fuera uno de los tantos usurpadores. Grito que soy ciudadano desarmado y persigue mi carrera apuntándome. Pero no irá a dispararme. Debe guardar munición. O sí lo hará, que con tanta confusión, ya nadie sabe quiénes son los buenos o quiénes son los malos. Hasta algunos partidarios del régimen creen que están participando de una revolución. La propaganda cínica lo pudo todo. Es que tienen mucho dinero. Millonarios asesinos logran más que asesinos pobres... Faltan dos calles. Otro camión con bandidos está en la esquina robándole a otro muchacho. Un otro yo. Le roban sus pertenencias y le pegan con la culata: los de la patota. Me vuelvo a esconder detrás de un árbol y espero a que se alejen para ir a asistirlo. En cuanto comienzo a acercarme se va corriendo mientras llora. Grita. Lo que todos sabemos: ¡hijos de puta! Antes. Antes debería haber corrido. Pasan unos policías motorizados que parecen leales, conservan el uniforme de los tiempos legales, por eso digo. Les hago señas para detenerlos y les comento la dirección hacia donde se dirige el camión que acaba de producir el ataque. Me dicen que no van a intervenir. Sonríen. Se miran entre ellos. ¿Para qué carajos les hablé? Seré boludo. Me piden mi documento y no sé qué hacer. Se escuchan disparos a la vuelta manzana. Se van acelerando rápidamente, en dirección contraria  de donde parecieran acontecer. Así liberan la zona. O serán cobardes. Pero yo tuve suerte. Otros no la tendrán… Veo a una niña asomada detrás de la cortina de una casa. Vio el ataque y me vio a mí ante esos falsos policías. Nos miramos. Le guiño el ojo. Me sonríe. Cierra la cortina. Se apagan las luces de la vivienda. Continúo caminando… Llego al punto de encuentro. Finalmente. Es un café. Mi contacto está ya sentado en una mesa. Me alivia verlo vivo. Ingreso y le indico que nos alejemos hacia alguna otra mesa más alejada de la puerta, para no estar tan expuestos por si ingresan a ese lugar a buscarnos. Todo sea por ganar milésimas de segundo de vida, para tener algo de oportunidad de vida. Me pregunta preocupado sobre mi demora. Le explico que vivo a siete calles del punto de encuentro y que tuve que sortear distintos acontecimientos hasta llegar. Me pregunta si valía la pena arriesgarse. Le digo que sí. Que aún en tiempos tan duros es necesario tomarse una cerveza entre amigos para olvidarse por un momento que nos vencieron, y para brindar por una resistencia que nos lleve algún día a la liberación. Podríamos comenzar nosotros. Podríamos morir en el intento. Entre los dos intentaremos financiar esa cerveza, que los precios los controla también el régimen. Ya casi no se produce cerveza en el país y están cerradas las importaciones. Decimos que salud. Y ya entonados no nos importa gritar: ¡abajo la Demagogia Dictatorial! ¡Libertad!
T i n
Tierras de Adrogué 2012

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