diciembre 21, 2011

Los Ernestos

La Revolución había triunfado hacía muy poco. Aún costaba digerirle a muchos el que un puñado de barbudos con aires de intelectuales liderados por un tal Fidel, y apoyado por el gran campesinado, pudiera finalmente arrebatarle el poder a uno de las tantas marionetas nefastas de la opresión popular. La poesía pareció haber tomado los fusiles harta ya de no ser escuchada en tierras de Martí; y la poesía pareció haberse burlado del colonialismo poniendo a un escritor argentino llamado Ernesto entre quienes habían llegada a La Habana para liberar la Isla; y la poesía pareció reír feliz cuando el mundo sentía que ella, que cuando ella se hacía carne, no había sordera posible en el curso de la historia.
         Ernest creía haberlo visto todo. La guerra la había vivido, sentido, combatido. Pero como escritor, mucho más le interesaba poder ver algún triunfo literario. Y no pensaba realmente en aquellos que pudieran otorgarle a él en el mundillo literario, sino a ese otro premio de verse realizado más humanamente en alguno de los sueños que frustrados lloró en las trincheras. Y sin haberse movido de la Isla de Cuba pudo presenciar el cambio de una vieja dictadura por el gobierno de unos jóvenes heroicos que, habiéndose jugado las vidas como él también lo había hecho, estarían dispuestos a desafiar esa otra muerte que acontece si mueren las ideas, los sueños, y las nuevas esperanzas.
         No sorprendió a nadie que luego, entre Ernest, y con él, Fidel, surgiera una suerte de amistad en la que pudieran intercambiar bajo distintos respetos y admiraciones, observaciones de lo que acontecía e iban descubriendo como pasaje de una misma embarcación caribeña. Y su vocación también periodística hacía que el norteamericano quisiera indagar en todos los aspectos de aquella Revolución y en todos sus integrantes.
         Sin proponérselo demasiado, en un día que se celebraba un concurso de pesca, el que algunos tras verlo a Hemingway participar lo rebautizaron El viejo y el mar, esperaba a Fidel para salir en la misma embarcación. Pero por cuestiones azarosas el coche del líder de los barbudos se demoró. Pero sí había llegado puntualmente el otro Ernesto, el Che.
         En una zona de mayor seguridad, pues aún se temían distintos ataques contrarrevolucionarios desde esa otra orilla imperial,  se encontraba Ernest refugiándose en una timidez que fuera desarrollando con el tiempo. Allí también, a pasar de renegar, lo habían destinado a Ernesto para que, juntos, aguardaran a Fidel.
         El sitio era una cabaña bien cuidada que nadie podía determinar con exactitud qué función cumplía cuando no albergaba, como en esta rara excepción, a Ernest y Ernesto, a dos Ernestos. Allí había un amable sillón de color claro debajo de una ventana que daba al mar. Esto hacía que quienes se sentaran allí se pusieran de costado para que sus ojos pudieran mejor ver el agua que las manchas de humedad alrededor de la puerta de entrada, la misma que hacía de salida.
         Ernest se había sentado allí adoptando esa posición que pareciera obligada en un instinto humano y sensible. Luego llegó Ernesto y, tras un apretón de manos muy fuerte y afectuoso, se sentó en el otro extremo de ese sillón, de un tamaño suficiente para aceptar una tercera persona entre los dos, y a nadie más. Pero con estos dos personajes el sillón parecía realizar un esfuerzo especial por mantenerse lo más actor secundario que su oculta animosidad le insinuase.

Hemingway - ¿Habla inglés?
Che - Francés. Y cubano (sonriendo abiertamente).
Hemingway -  Hay que esperar a Fidel.
Che - Ya llegará.

Ambos se quedaron mirando el mar torciendo sus cuellos y encontrándose en miradas diversas por pesados segundos. Ambos se respetaban, ambos se sabían personalidades de la ocasión, pero no podían inventar una amistad inexistente. Todo era porque no se conocían y estaban allí como obligados a esperar.

Hemingway - ¿Le gusta la pesca?
Che -  Si tengo hambre… sí.
Hemingway -  ¿Un ron? ¿Le sirvo? Nos dejaron una botellita que imagino podremos usar.
Che - Pequeñito. Que más luego tengo tareas que hacer. Que venir a este día de pesca es por orden de Fidel, pero deberíamos estar haciendo otras cosas.
Hemingway – Pero habrá que tener algún descanso, alguna recreación.
Che – Pocas cosas recrean mi mirada por estos días. Poco me interesa más que avanzar con los cambios, que ver a diario un nuevo hombre que se incorpora ideológica o materialmente a la nueva Cuba que vamos creando.
Hemingway – A su salud Comandante.
Che – A su salud también. Oiga, ¿le convido un habano en reciprocidad por la gentileza del ron? (Sacando dos larguísimos ejemplares).
Hemingway – Pero estos son más largos de los que haya visto y fumado.
Che – Es que por el asma me recomendaron que fume uno solo por día, y si lo vamos a hacer, lo hacemos bien, ¿no le parece?

Fumaban juntos y largaban el humo que se aunaba para huir por la ventana. Por momentos también daban un sorbo al vaso con ron, y en los silencios más crueles, por un momento uno y por momentos el otro, tecleaban algo aburridos el apoyabrazos del sillón. En eso estaban y un asistente del Che ingresó en la cabaña y se le dirigió rápidamente para entregarle un mensaje al oído. Ernesto frunció el ceño, lo miró a Ernest, luego volvió su mirada al asistente y le ordenó que se retirase.

Hemingway - ¿Algún problema Comandante?
Che – Nada que no podamos resolver nosotros desde este sillón y fumando, ¿verdad?
Hemingway - ¿Son los de mi país los que están jodiendo otra vez?
Che – No es otra vez, Ernest, es una única vez interminable.
Hemingway - ¿Me ve como a un gringo más?
Che - Un gringo escritor, y que vive en Cuba.
Hemingway - Usted también es escritor.
Che - Y también vivo en Cuba.
Hemingway - Pero yo soy gringo y usted es argentino.
Che - Y cubano. Pero yo creo que en Estados Unidos también hay buena gente, como también hay traidores en toda América Latina.
Hemingway – Los traidores abundan. Y tanta traición contagia. No porque uno se vuelva también un traidor, sino porque el oficio de la traición hace que todo su entorno se contamine de…
Che - ¡De mierda! Hay que decirlo Don Ernest.
Hemingway - ¡Sí, de mierda!
Che – Brindemos por esos mierdas para que terminen en su más intrínseca esencia lo más pronto posible.
Hemingway – Esto me recuerda cuando en Italia luchando al fascismo brindábamos por  los alemanes, para arrebatarnos de sus brindis y deseos.
Che – En este momento no me sale brindar por los gringos… Puedo brindar con usted, pero por los que nos bombardean no me sale ni en metáforas.
Hemingway – No sé si se ha dado cuenta de la comparación que ha hecho, y de lo que me hace sentir en este instante. Porque para usted, los que están en Washington le merecen el mismo desprecio que yo les ofrecía en su momento a los que estaban en Berlín.
Che – Es que tal vez cuando las tropas norteamericanas llegaron a Berlín cambiaron de parecer o vieron algo que les sedujo. Entonces, en vez de aniquilarlos –que nadie encontró el cadáver del Führer- se lo llevaron a la Casa Blanca…
Hemingway – Nosotros combatimos al nazismo.
Che – Nosotros combatimos un fenómeno que tiene iguales métodos y distinción de palabra: imperialismo. Las cosas buenas que pudieron haber hecho las estropearon después, ¡y ni hablar de las bombas!
Hemingway – Lo más cierto de todo lo que dice es que no imagino yo, algún día, o por medio de esta Revolución, que Cuba arruine su inocencia atacando a Haití.
Che – Esta Revolución está para defender a Cuba, y también a Haití.
Hemingway – Le propongo un brindis por los que sí pelearon contra el nazismo.
Che – Y por quienes peleamos contra el imperialismo.

Ingresó nuevamente el asistente del Che…

Asistente – Señores, perdonen, afuera está Fidel.
Tin
Tierras de Adrogué, 2011

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno!, continúa con la historia. Saludos, Hernán.