diciembre 04, 2011

Normas de convivencia

El ser humano es la única especie del planeta con la capacidad –y ejercicio- de odiar, y tanto es su odio que le es posible odiarse a sí mismo (que por lógica deberá ser así de odioso el asunto). Esto, si lo viéramos bajo un mínimo inteligente análisis nos diría que se trata de un ser que goza de muchísima estupidez. Pero aún así, entre sus pares -no siempre por cierto- logra establecer unas mínimas reglas de convivencia, así sea por conveniencia o por sentido común (el menos común de los sentidos dirá la calle).
         Ahora bien, realicemos un ejercicio de imaginación, donde gente de todo orden religioso, étnico y social está compartiendo una misma playa rocosa frente al mar. Allí mismo, todos, a su manera, intentarán disfrutar de esa situación en contacto con la naturaleza. Estarán los amantes enamorándose a los besos sin pudor, los que decidan probar su suerte en la pesca, el juego de unos delfines a lo lejos, los que prefieran practicar algún deporte acuático demostrando destrezas individuales, o juegos familiares en la mismísima orilla; los que ofrecen café o frutas o cervezas, y también estarán aquellos que se ocuparán de limpiar el lugar, sea porque les encanta cuidar el medio ambiente o porque trabajan tan sólo para ganarse el jornal.
         Pero, ¿qué sucedería si alguno de los que habitan esa escena se le ocurriese comenzar a apedrear a todos los otros que allí están por cualquier extraña sinrazón? Es natural que uno, o entre varios, le harán deponer su actitud, a través del convencimiento de la palabra, o a través de arrojarle piedras pagándole en igual moneda los muchos que no quisieron terminar de ese modo, pero lo hicieron sintiéndose menos culpables por no haber sido los instigadores.
         Ahora más, ¿qué sucedería si ese mismo personaje perturbador, para su ataque, lograse un sistema físico-mecánico que le permitiese ostentar una piedra inmensa, tan grande, que fuera mayor que toda la superficie de esa playa donde todos, incluido él, habitan? Con ello amenazaría a todos los demás, sin ya ser necesario de estar arrojándole piedras uno por uno, a que se haga su voluntad y capricho, porque si no, haría caer esa piedra para aplastarlos a todos. En eso ejercerá el temor con tanto amor por la muerte como odio a sí mismo, sabiendo que el cumplimiento de su palabra acabaría también con él, y con lo que pretendía.
         Aumentando la terrible escena, encontremos otros competidores de su estupidez y provistos de piedras iguales, o de aún más grandes, pujando ahora con el primer idiota para ver quién hace cumplir su voluntad, o quién tendrá el más triste de los privilegios de acabar con esa playa donde tantos disfrutaban hacer lo que más les apetecía.
         Sí, algunos ya lo saben o fui demasiado elocuente en esta suerte de inducción. Me he referido, en el mundo actual, a todos esos grandes señores que quieren hacer de su voluntad: capricho; ostentando las piedras más grandes que pueden aplastar todas nuestras playas y mares, todos nuestros pasados y todos nuestros futuros. Esos señores, faltos de toda inteligencia son: todos aquellos que poseen armamento nuclear, a quienes nadie les creerá jamás que sólo lo tienen para disuasión. Porque las armas están, y cualquier soldado lo sabrá, para usarlas llegada la ocasión, que tarde o temprano siempre llega, aunque se intente –con poco esmero- evitar su trágica misión. Pero hablando aún más concretamente, ¿acaso no las han utilizado ya y en más de una ocasión?
         El que odia requiere de nuestra ayuda, pero el que odia para cometer un crimen que nos matará a todos nosotros, requiere de nuestra intervención y también de nuestro firme deseo de hacerle saber que no queremos que él se suicide, ni queremos morir con él.
Avgvstinvs Eliyahu
Tierras de Adrogué, 2011 

1 comentario:

Anónimo dijo...

sabias palabras .....