mayo 22, 2012

Una acción desesperada

Me dicen que piense en positivo. Que intente alejar las malas sensaciones y los terribles pensamientos que me hablan. Pero es domingo y no tengo que ir a la oficina. Allí puedo murmurar mi bronca con la gente a la que atiendo por teléfono y con mis compañeros. Toda mi bronca va en silencio para mi jefe cuando me dirige la palabra. Todos me parecen ridículos en el trabajo: ¡mucho más de lo que les pueda parecer yo a ellos! Entonces, como es domingo puedo extender mi decepción a todos los hombres de esta gran oficina de rutinas que es el mundo. ¿Por qué viven los demás o qué les hará tener algún motivo mejor que los que tengo yo para no encontrarle el sentido a esto de vivir, de estar acá? Cuarenta y dos años intentando hallar una motivación cualquiera. Sí, quizá los demás no se odian a sí mismo como yo. Hay que joderse. Cartesianamente esto es lo único que sé: “me odio, ergo odio existir”. Es que no entiendo que alguien pueda quererse siendo nuestra especie tan torpe para siquiera sobrevivir sin perturbarse. Aunque mi madre me quiso, a su manera, pero las madres tendrán otra cosa, ¡que yo no soy madre ni tengo hijos! Que yo fui un niño normal, siempre algo enojado, eso sí. Y miro desde el balcón y ni ganas de saltar me dan, ni ganas de sentir el vértigo antes de matarme… Y allí el zoológico cruzando la calle… Sí, malditos hombres, y maldito yo por ser de su tribu. ¿Cómo es que los tienen encerrados a esos bichos, a esos animales que bien pudieran estar viviendo salvajemente y libres?; ¡cosa que yo no puedo! Que también yo vivo en una cajita dentro de esta colmena de olores y de ruidos espantosos. Debería destruir esa cárcel de animales.  
         Lo tengo todo estudiado. Los horarios de los guardias. Por donde entran y salen. ¡Hasta qué galletitas comen! Cómo y por dónde entrar por la noche y cómo alcanzar la jaula de los leones sin ser visto, ni que me atrapen antes de tiempo. Y seré un héroe de leones, que la opinión de verdaderos reyes me motiva más que la de los tantos que se creen jefes. Yo los soltaré para que hagan lo que quieran, que no mueran en vida como yo. Ojalá se venguen. Quizá ellos harán un desastre por mí, que soy cobarde en este punto,  y será también mía la venganza a través de sus garras. Tengo las herramientas, mi traje oscuro, gafas para despistar o para generar sospechas que no sospecharán jamás correctamente… Tantos años observando el zoológico y nunca antes había entendido que era como una señal. Allí no abriré solamente la jaula de los leones: ¡será abrir la jaula donde me lastiman mis miedos! Ya van triturando mis dientes en felicidad nerviosa la tanta angustia que soy… Estoy frente a la jaula. Los leones duermen. ¡Tlac! No hizo mucho ruido la puerta al romperse. La abro… Abierta… ¡leones, destruyan esta jaula de cemento! ¡Jajajaja!... ¡Joder!... ¡Son muchos! ¡Cuidado!... ¡Leones de mierda! ¡Nooo! ¡Aaaaaah!

T i n
Tierras de Adrogué, 2011

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