septiembre 01, 2011

La vida es poesía


Diario de viaje de un poeta


A Toti, Juan Cesar,
Natalia y su familia,
Por haberme ayudado.

A todos los exiliados
Latinoamericanos,
Que sufren la traición
De sus gobernantes.

“Uno entiende a la poesía
cuando su mirada
se enamora de la vida”
Adentrándose

He perdido mi diario de viaje en mi última aventura. Cualquier persona que escribe sus vivencias en uno sabe la importancia que este tiene. En él no se asientan rutinarias expresiones sino aquellos sucesos que uno cree irrepetibles. Por ello siempre deseé escribir en él todas las noches, porque de esa manera mis días habrían sido especiales.
Pensando también que quizá el día de mañana, gozando de tiempo suficiente para indagar lo sucedido en la vida, podría volver a sentir mis principales experiencias. Considerando a la vida una novela en la que yo soy el protagonista, y persiguiendo un claro argumento, titulé a mi diario: la vida es poesía.
         De eso se trata, de intentar recuperar algunas de esas escenas. Aún están frescos los últimos sucesos y todavía puedo sentir el cansancio de mis pies. Porque ha sido interesante a mis 23 años recorrer 37 000 kilómetros, visitando en una misma aventura 23 ciudades. Esto hace que sospeche que el destino no quiso que conociera más que una por cada año que tengo de vida. Puede que ello se deba por no querer avasallar a los muchos que transcurren sus vidas enteras sin salir de su ciudad natal. Como nunca entendí mucho eso de la competencia, estuve prontamente de acuerdo con el destino.
         ¿Qué tiene por interesante este fragmento de mi vida? En La Argentina del 2001 un relato de un joven que prueba el exilio no puede resultar sorprendente. En momentos de una de las mayores crisis que enfrenta el pueblo argentino, generada por su clase dirigente,  no es extraño que la frustración empuje a tomar la decisión de distanciarse y probar suerte en otras regiones, a tantos más o menos arriesgados que yo. La inmensa corrupción que destruyó toda la credibilidad hace de un joven un escéptico que ya no imagina que algo pueda llegar a ser peor o mejor. La esperanza se traslada a otras tierras porque no se vislumbra la mínima posibilidad de cambio en las que se ha nacido, y no hay personas mayores que no asientan con los ojos humedecidos la decisión de los muchos hijos que se van.
         En mi caso, la idea de ir a trabajar a otro lugar contradecía mucho mi entusiasmo y mis ganas de vivir. Enamorado de la poesía, las letras y la libertad, no sería muy grande el cambio si la propuesta solamente consistía en aumentar el salario, o en finalmente tener uno. El Sistema no me ha de gustar en ninguna parte, pero en otros lados se dice que funciona y aquí ha fracasado. Y quizá esto responde a una explicación lógica que para que “allá” funcione “acá” no deba poder.
Sucede que si escribir poesía es mi única ilusión, qué precio tiene ésta en una sociedad donde gobierna el dinero, y cuanto más sucio, con mayor fuerza. En otras tierras, podría ser, que habiendo solucionado medianamente el tema económico, quizá la gente tuviese tiempo de recibir algunos de mis versos. Podría financiar mis trabajos y continuar mi formación aprovechando las ventajas que puede brindar una sociedad más estable. Ese fue uno de los pretextos. Aunque innumerables ejemplos históricos hay de personas que tuvieron que formarse fuera de donde nacieron para luego regresar sin los vicios de los que huían, y mejor preparados para combatir los males que pudieron individualizar estando fuera de la confusión. Otro buen argumento.
También aquí una muy fuerte excusa, había en mí la ansiedad enorme de conocer el mundo, empezando por Madrid, esa ciudad tan codiciada por mis letras. Y convencido como lo estoy que cada día que transcurre es uno menos en la vida, no quise desperdiciar tiempo en iniciar una búsqueda que me reuniese con cosas que considerara con sentido. Una vida donde la aventura y la poesía sean la única rutina permitida. Con ese espíritu, y esa provocación al mundo, me lancé al desafío con una única defensa, suerte en el corazón.
Tierras de Adrogué, 2001
Avgvstinvs Eliyahu


Buenos Ayres
        
Caminé por las calles de Porteña. Así le llamo a esta ciudad que la siento mujer. Encendí un habano, y como quien experimenta por primera vez la libertad, disfruté no tener rumbo enamorándome de cualquier esquina. Observaba a la gente apresurada y decidida a cumplir una tarea que pareciera impostergable.
Pensaba en que pronto me iría y extrañaría. Quizá las calles por las que anduve acompañado, los tantos cafés donde he escrito poesía, las plazas, mi gente.
         Charlé de esto con mi habano, aunque no sea argentino es también latinoamericano, y de nostalgias los cubanos saben bastante. Cuando mi compañero decidió que ya no tenía fuerzas para mantener la conversación, lo dejé descansar e ingresé en un café. Elegí una de las mesas, me senté, y volví a observar a la gente. ¿Qué estarían pensando?
Yo siempre estoy cuestionándome las cosas, esquivando lo sencillo. ¿Acaso ellos padecen esta misma inquietud? Es algo que temo nunca poder responder. La gente parece desenvolver sus vidas con una superación inmensa en cuanto a los profundos planteos de la vida y la muerte. Pueden ocuparse enteramente de la planificación de sus actividades como si su existencia fuese infinita. Cuando conozco a alguien y le pregunto qué hace con su vida, lo primero que responde es de qué trabaja o qué estudia con fines a obtener un mejor empleo. Nunca pregunto de qué manera consiguen el dinero o aspiran obtenerlo, y sin embargo responden siempre describiéndome la actividad con la cual han conseguido mantenerse en el Sistema. Yo hablo acerca de vivir, y me responden sobre existir.  Si no hubiese Sistema alguno y el hombre no tuviese necesidades básicas que satisfacer, ¿qué harían de sus vidas? Han resuelto los accidentes sin saber qué es la esencia. En cambio yo me he ocupado siempre de la esencia, pero me cuesta existir porque nunca le presté importancia a los accidentes.
En el café empecé a sentir unos gemidos muy particulares que no hace mucho tiempo he detectado provienen del corazón. Siento que éste, mediante una comunicación sensorial muy particular, me impulsa a escribir para que luego yo pueda leer lo que él ha querido decirme.  De esa forma y como tantas otras veces, en una servilleta de café, escribí unos versos.
No es extraño que le escribiera a mi Porteña si hemos de despedirnos. Aunque tengo una sensación espantosa por sentir que la abandono. Con los tantos males que ella sufre yo la dejo. Pero volveré y ambos lo sabemos.
         Entonces pensé una vez más acerca de nuestra separación y entendí que es necesaria porque aprenderemos con la distancia. Sé que Buenos Ayeres resistirá y ella no quiere que yo deje de soñar.
        
Buenos Ayres, Buenos Ayres

¡Qué han hecho contigo mujer
cómo está de maltratado tu vestido
siendo dama refinada
tanto acoso te ha prostituido!

Sé de tu nostálgica angustia
de recuerdo de ilusiones
en cada sombra
de rincones.

Sé del abandono de tus calles
donde han asesinado a la inocencia
y convertido tus cimientos
en cuevas de insolencia.

¡Mujer que has gritado libertad
y que has visto el sufrimiento de tus hijos
cómo soportas este premeditado edipo
que viola tus carnes con crueldad!

Buenos Ayres, Buenos Ayres
no consientas más tantas mentiras
que tu pasión tanguera y el alma mía
perseguirán al acecho la profunda poesía.

En cada beso enamorado que presencian árboles reunidos,
en cada palabra confesada en los altares de un café,
en cada huella que absorbe con historicismo tus veredas,
en cada mirada que regresa después de ausente,

a tu Río de la Plata
naufragando en el perdón,
¡sentirás Buenos Ayres tu esplendor
con la maternidad de siempre!

(Café de Bayres)


El Adiós

Le prohibí a mi familia venir a decirme adiós al aeropuerto porque yo me hubiese quebrado al verlos quebrarse cuando ellos vieran que me quiebro al despedirme. Llegué hasta aquí con mis amigos. Quise saludarlos lo más pronto posible por no saber cuándo nos volveríamos a ver. Uno de ellos, Lean, pronto será papá y lamento demasiado no poder compartir con él esa importante instancia de su vida.
         Como si hubiesen estado ensayando se ubicaron alrededor de mí, para que yo girando sobre un mismo lugar y pudiera abrazarme con cada uno de ellos. Hicieron que me emocionara mucho, y para castigarlos ingresé rápidamente en el área de migraciones junto a un bolso pequeño donde nadie puede creer está toda mi ropa, y una mochila menor donde llevo mis escritos y mi pluma. Me llevo todo, les dejo poesías.
         Me sellaron el pasaporte y miré a la gente que me rodeaba intentando que mi mirada les transmitiese que me iba lejos y por mucho tiempo. Imaginaba que les sucedería como a mí en el cine que me emociona la experiencia ajena. Claro está que ellos no sabían mi historia y entonces les perdoné que no se hubiesen emocionado.
         Mi vuelo hará escala en Santiago de Chile y luego el rumbo será Madrid. Estoy ansioso. Considero que la aventura comienza cuando despegue mi primer avión.
(Aeropuerto de Ezeiza)
        
Abordé fríamente la nave y tuve la sensación que los demás pasajeros no sabían adónde iban. Sus rostros inexpresivos hacen que parezcan personas perdidas. ¿Tendrán miedo? Sé que mucha gente detesta los despegues y los aterrizajes. A mí me encantan. Pienso que si fuese cierto aquello que la tensión en un ambiente puede desencadenar malos presagios y acordes consecuencias, todos los aviones deberían estrellarse, porque la gente está siempre tensa y nerviosa en esos momentos.
         Me invaden imágenes que me obligan a recordar toda la historia de mi vida hasta este momento. Parece que abandono todas aquellas vivencias y vienen a despedirse. Ellas quizá quieren asegurarse que no me olvidaré de mi pasado. Temen que las vivencias futuras las ubique en situación desfavorable y pierdan la trascendencia que hasta hoy han tenido. Ellas no saben que me dirán siempre quién verdaderamente soy yo más allá de los confusos escenarios en los que pueda verme actuando.  Sus celos no son válidos, si las llevo conmigo.
         Deteniéndome en cada uno de esos recuerdos busco cuándo imaginé que mi vida podría resultar de este modo, en llegar a un momento donde no sé en absoluto qué puede llegar a suceder.
Inspecciono las señales y mandatos que recibí durante la infancia y la adolescencia. Evalúo todos los proyectos que tuve, comparo todas las decisiones que tomé. Indago en mis sonrisas y llantos pasados para entender que siempre había previsto lo imprevisto.
         Más importante aún es el hecho que jamás pude rendir un sueño, que jamás quise hacerlo y que nunca me atreví a desoír los gemidos del corazón, comprendiendo a sus latidos como aplausos para con mis acciones, para con mis sueños.
(Avión a Santiago)


La Espera

Un vuelo muy corto ha sido llegar a Chile. Siempre pensé que estaba mucho más lejos. Confirmo mi opinión en cuanto a que son dos países demasiado cercanos como para estar contradictoriamente distanciados.
         Pude ya experimentar la primera gran experiencia. Ha sido increíble el cruce de los Andes. Recién ahora comprendo la heroica empresa que condujo San Martín a principios del siglo XIX con sus granaderos libertadores. ¡Al avión le demandaba un esfuerzo enorme cruzarlos y parecía flaquear! Imaginé a esos valientes cabalgando, luchando contra el clima, la altura, el enemigo... Siempre admiré a ese hombre, pero de ahora en adelante lo consideraré un héroe. Todos los argentinos, y cuantos le deben la libertad, deberían realizar el cruce andino para comprender las verdaderas dimensiones de ese acto temerario y sacrificado.
         El destino había querido que esos hombres participaran de una gesta que les indicara por el resto de sus vidas, o en el momento de su muerte, cuál había sido el sentido de sus vidas con la misión que debieron cumplir en este mundo. Cuántas veces yo me he preguntado cuál es la participación que a mí me corresponde. No se puede consentir participar del milagro de la vida para luego no tener mayores logros que el de una tortuga, envejecer hasta morir. El hombre puede decidir sus acciones y arriesgarse según el grado de su valiente libertad o de su cobarde sumisión. Habiendo tanta gente en este mundo consintiendo tantas desgracias es evidente que la gran mayoría no hace absolutamente nada para cambiar las cosas.
         Inmerso en esa búsqueda constante de mi circunstancia particular que aún me niega el destino lo desafío emprendiendo este viaje. La ansiedad enorme que habita en mí solamente desaparecerá cuando me sienta participando ya en mi encomendada obra que intento con provocación el destino me devele.  El sentir este gigantesco apego por las letras y la poesía hace que piense que bien pueden ser ellas el instrumento con el cual yo pueda hacer algo con relevancia. Quizá un día logre escribir algo que reúna en sí un mensaje necesario que deba difundir comprometiendo mi vida.
Debo esperar unas tres horas para abordar el avión que me conducirá hasta tierras españolas. Me enojo conmigo por haber cometido un terrible error, mis habanos fueron despachados con mi ropa y ellos no podrán hacerme compañía en esta aburrida sala de espera de pasajeros en tránsito. Por suerte Platón viaja conmigo y podré disfrutar de sus diálogos.
         Es hora de subir al avión que me llevará a Madrid.
         ¡Desafío al destino y a mi inteligencia! ¡Llévenme con mi San Martín o señálenme mis Andes!
(Aeropuerto de Santiago)


El Desembarco
        
No pude dormir en todo el viaje. ¿Nervios, miedos? No, ansiedad.
         Descendí del avión y sentí esa particular sensación que me invade cuando estoy en tierra desconocida por vez primera. Interpreto mi ubicación en el mapa y el sentido histórico del lugar. Estaba en suelo español, el que tanto había soñado pisar, y finalmente en Europa, esa región donde se encuentran las miradas de todo el mundo. Era importante saber por qué.
         En cuanto a la necesidad de conocer Europa estaba la de encontrarme con mis raíces. Desde España, Croacia e Italia se había enviado a Buenos Ayres la esencia suficiente para generar este hombre que ahora regresaba para mostrarles en persona lo que ellos sin saber, y sin pretenderlo, habían creado.
       Es muy importante que uno conozca sus orígenes. Conocer la ascendencia es conocerse a uno mismo. De la misma manera que estudiar la historia de los pueblos ayuda a entenderlos,  con tantos interrogantes personales, era importante y necesario conocer a mis antepasados.
         Tomé mi equipaje y me dirigí a Migraciones. Planeé muchas veces las posibles respuestas a las engañosas preguntas que me harían. Había escuchado muchas historias de argentinos que tuvieron problemas para ingresar al país.
En este momento a España regresan muchos de los nietos de los que tiempo atrás realizaron el mismo viaje a la inversa y con iguales expectativas, la de mejorar su situación. La diferencia está que nosotros los hemos recibido con los brazos abiertos y sin condiciones, ellos ahora nos reciben con una sola condición y difícil de cumplir, no ser argentino. Ellos habían dejado sus patrias sin nada, nosotros llegábamos con algo más de educación.
         Presenté mi pasaporte y sin mirarme a los ojos el hombre encargado selló el documento y tuve la extraña sensación de haber ingresado a un territorio prohibido o habiéndolo hecho falseando documentación. Odiaba tener que resguardar mi identidad porque de esa manera coartaban mi libertad. De todos modos no hubo problemas, tuve suerte.
Siento que estoy haciendo historia en mi vida. Mi diario de viaje está siendo alimentado. Participo de una escena cinematográfica donde yo soy el director y escribo el guión con mis suspiros. La percepción de los sentidos aumenta porque todo lo que experimentan es nuevo. Cuántas veces uno hace cosas rutinarias y luego confunde si las ha realizado o no debido a la insignificancia que tienen. En cambio, estos momentos son irrepetibles y la ferocidad por conocer y aprender estimula a la memoria. La mirada inspecciona toda la escena, y aunque se ocupe de cosas torpes como de los colores de las corbatas de las personas que se cruzan en el camino, todo es para comparar aquello que ya se conoce con esto que se cree distinto por ser nuevo.
En éste momentos mi familia y amigos de Buenos Ayres estarán recibiendo una poesía que dejé programada para ser enviada a través de la Red a sus respectivas casillas de correo. Puedo recitar esos versos en la distancia...

Adiós que vuelvo

“No me asusta la muerte, me entristece el adiós”.

Será triste
y muchas cosas serán tristes,
será feliz
y muchas cosas serán felices,
Será mentira
y muchas cosas serán mentiras,
será verdad
y muchas cosas serán verdades.

Será la vida en libertad
y no el encierro de la muerte.

Quien pueda
determinar el futuro
no tendría la emoción
de aventurarse en el destino.

Quien se aferra
mucho al pasado
quizá no vea
la encrucijada del camino.

Quien decide
refrescarse en el presente
sabe qué es lo efímero,
qué es lo divino.

Aquí estuve
y ya me voy,
y para cuando llegue lejos
probablemente quiera volver.

Preferiría estar siempre viajando,
para extrañarte mucho
y emocionarme cada vez
que te vuelva a ver.

(Andén del subterráneo de Madrid)


La Ciudad de Mis Letras

Caminé por el puerto aéreo hasta llegar a la estación de subte (o de metro) para ir al centro de la ciudad. Tenía el dato de una pensión. Una vez en el vagón empecé a sentir el cosquilleo de la aventura. No sabía dónde estaba con exactitud ni cómo sería Madrid. No tendría la ambientación que uno tiene cuando lo llevan por ruta hasta la ciudad, sino que cuando saliese a la calle me encontraría ya en el centro de la  misma.
Llegué a una de las estaciones del centro y quise buscar urgentemente la superficie. Subí las escaleras y cada escalón con  mayor velocidad, quería ver y respirar Madrid. Salí y me encontré con escombros y ruido de obreros por todo el lugar. Estaban trabajando en la zona, justo en la que se me había ocurrido “desembarcar” para mi “conquista”. No encontré los carteles que señalizan las calles y pregunté en un puesto de diarios por la dirección de la pensión que yo buscaba. Me dirigí a ella y la hallé prácticamente sepultada con piedras y maderas. Toda la zona era un verdadero desastre. Debía ir entonces a buscar otro lugar donde dormir.
Entonces comencé a recorrer las calles. Intentaba buscar las grandes avenidas. Visité muchas pensiones. Todas eran una verdadera prueba de valentía, con gritos, gente muy rara, animales, prostitutas, y esos personajes que se los ve bien vestidos sin hacer nada y se pregunta de qué trabajaran.
No tenía mucho dinero conmigo, no sabía cuándo volvería a obtener más. No podía arriesgarme demasiado cuando no conocía los códigos del lugar, cosa muy importante para no tener problemas.  Por eso elegí una pensión un poco mejor, algo más costosa, donde podría dejar mi mochila para encontrarla después y, ya más liviano, hallar una más económica.
Fui a dar una vuelta por las calles de Madrid, a conocer esa ciudad con la que tantas veces había soñado. Ingresé en un bar, pedí algo para beber y me dieron una tapa, es decir, comida, es decir, felicidad. Siempre pensé que iban a identificarme rápidamente como extranjero y que me preguntarían de dónde era y demás. Nadie parecía preocuparse por mí. ¿Era yo diferente a ellos?
Regresé a la pensión acercándose la noche para ducharme y prepararme para conocer la vida nocturna. Así lo hice y regresé a las calles. Me indicaron una zona de boliches y bares. Recorrí todos los  que había y me invitaron copas en varios de ellos. No sólo estaba mareado por el viaje y el cambio horario, ahora le tenía que sumar los tragos que me regalaron mis amigos espontáneos.
Fácilmente, con la panza llena, entraba en conversación y me integraba a grupos muy diferentes entre sí, aunque todos igualmente extraños para mí. Así conversaba con estudiantes, con almas enamoradas del mostrador, alegres y depresivos personajes. Por momentos me sentía en Buenos Ayres debido al idioma. Se siente un pequeño cambio en el acento como cuando como porteño se visita el interior de La Argentina, pero deja de notarse y se asimila en muy poco tiempo. La diferencia de los códigos sociales muchas veces hacía que una informalidad mía se tomase como una falta de respeto y lo mismo pasaba con algunas de sus acciones a la inversa. Yo no les daba importancia y ellos sí.
         Primer día en el escenario, busco la gran actuación. La ansiedad inmensa que tenía antes de llegar ahora aumentó porque ya no es tiempo de espera. La función ha comenzado.
(Pensión de  la Gran Vía)


El Palacio Real

Me comuniqué con una amiga de mi tía Graciela, llamada Toti, y que ella había conocido hace unos años en un viaje parecido al mío. Hablé por teléfono y ambos quedamos encontrarnos en un café cerca de la Plaza de España, una ubicación muy parecida a la Plaza de Mayo en Buenos Ayres.
A diferencia de mi ciudad, Madrid tiene aire de pueblo, sus edificios no son tan altos y sus calles y avenidas resultan tremendamente angostas para la cantidad de gente que aquí vive. Son muy atentos y parecen entrenados para recibir al turismo. Cuando se les pregunta por alguna dirección, te toman del brazo o del hombro antes de hablar, para luego exagerar las distancias que hay que recorrer porque siempre resulta la mitad de lo que han dicho.

Nos encontramos en el lugar acordado siendo muy fácil para ambos reconocernos. Sabía por mi tía que ella era una señora de mucha sonrisa y elegante. Ella sabía que, sea cual fuera mi aspecto, yo sería el que esté mirando para todos lados en la puerta del café con cara de desconcierto.
Allí le conté un poco mis planes de querer estar un tiempo aquí para escribir y tantear las posibilidades que pudiera encontrar. Prometió ayudarme. La acompañé a su oficina de trabajo y desde allí hizo una serie de llamadas. Yo no podía creer que alguien que recién me conocía estaba ayudándome. No sería la última vez.
De pronto, como si ella hubiese ganado un premio para sí, me dijo que consiguió un piso y que iríamos a verlo. Fuimos para allá.
Llegamos al edificio y noté que estaba ubicado en la misma calle del Palacio Real Albantés donde surge la poesía de Luis Eduardo Aute, a unos quinientos metros. Fue muy fácil llegar a un acuerdo con la simpática señora que alquilaba el piso porque yo sabía que no había en todo Madrid una mejor ubicación para mí, y en cuanto a ella, no le molestaría el ruido que produciría el trazo de mi pluma
Me despedí de Toti agradecido prometiéndole que pasaría a visitarla por su casa. Dejé mis paquetes en mi nueva habitación y salí inmediatamente a la calle para llegar al sitio donde vive la poesía española contemporánea que actuó como señuelo para que yo viniese hasta aquí. No recuerdo bien si caminé o corrí hasta la casa. Sé que al llegar me detuve inmóvil en su frente. Estaba ante la casa del Rey de Albanta. Allí suspiraba un poeta, un hombre que vivía por y de su poesía, de su esencia. Un artista, ese hombre tan particular que solamente hace lo que siente y la angustia de no poder crear puede matarlo.
Miraba a mi alrededor buscando rasgos poéticos. Esos árboles que se encontraban en la puerta del Palacio Albantés brindaban el aire a un poeta. Respiré cerca de ellos como queriéndome emborrachar de poesía.
La arquitectura del refugio del Rey era tal como yo la había imaginado. No ostentaba, por el contrario, parecía querer resguardarse de las miradas indiscretas, como la mía de ese momento. Bañada con colores tímidos y decorada con hojas sin barrer en su frente se entendía que quien vivía allí dejaba libre a la naturaleza.
Sabía que él no estaba en ese momento porque se encuentra de gira por Latinoamérica pero pronto volverá, en unas semanas, y yo estaré esperándolo.
(Café del barrio de Salamanca)


Teatro en la Plaza Mayor

Madrid, soy yo

El tabaco humeante
envuelve un vaso de vino añejo,
en esta ciudad extranjera,
aún para el nativo.

Ofrece una palmada
en la espalda,
al viajero, ese personaje
tan desconocido.

Laberintos
que enceguecen la inocencia,
confundiendo lo increíble
con un recuerdo certero.

Por los pies cansados,
de llamarte la atención,
sabiendo que muchos están bajo tu amparo,
que sepas bien, sólo traigo ilusión.

Desde lejos he venido a verte,
soy un hijo de tu hija,
con mi pluma, quiero enseñarte de mí,

las ansias locas de encontrarnos
y comprobar si son los sueños
o que eres así.

Embriagado por la emoción de encontrarme tan cerca de la poesía, me dirigí a la Plaza Mayor para encontrarme con los artistas de muchos lugares que siempre me han contado ahí se abrazan. Llevé conmigo, en mi mochila, todas mis poesías, porque nunca sabía cuándo sería el momento de darme a conocer.
Quería encontrarme con otros poetas en esos cafés literarios donde sólo hay palabras de un corazón hacia otro. Así caminé con pasos musicales. Una melodía imaginaria embellecía los escenarios donde me presentaba con mis botas. Escuchaba mis pasos y perseguía con mi mirada cómo ellas conquistaban Madrid. Desfilaba por sus calles con la firmeza de saber a qué había venido y con la amenaza de estar dispuesto a liberar mis poesías por toda la ciudad.
Recorriendo la Plaza Mayor me acerqué a un chico que tocaba flamenco sentado detrás de una columna, con su guitarra y de espaldas a la gente. Me senté apoyándome en la misma columna, de espaldas a él, saqué mi pluma y le escribí a Madrid. Cuando terminé de escribir la poesía, el chico de la guitarra también detuvo su música. Me levanté y di la vuelta para enfrentarlo. Lo felicité por lo bien que había tocado y le pedí que escuchara mi presentación. Recité esa poesía con la tinta aún sin secarse.
         Se puso de pie y me aplaudió sonriendo. Se presentó como Rodrigo y me dijo que solamente estaba intentando perderle el miedo al público. Que no necesita del dinero de la gente porque proviene de una familia de buena posición y que por ello daba la espalda al escenario inmenso de la Plaza Mayor.
         Entonces se me ocurrió que juntos podríamos hacer un intercambio beneficioso para ambos. Le propuse ir al centro de la plaza para que mientras yo recitase poesía él me acompañara con su guitarra. De esa manera él estaría expuesto a mucha gente y yo podría iniciar mi ataque literario. Accedió no muy convencido, pero creo que mi entusiasmo lo intimidó. No hacía falta ensayar, y con la poesía que le escribí a Madrid, como introducción a nuestra función, estuvimos hasta cerca de la madrugada recorriendo todas mis letras.
Luego nos miramos como si hubiésemos cometido una travesura. Contamos el dinero recaudado y nos sorprendimos al conocer la cantidad. Dividimos en partes iguales nuestro tesoro y fuimos a un bar para celebrar nuestra asociación artística. Le convidé un habano y él invitó los tragos.
Rodrigo es de esos chicos tímidos que se dejan crecer el pelo, no para rebelarse, sino para ocultar su rostro. Yo lo tuve igual que él y me lo había cortado antes de viajar, pero la diferencia marcada era que yo sí lo tuve largo por rebeldía.
Cuando la luz de la luna volviera a iluminar el escenario nos volveríamos a encontrar.
(Fuente de la Plaza Colón)


El Exilio

Otra noche escénica. Mucha más gente. Un chico que nos había visto la noche anterior trajo a su novia que estudiaba letras y que él consideró no podía perderse nuestra obra. La gente parecía realmente encantada, algunos atendían a la poesía, y otros, seguramente, hubiesen preferido que me callara para poder escuchar mejor la guitarra de mi compañero.
Yo me encontraba poseído por una pasión interna que dominaba todos mis actos. Alcanzaba tonalidades expresivas con mi voz sorprendiéndome a mí mismo. Caminaba con mis hojas entre la gente, recitando, hablándoles. Subía a una silla y saltaba de ella mientras pronunciaba un último verso triste como arrojándome al vacío. O bien me arrodillaba ante una hermosa mujer apedreando su imaginario balcón con mis palabras.
Cuando la luna debió retirarse, por no contrariar un acuerdo milenario que acordaron ella y el sol, le pedimos que nos guiara con su último destello de su luz hasta el bar.
Al igual que la noche anterior invité a mi cómplice a un habano y él hizo lo propio con un trago. Mi compañero se mostraba mucho más confiado y podía verse en su mirada, que si no le sirviera mucho nuestro teatro para perder la timidez, era seguro que se estaba divirtiendo. 
En el bar nos encontramos con un argentino que vive en Madrid hace unos años. Un hombre en sus cincuenta, de mirada transparente y ésa era la única expresión que no lograba cubrir su densa barba. Me atrajo mucho la personalidad de este hombre que hablaba o respondía solamente cuando asentir o negar con la cabeza no bastaba. Su nombre era Cacho. Decía ser un hombre triste por tener que haber abandonado su patria y pedía no le preguntara sus razones. Juraba no había sido por una mujer. También decía que le entristecía más el hecho de encontrarse con muchos como yo llegando con contados alientos y pidiendo afecto a la madre patria.
Todo es fiesta y poesía. Parece que el destino me estaba esperando desde hace tiempo en la Plaza Mayor.
(Café del barrio de Tirso de Molina)

Rodrigo decidió ir a su pueblo de Alcalá de Henares para avisarle a su familia que se quedaría un tiempo más en Madrid porque su misión de perder la timidez estaba siendo cumplida. Por mi parte me pareció bien descansar un poco ya que mi voz está bastante lastimada por tantos gritos en noches frescas. Nos abrazamos en despedida y prometió que apenas regresara a Madrid me avisaría. Con su guitarra al hombro desapareció por las calles en la madrugada. Se fue cantando. ¿Había perdido la timidez o la sobriedad?
Me encontré con Cacho en el bar y conversamos largamente. Al preguntarle qué hacer en la espera de Rodrigo, habiendo visto las ganancias obtenidas con el espectáculo, me sugirió aprovechar el tiempo y visitar las Islas Baleares.  Parecía buena idea. Siempre me atrajeron las islas porque son como grandes embarcaciones que vivirán por siempre en alta mar y donde muchos náufragos aventureros llegan sin pedir permiso hasta sus orillas.
(Bajo el monumento a Don Quijote de la Plaza de España)

Pienso en Cacho abrazado a la tristeza, extrañando su tierra y su gente. Muchas veces caminando por las calles de Porteña también me he sentido extranjero extrañando un lugar donde nunca estuve.
El nacer sencillamente no lo hace a uno hijo de una tierra como no la hace madre a una mujer tener un hijo si después lo abandona. Hay veces que estar involucrado no es formar parte. El destino quiso que yo naciera en una ciudad tan al sur de estos días míos. Habrá una razón para ello. ¡Conflictos de quien siente el exilio!

Cacho

Con tus ojos de niño abandonado
has traído hasta el exilio tus maletas,
la nostalgia
y el triste desamparo.

Pregunté cómo te llamabas
y respondiste
como si fuera tu única pertenencia,
Cacho, que con ello bastaba.

El pasado es un castigo que no volverá
aunque sabes bien que siempre te perseguirá,
y cuando no oigas tu nombre en la voz de un amigo
entenderás que tu ilusión y vida las han vendido.

Tanto has entregado y nada has recibido,
ahora que te dan poco,
sientes que es mucho
y te muestras tan agradecido.

Ya no recuerdas de dónde eras
y te confunde tu propia historia,
sólo quieres estar
donde Dios quiera.

Cacho, te has ido,
y cada Cacho que se va
es un cacho de ilusión que se ha perdido,
el más profundo cacho de dolor que no se irá.

Para recitarla cuando regrese Rodrigo
(Sala de cine de la avenida Goya)


La Isla
        
Nuevamente trasladándome, en la búsqueda. Volvía a sentir esa emoción particular que uno experimenta cuando viaja. Recuerdo que un amigo dijo que el mejor momento de un viaje es cuando uno se traslada de un lugar al otro. En ese tiempo las expectativas permanecen intactas y no se debe tomar ninguna decisión. Hay que esperar solamente llegar al lugar que se ha elegido como destino. Es una suerte de tregua con el pensamiento y por ello éste se libera y muchas veces concluye acerca de cuestiones inimaginables u olvidadas.
Abordé el primer vuelo a la Isla de Ibiza. El azar se había hecho amigo mío y nada podía tranquilizarme más.
         Poco antes de llegar me desperté y pude desde el aire ver la aproximación a esta porción de tierra flotante en este fuerte azul marino del Mediterráneo. Sentía que la tripulación y yo éramos los descubridores de estas islas que estando tan cerca del continente parecen tan alejadas.
        Viajábamos a un lugar secreto y esta vez comprendí el silencio de los pasajeros en el aterrizaje, sellábamos un acuerdo implícito de no develar nuestro hallazgo. Necesariamente mis compañeros debían ser, al igual que yo, aventureros.
         Cuando salí del aeropuerto busqué a mi alrededor indicios de encontrarme en una isla paradisíaca. Tenía muchas ganas de sorprenderme y verme en un lugar que nunca antes había imaginado. Quizá siempre exigí demasiado. Pero por alguna extraña razón quería hallar un sitio donde las cosas fuesen muy diferentes a las que ya conocía. Soñaba demasiado para luego decepcionarme al comprobar que todos los lugares que recorría estaban bajo el mismo cielo. 
Hice dedo hasta la ciudad y me encontré con este puerto muy pintoresco de alegres embarcaciones que flotan tímidas en un mar intenso. Una tranquilidad extrema, nadie tiene la expresión apurada y todos hablan con un detenimiento que parece irresponsable. Es mucha la variedad de gente que aquí llega y el deporte isleño pareciera el intercambio cultural.


Puerto de Eivissa

Me crucé con un hombre de aspecto muy descuidado que me preguntó si acababa de llegar. Al responderle que así era me advirtió que si permanecía en la isla más de un mes jamás volvería a salir de ella. Aseguraba que había un encanto que iba involucrándose en el interior de cada uno hasta que en un momento terminaba hipnotizado a la persona de tal forma que ésta olvidaba de dónde había venido. Después sólo bastaría sentirse parte de la isla.
(Castillo frente al mar)

Me divertía observando la gente extraña que arribaba al puerto de Eivissa. Se podía encontrar todo tipo de gente, el prejuicio lo han desterrado. Pero jamás pensé que entre esas mujeres que me miraban fijamente, una se me acercaría para preguntarme qué hacía yo ahí. No podía creer que en el mismo lugar del planeta me encontraba a Luciana, una chica de mi barrio. Hacía unas semanas que ella estaba en la isla.
Fuimos a tomar unas cervezas. Cada uno contó su historia, y después de ello, brindamos homenajeando el atrevimiento de creer en la búsqueda y el haber llegado hasta aquí.
Me comentó que en la otra orilla de la isla hay un pueblo inglés llamado Sant Antoni donde hay playas hermosas y unas aves muy especiales. Confié en ella y decidí ir hacia allá.
Al despedirme le dije a mi vecina que luego pasaría a saludarla antes de regresar a Madrid. Me sonrió de una manera que yo comprendía completamente. No era la sonrisa que podía encontrar en cualquiera de mis caminos. La de ella podía entenderla casi como la mía. Provenimos del mismo lugar. Nuestras historias se asemejan demasiado para encontrarnos a tanta distancia de nuestro lugar de origen y en un punto tan exacto en la inmensidad de probabilidades que hay en este mundo.
Después de caminar unos cincuenta metros me di vuelta para confirmar lo que sentía. Me alegró verla encaminarse hacia mí como si no nos hubiésemos despedido todavía. Apresuramos el paso y con las miradas emocionadas nos abrazamos como lo hacen dos hermanos. La besé en la frente y me fui.
(Camino a Sant Antoni)


Las Aves

Luciana tenía razón. Apenas llegué al pueblo de Sant Antoni me encantó su colorido y la cercanía que tienen todas las viviendas con la playa y el mar. Este parece ser el centro y vida espiritual de la gente.
Arrojé nuevamente las cosas en un hotel mucho más barato, pero donde me advertían que el agua era fría y de ninguna otra variedad. Cuando la recepcionista hizo esa aclaración la sentí un desafío a mi hombría y le contesté que no conocía el agua caliente, y que el calor de mi corazón calentaría la frialdad de cualquier inhospitalidad. Me observó como diciéndome que no era broma el asunto del agua. Lo supe muy bien al ducharme.
         Recorriendo las playas quedé fascinado con unas aves hermosas y tan libres con las cuales paso horas enteras apreciando sus destrezas. Realmente son poéticas excepto cuando parece que me van a atacar y debo tirarme al suelo para no ser golpeado. Quizá se sientan intimidadas por el resentimiento de un hombre que no puede volar. Pero con mi imaginación disfruto de sus movimientos como si fueran propios.
Resulta muy extraño este lugar que siendo territorio español se hable mucho más el idioma inglés. La cantidad de turistas y dueños de negocios de origen británico confunde pensar que me encuentro en España. Los ingleses están desesperados por el sol. Basta que una mínima caricia solar aparezca para que todos ellos le entreguen sus cuerpos religiosamente. Yo tengo puesto un saco evidenciando que ya conozco al sol, y además, por más fuerza que este haga no la creo suficiente para derretir los restos de hielo que quedan en mi cuerpo después de la última ducha. Tanto es el frío del agua que metí un pie en el mar para tantear su temperatura pensando que podría bañarme más cálidamente en él. Aún es la fresca primavera.
Por la calle, al caer el sol, me crucé con un grupo de escoceses. Al preguntarles por William Wallace se sorprendieron y luego levantaron sus polleras festejando. Yo los miré como lo haría un psiquiatra cuando una persona sufre demasiado los cambios hormonales.
Una mujer que se encontraba con ellos se me acercó a pedirme disculpas y decirme que le producía orgullo que alguien que no fuera de Escocia recordase a su héroe. Le contesté que las causas justas eran bandera de cualquier hombre justo.
(Playa de Sant Antoni)


El Guapo

Como todas las noches fui a comer a lo de un hombre con el que charlábamos de política e intentábamos cambiar el mundo. Cuando era su turno para hablar se entusiasmaba tanto que no notaba cuando su sobrina cambiaba mi plato de comida por otro lleno. Al terminar de comer saludé al señor y le guiñé el ojo a ella agradeciéndole su picardía. Salí a la calle y me metí en un bar que parecía el más popular. Pedí un trago y me puse a conversar con el cantinero.
         Me sentía cansado y decidí marcharme pronto para dormir lo suficiente y recuperarme de tanto caminar. Creo que desde que había salido de mi casa en Buenos Ayres no dormía como correspondía. Sequé el vaso y me dirigí a la puerta.
Cerca de la salida había un descanso de una escalera. Allí me encontré con dos chicas que no llegaban a los veinte y que estaban siendo golpeadas por tres ingleses robustos de unos treinta años. Una de ellas sangraba en su frente bañando su mejilla derecha. La otra, desconsolada, lloraba y gritaba en inglés que las soltasen.
Los hombres se encontraban alcoholizados y no permitían que se marcharan cercándolas contra la pared. Se enfurecían más con los gritos de las chicas.
Yo no entendía bien qué es lo que sucedía. Las razones, cuales fueran, jamás podían justificar esa cobardía de pegarle a unas chicas. No los enfrenté directamente. Sabía que siendo tres y muy grandotes la suerte no me ayudaría. Pero de ninguna manera iba a abandonar a esas chicas indefensas. Entonces me acerqué y les dije a los matones, en inglés, que yo conocía a esas atorrantes y que unos amigos míos y yo íbamos a darles su merecido castigo, que me dejaran salir con ellas.
No sé si el argumento era muy convincente pero fue lo único que se me ocurrió en ese momento. Al mismo tiempo que mi mirada les señalaba la puerta a las chicas.  Tomándolas de los hombros empecé a guiarlas hacia la salida. Los tres brutos se miraron entre sí para luego mirarme fijo con el mayor desconcierto que nunca experimentaron. Debieron preguntarse qué loco era yo.
Intenté acelerar el paso y antes de poder gritarles a las chicas que empezaran a correr sentí un golpe como una piedra en mi nuca. Me di vuelta rápidamente para insertarle otro bien fuerte a ese desgraciado que me pegaba ahora a mí también y por la espalda. Creo que nunca una piña mía fue tan certera porque lo tumbé. En esa fracción de segundo en que yo disfrutaba mi certeza recibí un trompazo fortísimo que creí me había sacado la dentadura. De mis labios saltó mucha sangre y manchó mi camisa mientras caía en brazos de las chicas.
Al que había caído al piso no debía permitirle que se incorporara y entonces intentaba pisarlo mientras peleaba con los otros dos. La pelea era un desastre y nadie volvió a dar un golpe certero por las piruetas que yo daba intentando no recibir otro golpe tan fuerte.
Las chicas gritaban y algunos espontáneos fanáticos de la lucha libre miraban entusiasmados ese combate desigual. No podía resistir mucho tiempo más y pronto iban a crucificarme. Les grité a las chicas que salieran pronto de allí, con la convicción que haría lo propio en cuanto pudiera zafar de esos desgraciados. 
Inmediatamente llegó la policía. Nos separaron y nos pusieron a todos contra distintas paredes. Con un árbitro en el escenario ahora pedía reanudar la pelea para acabar con ellos, enfrentándolos de a uno,  pero no me dejaron. En cambio, pidieron identificaciones.
Les entregué una fotocopia de mi pasaporte y al verla me tomaron de los brazos obligándome a callarme y quedarme quieto. Los ingleses mostraron sus papeles y se los devolvieron inmediatamente.
Las chicas intentaban explicar lo ocurrido y los policías decían no entender inglés. Entonces les dije a mis defendidas que pidiesen a alguien que las entendiese para poder explicar la situación ya que me iban a llevar detenido.
Sus gritos fueron escuchados. A los minutos llegó un oficial que algo entendía pero no les permitió declarar por ser menores de edad. Me parecía algo ridículo y protesté. Dejaron libres a los ingleses y me advirtieron que si me detenían abrirían una causa en la que probablemente conllevaría la deportación.
Me ofrecieron entonces,  generosamente, que me retirara voluntariamente de la isla. No era difícil la elección cuando en ambos casos me echaban del lugar. Preferí irme sin ayuda, ya me había divertido lo suficiente.
Paseé con el patrullero hasta mi hotel donde retiré mis pertenencias  y me cambié la camisa. Me lavé la cara y después de saludar a la recepcionista le dije que me iba a buscar un lugar con agua caliente.
Mis chicas nos siguieron detrás, en su auto, escoltando a su héroe. Toda esa gente iba al aeropuerto de Eivissa a despedirme. En el camino les pedí un último deseo como prisionero de guerra. Quería saludar a unos chicos de Sénégal que había conocido en la playa y hecho amigo en esos días. Tiernamente, los policías accedieron y uno de ellos me acompañó para presenciar impávido un abrazo de despedida tercermundista. Luego reanudamos la excursión policial.
Llegamos al aeropuerto alrededor de las tres de la mañana y nos enteramos que el próximo vuelo a Madrid salía a las nueve. El oficial de policía dejó a sus subalternos con órdenes expresas de quedarse hasta verme partir y se marchó para avisar a las autoridades de la Ciudad de Mis Letras sobre mi pronto arribo.
Inmediatamente llegaron también mis protegidas y la que sangraba ya tenía un vendaje en su frente. Faltaba que llegaran mis amigos ingleses, pero con el paso del tiempo perdí esperanzas que vinieran a despedirme.
Como todo hombre detenido dicen que tiene derecho a una llamada pedí permiso para llamar a La Argentina a mi amigo Mel, con el que compartí años atrás una aventura en La Cuba, para que me sugiriese un nuevo destino.
         Accedieron y llamé a mi amigo que se sorprendió con mi aventura. Me tranquilizó el hecho que le hubiese gustado. Entonces hablamos de Sverige, Italia, pero debía ser un país con el que pudiera hacer una escala inmediata al llegar a Madrid para no encontrarme con ninguna autoridad que pudiera haber sido notificada sobre mi arribo conflictivo. Prometí enviarle un correo electrónico contándole mi nueva posición.
Con charlas de Malvinas y el Che Guevara entretuve a mis expulsores hasta la hora de partida. Como no entendían nuestra conversación, y probablemente de haberla entendido no les hubiese importado, las chicas, quedaron profundamente dormidas hasta el momento de la despedida. 
Cuando llegó la hora confirmé mi vuelo a London sin que supiesen mis escoltas. Saludé a los guardias y les dije sonriendo que los veía más tarde en la playa. Desperté a mis chicas y me sonrieron agradecidas y emocionadas. Se sentían culpables y yo intenté que no pensaran de esa manera asegurándoles que no me sentía arrepentido y que había sido un placer haberlas podido defender.
La que tenía el vendaje reflexionó un instante y me besó dulcemente. Quise decirle unas palabras que sellaran ese momento tan particular donde el destino había enfrentado nuestras miradas y lo impidió acariciando mi boca con su mano. Luego se marcharon sin volver la mirada atrás. No hubo segundo abrazo, no eran chicas de mi barrio.
Pienso que no pude despedirme de Toti, Cacho y de Rodrigo. Me quedo pensando en ellos y despega mi avión a Inglaterra. Jamás había pensado que iría a visitar a los ingleses de esta manera, por haberme peleado con ellos en un bar de la Isla de Ibiza.
Conocer territorio inglés es conocer al enemigo. La primera vez que encendí un televisor a mis cuatro años de edad se grabaron en mí las imágenes de los soldados argentinos regresando de las islas Malvinas después de la guerra en que nos las vuelven a quitar por la fuerza. Desde ese momento siempre quise conocer quiénes eran los ingleses. Sabiendo, por supuesto, que los pueblos no son responsables de sus locos gobiernos, sino que, por el contrario, generalmente son víctimas de ellos.
(Avión a London)


El Latino

Arribé a la capital inglesa y me dirigí entusiasmado a migraciones. Al llegar vi que había problemas con algunos de los turistas latinos. Empecé a pensar en las preguntas que me harían. De todos modos, me tranquilizaba el hecho de saber que venía de otro país de la Comunidad Europea. Ya me encontraba dentro de ella. ¿Qué problema podía tener?
         Cuando fue mi turno de presentarme a la empleada del gobierno, de muy mala manera, me pidió el pasaporte y preguntó por las razones de mi visita. Le contesté que estaba haciendo turismo por Europa, que venía de Madrid y que simplemente quería conocer London. Quiso saber por cuánto tiempo pensaba permanecer en el país, a lo que  respondí solamente unos días.
         La mujer aumentó su agresividad haciéndome cuestionamientos sin sentido, como por ejemplo, si visitaría o no el Palacio Real. Todas las preguntas que me formulaba eran condicionales a la aprobación de mi ingreso. El problema estaba en que ninguna de mis respuestas la satisfacía.
Parecía negarme claramente el ingreso al país. Entonces le dije que por la única razón que yo creía que no me permitía ingresar al territorio inglés era por el hecho de ser argentino, y que si así no fuera me demostrase algún requisito turístico que yo no cumpliera. Le advertí que ella me estaba discriminando cuando yo no tuve inconveniente alguno de charlar con ella a pesar de la gran cantidad de aritos que poseía en su rostro produciéndome impresión.
Enojada me contestó que ella debía asegurarse que yo me iría pronto de su país. Le respondí que aún no había ingresado y que su trabajo lo estaba haciendo de maravilla porque restaba solamente para que fuera perfecto haberme impedido descender del avión. Finalmente me hartó y le dije que no pensaba que en su mágico país hubiese algo por lo cual yo pensaría vivir el resto de mi vida, y que si la gente que iba a encontrarme fuese tan desagradable como ella, el que no quería ingresar a Inglaterra ahora era yo.
Le pedí que me devolviese el pasaporte para marcharme e ir a un país donde la gente fuera cortés. Le aseguré que haría todos los reclamos necesarios para recibir una justa explicación. No podían burlarse de la gente de esa manera, si no querían latinoamericanos que avisaran antes de viajar, porque para nosotros conseguir dinero demanda demasiado esfuerzo al no tener la posibilidad de robárselo a colonias y países impedidos de desarrollo.
Hizo un poco de crisis de histeria y me devolvió mis papeles sellados con un permiso de seis meses. Una verdadera infeliz.
Le guiñé el ojo, me acerqué, y le dije que la amaba.
(Subterráneo de London)


Modelo Italiano

Otra ciudad, otra incógnita. Cuando salí a la superficie de London no me encontré con escombros pero sí con un frío increíble y poca ambientación para alguien que venía de las Islas Baleares.
      Intenté conseguir alojamiento y nuevamente resultó bastante difícil. Pregunté a unos estudiantes y me dieron el dato de un barrio estudiantil asegurándome que los precios serían más accesibles. La verdad que no sabía que para estudiante había que ser tan adinerado o que esta ciudad fuese tan costosa.          
Me acomodé en mi nueva habitación y salí a la calle, a conocer London. Caminé con dirección al Río Thamesis observando las antiguas edificaciones. Una ciudad con aire a historia, con viento añejo. De no ser por los autos que sorprenden corriendo y en sentido contrario, uno se sentiría en el pasado y dispuesto a escuchar a cada ladrillo de las edificaciones la historia que tiene para contar. El verde de sus parques es realmente asombroso, parecen acuarelas recién pintadas. Sus flores parecen las únicas que he visto vivas verdaderamente, las más grandes y luminosas. La gente me mira extraño cuando me detengo para tocarlas y olerlas. Me dan ganas de tirarme sobre ellas aunque fuesen el lecho de mi muerte.
(Pensión de Warwick Street)

En una avenida una limosina estacionó a mi lado. Se bajó un hombre vestido ostentosamente y lo primero que pensé es que iba a robarme. Rápidamente, y debido a mi asombro, se presentó como un diseñador de ropa italiana que le daba gusto finalmente encontrar un “modelo acorde”.
Sin entender mucho lo que sucedía le contesté que yo tenía sangre italiana. Se contentó y  dio la orden para que descendieran de ese auto inmenso dos chicas inglesas que se dispusieron a tomar mis medidas. Mientras ellas hacían eso, él me explicaba que quería ofrecerme modelar con sus prendas. Le contesté que si la paga era buena yo no ofrecería resistencia. Demasiado sencillo parecía recaudar en esta ciudad.
Las chicas regresaron a la limosina y el hombre empezó a hablarme en un difícil dialecto italiano. Al verme desorientado me miró con enojo y volvió al inglés para preguntarme qué sucedía. Al contestarle que yo era de Buenos Ayres y que le pedía hablase más despacio me preguntó si era argentino. Le respondí que sí, reprobándolo en geografía. Entonces A los gritos me dijo que no servía para el trabajo porque se suponía que yo debía presentar las ropas en los desfiles. Se metió en el estúpido cochejo y empezó a alejarse. Demostrándole que italiano sabía, corrí unos metros por la calle para insultarlo con una expresión italiana muy conocida. La mano del modista salió fuera de la ventanilla devolviendo gentilezas.
Reanudé mi marcha divertido por la escena y llegué al famoso río. Pienso en cómo voy a obtener sustento en esta ciudad que demanda tanto dinero. Parece divertida, pero si alguna embarcación me ofrece un nuevo derrotero, me voy con ella.
(Frente al Río Thamesis)


Museo de Guerra del Imperio

Con ese nombre majestuoso me engañaron a pagar la entrada de un museo muy infantil. Yo quería encontrarme con lo referente a la Guerra de Malvinas y solamente hallé un pequeño cuadro y un casco de piloto de combate. Que no les importara los argentinos muertos en combate podía entenderse, y que no recordaran a sus propios hombres tampoco me sorprendía, si por sus esfuerzos les habían pagado el dinero correspondiente.
         Ingresé en un simulador de bombardeo. Estaba ambientado en una estación de subterráneo de la Segunda Tragedia Mundial y cuando se oían las bombas se movía mínimamente la plataforma donde nos encontrábamos los participantes. Sabiendo que el juego demoraba unos treinta minutos le dije al señor de seguridad que me retiraba antes y que no quería seguir jugando. Me contestó que no podía salir debido al bombardeo y le refuté diciéndole que en situaciones límites las personas reaccionan de muy distintas maneras y que yo prefería enfrentar a las bombas. Aceptó rezongando.
      De allí fui a una sala donde proyectaban una película de los campos de concentración nazi. Me senté en la última fila y a los breves instantes terminó. La gente se encontraba muy emocionada.
          Una señora mayor se me acercó a los gritos acusándome de alemán asesino. Otras señoras que la acompañaban la detuvieron porque parecía con ganas de golpearme con su cartera. Como ella no me escuchaba debido a sus propios gritos les dije a sus compañeras que yo era argentino. Ellas le comunicaron la novedad a la emocionada mujer y disculpándose me dijo que ella sentía mucho haberme insultado y que conmigo no había problemas porque su país nunca había estado en conflicto con el mío.
         Una chica que presenció la escena me preguntó qué hacía un argentino en ese museo. Le contesté que era muy común cuando uno es turista visitar los museos. Ella entendía eso perfectamente porque se jactaba de viajar mucho, pero lo que le llamaba la atención era que yo me encontrase en ése museo en particular. Aseguraba que era un museo de interés exclusivo para los europeos.
         Le pregunté de dónde era y me respondió pronunciando un difícil nombre de una ciudad alemana. Le pedí que me explicara ese sentimiento europeo porque no lo entendía bien. Hasta donde yo sabía en Europa habían ocurrido las más sangrientas guerras de las cuales tenía conocimiento. No hacía mucho que su pueblo y el inglés habían demostrado lo peor de cada uno aniquilando ese rival tan diferente. ¿Cómo era que ahora habían descubierto que eran tan iguales?
Me decía que en Alemania muchos hablaban inglés y le advertí que en Inglaterra no eran muchos los que hablaban alemán, y ello demostraba un desigual interés.
         Enfurecida apostó a que Europa podía conformar una nación unida. Le contesté que solamente alcanzarían acuerdos siempre y cuando los intereses coincidieran. Además, si la Comunidad Europea se consideraba una nación, ¿Por qué tuve que volver a pasar migraciones al llegar a Inglaterra proviniendo de España? Me contestó que España no importaba.
Me retiré del museo muy desilusionado.
(Plaza del Museo)
        

Los Jardines de Buckingham

La noche de London es el atardecer. Acostumbrado a los horarios latinos siempre llegaba tarde a todos lados. Anoche decidí estar temprano para no perderme los bares típicos ingleses.
Recorrí algunos y las chicas se encantaban con mis botas y mi inseparable habano. Les resultaba gracioso mi personaje y a mí me gustaba que ellas adivinaran de dónde era. Nunca acertaban y cuando les develaba la verdad no sabían dónde quedaba La Argentina. Su defensa consistía en desestimar el resto del mundo porque solamente obtendrían provecho conociéndolo si fueran a un concurso de preguntas y respuestas.
De boliche en boliche terminé en el barrio chino. Hablé con una portera de un club nocturno que me dijo que allí necesitaban a un animador. Me permitió pasar sin pagar la entrada para ir a conversar con el dueño sobre el asunto. Para ello debía descender una interminable escalerilla poco iluminada. Miré a la mujer y me dije a mí mismo ¿Por qué no?
El lugar era irreal. La gente que concurría era de lo más extraña y satisfacía sus más delirantes deseos sibaritas. Había alcohol, drogas, prostitutas, mesas de juego. Luces de muchos colores acompañaban un ritmo musical muy extraño que parecía una danza africana que invocaba a los espíritus, a los malos.
Me quedé sorprendido observando aquella rareza hasta que tres hombres vinieron a saludarme. El del medio, que estaba siendo escoltado por los otros dos, me pidió la invitación para permanecer ahí dentro. Le intenté explicar que yo había ingresado por un trabajo y que la portera me dijo que podría hablar con el dueño al respecto, contestándome que el dueño no me iba a recibir y que debía pagar por estar allí sin invitación. Le dije al payaso de ese circo que no tenía dinero y que por ello me encontraba buscando un empleo.
Pareció no oírme y me reclamó el pago de una cifra inmensa de dinero a la cual respondí diciéndole que dudaba si un político argentino tendría tanto en el bolsillo en una ocasión cualquiera. Furioso me acercó un teléfono y me pidió que me comunicase con algún conocido para lograr reunir el dinero. Los matones me tomaron de los brazos y me sacaron lo poco que llevaba encima. Cínicamente hicieron la cuenta para luego decirme cuánto restaba entregarles.      
Viendo irreversible la decisión de ellos de retenerme hasta ofrecerles más dinero, y contraria a mi decisión de irme cuanto antes de ese psiquiátrico, sorprendí a los monigotes y corrí hacia la puerta. Subía esa maldita escalerilla lo más rápido que podía resbalando con mis botas. Al mirar atrás vi que los dos matones enfurecidos subían detrás de mí.
Logré llegar hasta donde estaba la portera y la empujé apartándola de mi camino. Alcancé la primera esquina y no podía creer que todavía estaban persiguiéndome. Decidí correr en dirección al Palacio de Buckingham donde estaba seguro habría muchos policías. Mi velocidad era muy buena pero la de las bestias no aflojaba y por momentos creía que me alcanzaban.
La persecución se extendió por varias calles hasta que finalmente llegué a los jardines del palacio donde salté una pequeña reja que ellos también sortearon con facilidad. Corrí incursionándome cada vez más en los jardines y trepé una segunda reja más alta que la primera para caer desarticulado del otro lado. Me escondí tras unos árboles para descansar y recuperar el oxígeno. Ya no veía a mis cazadores. Miré a mí alrededor buscando un lugar distinto por el cual había ingresado para poder salir de allí.
Me sorprendió en ese instante una voz muy clara y decidida que pidió me quedara quieto y que lentamente me voltease. Obedecí volteándome suavemente y me encontré con dos policías enfrente de mí y un tercero que hablaba por radio más atrás.
Revisaron si estaba armado y me preguntaron qué estaba haciendo en esa zona de restricción absoluta de los jardines del Palacio de Buckingham corriendo desesperadamente. Les expliqué que estaba huyendo de unos ladrones, y felizmente al comprobarse que no tenía ningún elemento peligroso, me creyeron.
El hombre del radio se acercó al grupo y me dijo que toda mi carrera por los jardines fue seguida por la mira de un rifle que no recibió la confirmación de disparar porque era muy extraña mi conducta de mirar constantemente hacia atrás y no poseer ningún objeto extraño. Pedí que le enviaran saludos a ese hombre.
Mientras me escoltaban orientándome a la salida de los jardines pensaba que estuve cerca de cruzarme a la reina o cualquier funcionario imperialista para exigirle que devolviesen todos los territorios usurpados. Les dije a los policías que si podían hacerme un favor y le dijeran a la reina que me devolviera las Malvinas. Porque de no hacerlo un día muchos como yo, sedientos de justicia, vendrían hasta aquí y quien correría en esa ocasión sería ella y solamente con el oro que pudiera sostener con sus manos delictivas.
Volví a mi hotel y decidí irme de Inglaterra.
Como no se me permite vía aérea debido al costo pienso en ir hasta París y desde allí cruzar el Atlántico para abastecerme de dinero en Estados Unidos. No tengo el suficiente respaldo como para seguir soportando el precio europeo. En otra ocasión regresaré. De todos modos, en este lugar, ¿Quién me extrañaría?  
(Bar del centro de la ciudad)


Una Pérdida

En la estación de trenes compré un boleto a un puerto del sur de Inglaterra, Dover, desde donde puedo cruzar a suelo francés. Recorreré el verde mágico en toda su extensión.
         Me encuentro triste y no es por abandonar Inglaterra. He perdido la pluma con la que escribí mis poemas de los últimos seis años. Temo habérsela regalado a la reina. Parece que en los jardines del palacio tienen un sistema para robar objetos personales o que decididamente quisieron interrumpir mis letras porque algún día podría incomodarlos.
Esa pluma tenía un valor afectivo muy importante por habérmela regalado un hermano mío un año antes de morir. Necesito despedirme de ella, aunque utilice una impostora, espero no se ofenda.


mi Pluma

Sé que prometimos no llorar
y estar preparados para un momento cualquiera,
pero cómo puedo yo aceptar
habernos separado, que te me fueras.

Quién cuidará de ti
y te contará tantas historias,
te pido le des lo que me diste a mí
tu compañía, pasión, mismas glorias.

Ahora que te escribo extrañado
por esta cruel vivencia inesperada
no estés nunca celosa, ni poco, ni demasiado,
recordaré tu partida, aunque mucho más tu llegada.

Pluma providencial de mis primeros suspiros
sé que como tú nunca encontraré,
y cuando sientas conocidos alaridos,
serán por tu ausencia, ¡sabes bien cuánto te extrañaré!

(Terminal de trenes de Victoria)

Sobre rieles recorrí el sur de Inglaterra. Paseé por ese verde intenso atravesando infinidad de pequeños pueblos. A medida que me alejaba más de London y las casas se mostraban más humildes imaginé que muchas familias de esos lugares años atrás vieron partir orgullosas a sus hijos que viajaban al Atlántico Sur a recuperar el patrimonio imperialista. Estaba seguro que habría muchas madres que aún no han encontrado el significado por el cual algunos de sus hijos nunca regresaron.
Después de unas horas de viaje el tren llegó hasta este puerto desde donde puedo embarcarme con destino a Francia. Dover mantiene el frío gobernante de la isla pero la gente se muestra más cálida.
(Puerto de Dover)

Me presenté en migraciones y tomaron los datos de mi pasaporte constatando que abandonaba el suelo inglés. No importaba que me mantendría en la Comunidad Europea, los ingleses se habían ocupado en registrar mi ingreso y salida, sin importarles de dónde venía ni a dónde iba. Ellos tenían su propio control.
Esta vez la chica resultó simpática y le pedí que por favor le avisara a la infeliz de London que su problemático argentino se retiraba mucho antes de los seis meses que suponía no me alcanzarían. No entendió qué le quise decir. Subí al barco y me senté cerca de una gran ventana para observar ese histórico canal.
Hubiese preferido cruzarlo en una embarcación más chica para sentir el terrible oleaje que puedo apreciar desde mi punto de observación. Quisiera hacerlo como en el pasado para sentir la aventura de las antiguas embarcaciones que han ido a pelear a Francia. Me enfurece no sentir que estoy en el agua. Busco sensaciones y la modernidad me las está negando.
(Barco a Calais)


Problemas de Comunicación

En cuanto el viaje se  me hacía aburrido ya estábamos en la ciudad de Calais. El puerto tenía muchas construcciones antiguas. Lamentablemente no podía preguntarle a nadie al respecto: un mal francés y nadie parecía entender inglés o español.
         Intenté hacer dedo pero no tenía la menor idea con respecto a la orientación de París, aunque suponía que cualquier ruta me sacaría del puerto. De todas maneras, nadie se detuvo y el único gesto que recibí por parte de algunos autos fueron bocinas, pero no para saludarme, sino para que me apartase de la ruta.
         Sabía que había cerca una terminal de trenes. Al pasar una señora cerca de mí imité el ruido de una locomotora y la señora divertida me señaló la dirección donde encontraría los rieles y terminó imitando ella también el ruido del tren. Era cierto que los franceses valoraban el arte.
           Una vez en la terminal de trenes observé una pizarra con las próximas salidas y no había ninguna con destino a París. Cualquier ciudad, estando ubicado en la costa comercial con Inglaterra, pensé me acercaría a la gran ciudad.
Escribí el nombre de la ciudad de Hazebrouck, que era el destino del  próximo tren a partir y se lo entregué a la chica de la boletería. Me respondió en francés la cifra del costo del boleto. Entonces le señalé el papel que le entregué pidiéndole que escribiera la cifra en el mismo. Por suerte entendió.
         En ese momento pensé en ir primero a la ciudad de Boulogne-sur-Mer y conocer donde había fallecido el Libertador, pero no podía darme el lujo porque el dinero se acababa. Muchos lugares eran los que tenía ganas de conocer pero no era el momento. De haber sido posible hubiese ido a Roma y desde Italia, en barco, hasta Atenas como tantas veces había soñado.
         Todo resultaba muy caro y no se me trataba con demasiado cariño. Pensaba que podría ser más fascinante recorrer desde New York a Buenos Ayres por tierra paseando por la Nación Latinoamericana.
         Abordé el tren con la misma seguridad que el resto de los pasajeros aunque no tuviese la menor idea acerca de la ciudad a la que me dirijo. La mayoría de mis compañeros de viaje son trabajadores que regresan del puerto a sus casas. Yo: un barrilete que pide seguir volando.
(Tren a Hazebrouck)


Trenes a la Gran Ciudad

El viaje hasta la ciudad de Hazebrouck me permitió estar rodeado de franceses que charlaban amenamente a mi lado e intentar aprender algo de su idioma. No entendía demasiado. Por suerte, se le entendía más al guarda del tren y me supo informar que desde la ciudad a la que viajábamos podía combinar con otros trenes hasta la ciudad de Lille, desde donde sería muy fácil llegar a París.        
En Hazebrouck compré el boleto a Lille y me senté en el andén como lo hacían todos los pasajeros. Cuando un tren pasaba por las vías de enfrente me unía a ellos en la famosa ola humana de los estadios olímpicos. No me divertía de esa manera pero no quería llamar la atención contrariando sus costumbres.
Al llegar nuestro tren, lo abordamos con mucha tranquilidad quienes habíamos participado de la ola humana. Parecía que nadie estaba apurado y que el tren saldría cuando los pasajeros se encontraran ya preparados para partir. Saludé al guarda del tren anterior, y recién cuando el nuevo guía terminó su café dio la orden al maquinista para iniciar la marcha.
Este segundo viaje resultaba muy silencioso porque todos los trabajadores portuarios habían descendido. Caminé por varios vagones buscando gente interesante y no encontraba a ningún otro pasajero después de algunas estaciones en las que se detuvo el tren. Pensé que quizá hasta el maquinista habría descendido y fui a corroborarlo. Al llegar al primer vagón me encontré con el guarda. Me hizo señas que si quería pasar a conocer desde donde conducían esa lombriz metálica, cosa que acepté con la expresión de un chico al que le ofrecían conducir un tren.
Fue el mejor viaje hasta ese momento. Podía sentir el viento en mi cabello susurrándome la palabra libertad que descendía hasta mis oídos emocionando a mi corazón. Grité una y otra vez ¡Libertad! Después todos juntos, el maquinista, el guarda y yo, gritamos como locos varias veces ¡Liberté! Competíamos para saber quién poseía más euforia.
(Andén de la estación de Lille)

Una vez en Lille me despedí de mis amigos libres para encontrarme en una terminal muy grande y con destino a muchos lugares, tantos que uno perdía la vista en la pizarra de salida. Compré el próximo viaje a la gran ciudad y esta vez viajaría en el famoso Tren de Gran Velocidad.
Parece un avión por dentro y tiene muchas cosas novedosas. De no ser por la ventana que me permite ver el paisaje hubiese creído que estoy volando.
Aún su famosa velocidad, demora mucho en llegar a París y la distancia no es demasiada. Tengo la sensación que los trenes anteriores hubiesen realizado el trayecto en menor tiempo. Los trenes mantienen su identidad con el paso de los años,  un tren no deja de ser un tren.
(Tren a París)


Hola y Adiós, Hola de Nuevo y Finalmente Adiós

Al llegar a la ciudad de París me encontré con un desorden de gente mucho más heterogénea y cosmopolita que la que había en London. Quizá por las distancias o por pertenecer a otra Comunidad Europea con diferentes mecanismos de control, mucha más gente había decidido venir hasta aquí para instalarse.
Aquellas víctimas del colonialismo en África, habiendo tenido que aprender obligatoriamente el francés bien tenían el derecho de probar suerte en el territorio de sus conquistadores. Habían saqueado y destruido sus tierras asegurándose la sumisión pero ahora debían soportar la cuantiosa inmigración ilegal como consecuencia de ello.
         Mi plan en París era muy sencillo. Pretendía ir al aeropuerto y cruzar el Atlántico para llegar a América. Aunque estando en esa famosa ciudad con la que muchas veces habían comparado a Buenos Ayres no quise desaprovechar la oportunidad de recorrer sus calles.  No alentaba mucho a la idea el hambre y el cansancio.
         Deambulé varias horas por esa ciudad sin encontrar coincidencia alguna con mi Porteña. La ciudad de las luces la sentía lúgubre y en lo único que podía relacionarla con la Reina del Plata era en cuanto a la nostalgia que se sentía. Entonces sí el tango encontraba lugar aquí también.
         Ingresé a un bar para tomar una cerveza. Era un ritual necesario para poder certificar que había estado en una ciudad. Además en esos lugares uno puede ver a la gente común y conocerlos un poco. Lamentablemente no podía dialogar con nadie y me dio mucha bronca no saber bien francés. Creo que había gente con rostros muy expresivos  con las cuales podía haber mantenido conversaciones de vida muy interesantes.
Salí a la calle y le mostré unos billetes a un taxista que se encontraba descansando en una esquina, haciéndole entender que no tenía más y que con eso debía ser suficiente como para llevarme hasta la puerta de salida del país. No sé si le convenía el monto del dinero ofrecido, o porque se encontraba demasiado aburrido, accedió a llevarme.
         Tristemente me encontré con el mismo problema que en London. Los precios son diez veces más caros que en Madrid. El llegar a París no me había servido de mucho. No lo podía creer. Mi travesía hasta aquí carecía de sentido.
        Además un argentino que vuela a los Estados Unidos debe necesariamente comprar un boleto de ida y vuelta. Eso encarecía las cosas. Yo sabía que desde Madrid a New York era gratis comparándolo con estas supuestas ofertas, entonces, compré un boleto a Madrid. Otra vez iría a ese aeropuerto que ya sentía tan familiar.
(Aeropuerto de París)

En el aeropuerto de Madrid pude conseguir un vuelo a New York con escala en París diez veces más económico. Todo resultaba tremendamente ridículo. De esa forma, me despedí de Madrid y volé de regreso a París, para desde allí recién cruzar el Atlántico. En migraciones no quisieron sellar mi pasaporte. Mi paseo por Europa terminaba aunque no quedara registrado. América me esperaba. ¿América, me esperaba?
(Avión a New York)


Regreso a América

Un vuelo demasiado aburrido me llevó hasta New York. Siempre en los aviones me había encontrado gente con la cual podía charlar, pero en esta ocasión mis acompañantes dormían y no disfrutaban lo que yo consideraba podían llegar a ser sus últimos días de vida. Eran demasiados viejos y no entendían nada de lo que sucedía a su alrededor. Me intrigaba qué es lo que iban a hacer a una de las ciudades más grandes del mundo.
Tenía muchas ganas de pisar nuevamente territorio americano, más allá que los Estados Unidos poco tienen en relación con el resto del continente. Había escuchado sobradas veces que era la tierra de las oportunidades. Bien podría aprovechar esos beneficios y recaudar los fondos necesarios que me permitiese dedicarme a las letras.
Antes del aterrizaje el piloto nos ofreció una vista panorámica de esa ciudad tan famosa. Después de tantas veces de verla en el cine no lograba diferenciar si las imágenes que yo estaba viendo eran reales o que en mi ventanilla habían colocado una pequeña pantalla. Podía verse la reunión de todos los modelos de edificios como si la ciudad naciera posterior a un concurso en el que los más diversos arquitectos, defendiendo estilos opuestos y variados en la excentricidad, expusieran sus obras.
         Recordando la experiencia de London temía que también aquí mi pasaporte argentino recibiera resistencia. Por ello, frente a las casillas de migraciones elegí al hombre que parecía más simpático. Me puse en su fila y esperé a ser llamado.
         Sin tener que esperar demasiado me pidió que me acercara a presentar mis papeles de peor forma que en London. Siempre se dijo que en Estados Unidos se deformaron las costumbres inglesas. Me exigió que volviese a llenar los datos del formulario migratorio porque decía que estaban mal expuestos. Le pregunté cuál era el error y me señaló un espacio que no estaba lleno porque era referente a una posible visita mía a alguna granja europea últimamente, cosa que no había ocurrido. Respondía a un plan de prevención del gobierno por la enfermedad de la ‘vaca loca’.
Quise tomar una lapicera del mostrador para completarlo y el personaje enfermizo golpeó con su mano la mía cuando intenté agarrarla. Lo miré como pidiéndole que se quitara el disfraz de importante para pelear fuera del escenario, de igual a igual. Sin que yo le dijese una palabra tiró mis papeles al piso gritándome cínicamente que se encontraba harto de los latinoamericanos analfabetos y que faltaba el permiso de un  consulado norteamericano.
Los junté con mucha paciencia y le pregunté si me iba a dejar completar el formulario o no. Le comenté a ese genio que me estaban discriminando absurdamente porque su país y el mío tenían un acuerdo donde no era necesario la presentación de un permiso especial. Que si él ignoraba eso que le preguntase a un supervisor.
Después de realizar una patética crisis histérica me selló el ingreso autorizándome a permanecer en el territorio solamente un mes y con la condición que a los quince días debía presentarme ante una autoridad para declarar que no había cometido ningún crimen y que estaba preparándome para partir.
No había tenido la misma suerte que en Inglaterra. Este infeliz al ver que no podía impedirme el ingreso me complicó la estadía. Sus tácticas de desprestigio estaban evolucionando.
         Libre en la calle tomé un colectivo al centro de la ciudad. No planeaba quedarme allí porque no estaba interesado en participar de la locura de una ciudad tan grande. No creía sencillo poder encontrar gente que me ayudase porque nadie tendría unos minutos para escuchar mi historia. En esos lugares, el tiempo, es dinero.
Caminé por esas calles imponentes donde la gente parece participar de un experimento. Resulta excitante vivir tan aceleradamente. La contaminación de todos los sentidos es extrema y el vicio está estimulado en cada esquina.
Busqué una terminal de colectivos y compré un boleto hasta Baltimore, en el Estado de Maryland. Debía alejarme un poco de ese amontonamiento de sueños y frustraciones y encaminarme al sur. Por geografía, historia o el propio cine, consideraba que en el Estado de Carolina del Sur encontraría la comodidad anhelada.
(Terminal de colectivos de Pennsylvania)

Mis compañeros de viaje eran demasiado extraños, todos aparentaban padecer enfermedades psicológicas muy graves. Los únicos con los que lograba conversar coherentemente eran los hombres de color.
Ese viaje realmente fue muy divertido porque la gente se peleaba con el chofer por la temperatura ambiente del colectivo. Primero iban unos a decirle que tenían calor con lo cual se encendía al aire acondicionado y luego otros iban para quejarse por el frío. Entonces los primeros con los segundos empezaban a discutir y enseñarme que hay muchos insultos que el cine desconoce.
Uno de estos personajes con daños en la conducta se sentó a mi lado. Tenía un aspecto lunático con sus pelos erizados y barba en un solo costado de su rostro. Llevaba con él una serie de bolsas de todo tamaño y llenas de frascos con tierra.
Durante el viaje me hizo levantar y cambiarle el asiento porque decía que lo estaban observando. Entonces iba por el pasillo del colectivo preguntándole a las personas si habían visto quién lo observaba. Cuestión resultante, después de un tiempo compartiendo con ese extraño ser, la gente tenía ganas de expulsarlo por la ventana.
De pronto gritó que alguien le había robado uno de sus frascos y pidió que se lo devolviesen. A esto recibió la respuesta de un chico muy grandote advirtiéndole que si volvía a interrumpir el sueño de los demás lo iba a meter dentro de uno de sus frascos.
Cuando el chofer decidió hacer una parada para descansar en una estación de servicio bajaron todos los pasajeros. Teníamos solamente cinco minutos para estirar las piernas y regresar a la unidad. Transcurrido el tiempo todos habíamos regresado menos el OVNI, así lo habían bautizado al ser.
Esperó el conductor unos minutos hasta que fue suficiente y mientras maniobraba para retomar la ruta no pudo observar lo que todos los pasajeros sí vimos. El OVNI estaba en la calle, con sus frascos, haciendo señas al chofer para que se detuviese. Nadie quiso avisar. Hubo silencio compartido y luego unos aplausos por parte de quienes intentaban dormir.
(Estación de servicio de Baltimore)


Hacia el Sur

En Baltimore me despedí del colectivo y compré un mapa de la costa este. No podía seguir viajando perdiendo dinero. De ahora en más debía ingeniármelas conquistando favores. No estaría mal que un país tan rico ayudara a una persona que provenía de uno que había perdido una guerra contra el peor de los enemigos, la traición. Este cruel comandante se había apoderado de la clase dirigente argentina exigiéndole ejecutar sus más crueles tácticas y destrezas. 
En la ruta decidí hacer dedo. Como si la suerte me hubiese estado esperando no demoré más de diez minutos para que un camión se detuviese y me ofreciera alcanzarme hasta un pueblo llamado Green Ville en Carolina del Sur, su destino final.
       El chofer llamado Charly estaba contento de conseguir compañero de viaje porque decía que ese trabajo lo había aceptado para juntar dinero, pero que en realidad detestaba la ruta.
Después que le contara mi historia me dijo con mucha serenidad que estaba contento por no haber intentado ese tipo de aventuras cuando era joven y que prefería ver televisión junto a su novia. Le pregunté qué tendría para contarle a sus nietos a lo que contestó que su chica no quería tener hijos. Pareció deprimirse. No hablamos más del tema.
         En la madrugada llegamos a Charlotte, en el Estado de Carolina del Norte. Charly quiso invitarme a desayunar en una estación de servios de la ruta y aprovechar para descansar. No rechazaría un desayuno cuando la última vez que había comido algo fue en el avión que me trajo a América.
Yo me encontraba preocupado porque los que atendían el negocio estaban fumando marijuana  y temía porque apareciera la policía.
Salí del negocio para regar el pasto del lugar. Cuando terminé de enfundar mi hombría, un hombre se me acercó sacando una placa de policía y pidiéndome que me quedara quieto y tranquilo. Me palpó de armas y exigió le mostrara mi pasaporte.
Eso hice y le pareció muy extraño que habiendo llegado hace tan poco a New York y ya me encontraba tan al sur, aunque al ver mi permanencia como turista intacta me devolvió mis papeles diciendo en perfecto español ‘muchas gracias’.
(Estación de servicios de Charlotte)
        

No Lloras Conmigo

Una vez en la ciudad de Green Ville, South Carolina, Charly me despertó paternalmente. Nos despedimos, nos deseamos suerte, y le agradecí sentidamente. Me había dejado frente a las escaleras de una iglesia. Decidí sentarme en sus escaleras principales para pensar dónde dormiría esa noche y acerca de las posibilidades de recaudar dinero en el lugar.
         No había reparado antes de unos sollozos que escuchaba detrás de mí. Me di vuelta y vi a una chica embarazada llorando y dándome la espalda. Me acerqué a ella y le pregunté si necesitaba algo. Miró con desconfianza y al ver mi expresión ingenua decidió explicarme que se había peleado con el padre de la criatura que llevaba en sus entrañas.
Contó que viajaría hasta Atlanta, Georgia, para darles la novedad a sus padres pero nunca pensó que se encontraría sola en tan especial circunstancia. Intenté consolarla y rechazó mi buena disposición diciendo que nada podía mejorar su estado anímico. Lo sentí un desafío y empecé a dialogar con el bebé que llevaba en su panza con una voz cómica cuando interpretaba las contestaciones de su hijo.
Así logré que Kimberley sonriera. Recién entonces me preguntó qué es lo que yo estaba haciendo allí. Le expliqué que solamente quería encontrar un empleo para juntar fondos y regresar a Europa o recorrer Latinoamérica. Me dijo que no debía hacer nada de ello y quedarme en los Estados Unidos por siempre. Se quedó pensando y ofreció alcanzarme hasta Atlanta donde su padre era dueño de unas empresas donde fácilmente hallarían un lugar para mí. La condición era que yo manejase su camioneta hasta esa ciudad. Acepté encantado.
     Nunca antes había manejado una camioneta en automático y por ello salía quemando llantas cada vez que hacía mover al vehículo. Lo mejor era que ella se divertía mucho con mi inexperiencia. Para aumentar su alegría por momentos exageraba mi torpeza.
Puse un disco con música del Potro Rodrigo en el equipo de música que le encantó. Tanto entusiasmo le produjo ese ritmo tan extraño para su costumbre que me obligó a detenerme en la ruta para que le enseñara a bailarlo. Así fue que, subiendo el volumen de la música cordobesa, Kimberley y yo bailamos cuarteto al costado de la ruta. Me encantaba hacerla reír. Ni sus cabellos rubios ni sus ojos color cielo lograban encandilarme como lo hacía su sonrisa. Tenía una expresión angelical con la cual estaba seguro podía doblegar la decisión de un dictador ante su posible ejecución por vivir en la belleza.
         Una vez en Atlanta me dejó su teléfono para que la llamara en unos días, dándole tiempo a que se tranquilizaran las cosas en su casa para presentarme a su padre, quien aseguraba conseguiría algo para mí. Se despidió muy emocionada con un abrazo que me confesó hacía mucho no brindaba. Allí agregó que pensara si no me animaba a presentarme como el padre del por nacer.
Lo importante era que ya no lloraba, había recuperado la confianza y su hermosa sonrisa iluminaba su rostro. Por mi parte estaba contento porque me llevaba conmigo una imagen, aunque un poco confundida, de la ternura materna.
(Café de Atlanta)


Café Latino

Mientras escribía en mi diario en un café donde la mayoría de los concurrentes hablaba español escuché a un mexicano que maldecía a su máquina porque no funcionaba. El problema que tenía era muy sencillo. Con el permiso de él quité un disquete de la máquina y el sistema pudo volver a trabajar. El hombre quedó encantado y me invitó a sentarme a su mesa.
Una vez más tuve que contar mi historia. Ese hombre de Guadalajara radicado en los Estados Unidos desde hacía tiempo y llamado Juan Cesar me invitó a almorzar. Según él, cuando tenía mi edad había recorrido todo México a dedo y en una ocasión un hombre lo había invitado a almorzar con la condición que un día él hiciera lo mismo. Entonces, de esta manera, pretendía devolver el favor que le habían hecho. Así cumplía su promesa y me instaba a que yo me comprometiese con devolverla en el futuro con otro viajero. Hicimos trato.
         Mi nuevo benefactor mexicano tenía que ir por negocios hasta Laredo en el Estado de Texas, en la frontera con México. Me ofrecía dejarme ubicado con un empleo en la ciudad de Houston, kilómetros antes del fin de su viaje.
Pensé en Kimberley y que quizá su ilusión fuera mayor que la decisión de su padre y aposté a este buen hombre llamado Juan Cesar que se mostraba dispuesto a ayudarme. De todas maneras, desde cualquier parte podría comunicarme con mi amiga embarazada y saber si había novedades. Subí a su auto y nos fuimos.  
          Durante el viaje nos entendimos muy bien y ambos coincidíamos en los análisis que hacíamos de la sociedad norteamericana. Aunque él tenía dinero y un cargo importante en una compañía me aseguraba que no se sentía vivo y que cuando quería hacerlo no podía más que recordar cuando a mi edad había recorrido sin rumbo las rutas mexicanas.
Para cuando llegamos a Baton Rouge en el Estado de Louisiana éramos amigos. Por mi lado me avergonzaba que estuviese invitándome en todas las comidas. Cada vez que llegábamos a una ciudad la recorríamos con el auto y él me contaba la particularidad de cada una de ellas para luego terminar en un restaurante o café. Yo no encontraba ninguna diferencia entre ellas, todas parecían perseguir un modelo impuesto.
(Restaurante de Baton Rouge)

Cuando ingresamos en Houston, en el Estado de Texas, me llevó a conocer la empresa donde podía acomodarme para trabajar. Se detuvo en la puerta de la misma y me dijo que si mi intención era escribir poesía y no participar en el concurso superficial de modernizar el auto todos los años no debía involucrarme en ese círculo vicioso. No quería sentirse responsable que perdiese el instinto literario. Tenía una oferta mejor para proponerme.
En Cancún, en la costa este mexicana, tenía un amigo de mucha confianza que regenteaba un hotel muy importante. Estaba seguro que me encantaría México y su gente y que me convenía cuanto antes salir de los Estados Unidos porque la adoración del dinero enfermaba los más nobles corazones.
Desde su teléfono celular llamó a un tal Paco de Cancún y le preguntó si había posibilidades de darme un lugar en el hotel dados mis conocimientos de inglés y dotes de animador. Satisfecho con la respuesta de su amigo, en su máquina personal redactó una carta con mis datos y una vez impresa la firmó con su pluma.
Yo tenía ganas de conocer Latinoamérica. Además estaría en el sur de México donde se llevaban cambios sociales y políticos muy fuertes, centralizados por indígenas de la región y liderados por un caudillo llamado Subcomandante Marcos. El Comandante alegórico era Emiliano Zapata, quien había liderado un movimiento popular hasta su asesinato a principios del siglo XX.
En un mundo superficial que intenta desestimar a los valores y las causas justas sólo para defender intereses mundanos, quizá podría haber un grupo de hombres vivos, que por primera vez en mi vida, considere esencialistas y enemigos de los accidentalistas.
(Frontera norteamericana-mexicana)


Nación Latinoamericana

En la frontera mexicana, Juan Cesar y yo, nos despedimos. Prometí escribirle una vez en Cancún para contarle qué había sido de mí. Además él insistió en que lo hiciera para saber el grado de atención que me prestaba su amigo Paco. Nos abrazamos y en una maniobra que intentaba yo no la notase introdujo en mi bolsillo una suma de dinero. Le dije que no podía aceptarlo y que ya había hecho demasiado por mí. Me miró fijo y me recordó la promesa que yo le hiciera con anterioridad de devolver los favores recibidos a otro viajero en similares circunstancias a las mías cuando el futuro me lo indicase. Al mejor estilo latino, cuando parecía que ya nos habíamos despedido, nos volvimos a abrazar afectuosamente.
         Busqué una autoridad norteamericana para poder sellar el pasaporte. No la encontraba por ninguna parte. Continué caminando bajo un sol impresionante que me quitaba el aire hasta llegar a un puente que separa los dos países y por donde transitaban libremente mexicanos que salían o regresaban.
Recorriendo ese puente vi la imagen de una inmensa bandera mexicana que flameaba imponente. Parecía tener vida y poderes como para cobijar a todos sus hijos tiernamente. Me contentó mucho verla porque si yo no era reconocido como un hijo exigiría trato de sobrino. Verdaderamente sentía que regresaba a mi patria. Desde hacía tiempo que creía un engaño a las fronteras latinoamericanas y proclamaba la unión de sus países alegando la misma religión, idioma, historia y herencia constante del castigo.
      Si Europa se unió a pesar de las increíbles diferencias que hay entre sus poblaciones, que no comparten religión, idioma, costumbres y además reservan odios intrínsecos de guerras despiadadas durante todos los tiempos que han vivido, cómo puede no resultar nuestra unión siendo más coherente y verdadera.
        Terminé de cruzar el puente y pregunté por una autoridad mexicana, no habiendo podido encontrar una del Imperio, esperaba poder regularizar mi situación en este país al que ingresaba. Después de preguntar bastante me orientaron para que caminara hasta un pequeño puesto aduanero.
Una vez en las oficinas tuve que rogarles a los encargados para que me atendieran. Parecía que nunca habían sellado un pasaporte en sus vidas, observaban mi documento como si les hubiera facilitado un álbum fotográfico, recorrían con sus vistas de la primera a la última de sus hojas sin hacer nada. Así lo pasaban de mano en  mano.
Finalmente uno de ellos lo selló, no antes de exigirme un dinero a cambio con lo cual protesté diciéndoles que no era un gringo del norte sino un paisano del sur. No entendieron la diferencia y me quitaron igualmente la plata, que para ellos tenía un mismo valor, proviniese de donde sea.
(Frontera mexicana-norteamericana)


Amigos Mexicanos

Ya me encontraba en territorio mexicano. Se me acercaba la gente pensando que fuera norteamericano para pedirme dinero y tenía que convencerlos que era argentino y que no tenía nada para darles. Algunos eran cordiales y otros pedían con enojo como intentando asustarme. Ninguno de sus métodos lograba algo de mí.
         Caminé hasta una ruta que tenía dirección sur para hacer dedo e intentar llegar hasta la Ciudad de México. Allí evaluaría cuál sería la forma más conveniente para continuar mi viaje hasta Cancún. Juan Cesar me aseguraba que haciendo dedo podría alcanzar el objetivo disfrutando de la hospitalidad mexicana. Estaba convencido que me enamoraría de una hermosa chica de su tierra y que nunca más me iría.
Al igual que en Estados Unidos tuve suerte e inmediatamente un hombre se detuvo con un camión pequeño de reparto de refrescos, lo cual fue mejor que cualquier otro, porque me convidó con uno de ellos.
Este hombre era de esos que pronuncian o proclaman al Señor en una de cada cinco palabras. Estaba fascinado con ayudarme, aunque no podía hacerlo por un trayecto muy extenso. Sin embargo me acercó hasta un cruce donde muchos camioneros se reunían.
Así Rubén me dejó en ese lugar donde bajé del camión con otro refresco. Me deseó suerte y me encomendó a Jesús diciéndome que rezaría por mí para que llegara pronto y seguro a mi destino. Le agradecí la gentileza.
         Me acerqué a los camioneros que se encontraban allí y les pregunté si alguno de ellos podía alcanzarme hasta la Ciudad de Monterrey que era la próxima población importante. Un muchacho llamado Ángel se acercó y se ofreció a llevarme con la condición que me gustara la música que él escuchaba en su camión.
No parecía un requisito muy exigente. Subí a su gran camión que por su altura se podía disfrutar de una vista panorámica de la ruta. Aunque como me había advertido, puso bien fuerte una música, que como había temido, era un desastre. Era el precio de mi viaje.
Llegamos al pueblo de Sabinas Hidalgo donde paramos para descansar. Ingresamos a una cantina y me invitó a un trago. Cuando vi que lo preparaban con agua, y sabiendo lo peligroso que es ésta en ese país, rechacé cordialmente su invitación.
(Cantina de Sabinas Hidalgo)

Toda la gente de la cantina venía a conocerme. Nunca habían visto a un argentino por esos lugares y les parecía muy curioso. Las chicas que allí se encontraban se me acercaban y como si yo fuera un muñeco tiraban de mi pelo. Una de ellas, la mayor de todas, me miro seriamente y me dijo que quería que yo le diera un hijo de ojos verdes como los míos.
Angel se dio cuenta que mi permanencia en ese lugar estaba complicada y me hizo señas para que nos fuéramos rápidamente de ahí. Una vez en el camión nos reíamos de lo sucedido.
(Camión de Ángel)


La Derrota de Monterrey

Continuamos recorriendo la ruta mientras nos saludaban familias de cactus por todas partes. En algunos tramos atravesábamos túneles de piedra inmensos que yo suponía serían increíblemente antiguos. La ruta era fascinante y soñaba con poder recorrer de la misma manera toda Latinoamérica.
Angel permanecía callado. Empecé a desconfiar del silencio. Sabía que algo sucedía. El camión empezó a disminuir su velocidad hasta estacionarse a un costado de la ruta. Inmediatamente sacó una pistola y la puso sobre mi sien. Con un odio sorprendente me gritó que me bajara del camión. Le dije que se tranquilizara y que yo no iba a resistirme. Realmente pensaba qué podía hacer pero cualquier movimiento resultaba muy peligroso.
Entonces bajé del camión y le pedí que me entregara mis escritos, los documentos y un abrigo porque sabía que en la noche refrescaría.
Se acomodó sobre los asientos y sin dejar de apuntarme me pidió también las botas, mi pantalón y la remera. No podía quedarme sin nada en el desierto desconocido y sin saber la distancia hasta la próxima ciudad. Quería mis textos que eran la mayor pérdida pero pensé que quienes me querían no me hubiesen perdonado me arriesgase por ellos.
De todas maneras pensé que había llegado a un fin noble. El poeta moría en el desierto, sin apoyo de nadie y en solitario, defendiendo sus textos y asesinado por la ignorancia. Resultaba profético.
         Decidí complacer a mi familia. En un movimiento veloz cerré la puerta del camión y corrí en dirección contraria a la trompa del mismo. Tenía que evitar que se bajara para dispararme. Sabía que él no iba a abandonar el camión para ir a buscarme. Esquivé varios cactus en mi carrera hasta que escuché el motor alejarse.
Quería matar a ese desgraciado. No terminaba de entender lo que había pasado. Pensaba en los escritos que me había robado y que sabía jamás recuperaría. Me vi en una ruta desértica sin poesías y me sentí muerto. Me quedé un instante inmóvil frente a un cactus. Sin mis letras mi vida se había acabado. Aunque mi padre tenía en Buenos Ayres copias de muchas poesías, otras tantas, nadie jamás me las devolvería.
        
Un escritor es lo que escribe. Las letras son su sangre. Si ellas desaparecen todo pierde su sentido. Las emociones que él quiere dejarle a los demás, si no perduran, siente que no ha vivido porque no quedarían huellas en el camino hacia sus sentimientos.
Todos los sueños y lucha pacífica, violentamente desaparecían. En el medio de esa escena que bien pudo haber sido la última que protagonizara en este mundo grité los versos de un poema mío que reza ¡No asesinen a la poesía, déjenla vivir, que sea mía! ¡Hagan lo que quieran con sus vidas, sólo denle libertad a ella, que es mi vida!
         No me había quedado nada. Conservaba solamente mi nombre y ni eso podía confirmar sin documentación alguna. Continué el camino en dirección a Monterrey. Cuando pasaba un vehículo me ignoraban haciéndome sentir un espíritu, con lo cual dudaba si Angel en realidad no habría disparado y lo que estaba viendo no eran más que visiones posteriores a mi muerte.
Después de unas horas llegué a la ciudad y pregunté por una comisaría. Tenía que denunciar la pérdida de mis documentos. Nadie sabía informarme. La gente no me contestaba o me ignoraba. Un taxista finalmente se ofreció para llevarme a un destacamento policial. Al dejarme se retiró rápidamente.
         Ingresé en el edificio y me presenté a la guardia como un argentino que había sido asaltado. No me contestaban. Realmente no entendía qué es lo que pasaba. Todos se comportaban muy raro.
         Cuando llegó un oficial le expliqué mi situación y me dijo que esperara. A la media hora me encomendó a un patrullero para que con ellos intentara identificar al camión que me había robado. Sabía perfectamente dónde encontrarlo porque el demonio de Angel me había dicho hacia dónde se dirigía.
Manejaba un hombre acompañado por una mujer. Yo iba en el asiento trasero como detenido y separado de ellos por una rejilla. A los doscientos metros se detuvieron y el hombre descendió del auto para comprar un refresco. Demoró unos diez minutos. Sin poner el auto nuevamente en marcha bebió un poco y le convidó a su compañera. La mujer, más generosa, quiso ofrecerme pero la pobre infeliz golpeó la botella contra la rejilla bañándolo con el contenido al conductor. Mientras ellos discutían pensaba que Angel ya podría haber llegado a publicar mis poesías en Madrid. 
Tomaron la radio y se comunicaron con un superior diciéndole que no habían podido localizar el vehículo y que esperaban nuevas órdenes. No lo podía creer. Debía haber ido a un jardín de infantes a pedir ayuda.
Me trasladaron a unos tribunales para que yo pudiera asentar mi denuncia. Me dejaron en la puerta y desaparecieron igual que el taxista. Parecía que nadie quería comprometerse.
En el tribunal recibieron mi denuncia y me entregaron una copia. Les pedí que se comunicaran con el Consulado Argentino para solicitar asistencia. Hicieron una llamada y me pasaron el teléfono. Hablé con una persona que no era argentina y que no entendía lo que yo le decía y entonces cortó la comunicación. No pudimos volver a comunicarnos.
         De pronto aparecieron unos periodistas, que aparentemente hacían guardia en el lugar, y me vi ante cámaras y micrófonos relatando lo sucedido. Aproveché para pedir asistencia a la representación argentina y a toda aquella persona que pudiera ayudarme. Ya llegaría una respuesta, sería cuestión de tiempo.
         Me había convertido en noticia. Se me ofrecía la oportunidad de los medios de comunicación y no tenía las poesías conmigo. Sentía que las cámaras habían llegado demasiado tarde. Aunque entusiasmado con la posibilidad de dirigirme a mucha gente hablé de la solidaridad latinoamericana, descontando que con ella pronto sería auxiliado. 
         Pasaron las horas y cayó la noche. Refrescaba cada vez más. Las autoridades del tribunal me pidieron que les dijese a la prensa que ellos me estaban brindando la correspondiente asistencia. Obviamente me negué a hacer tales declaraciones cuando no me estaban ofreciendo nada.
En realidad, me habían ofrecido pasar la noche con unos indigentes en un centro de contención. Tenía que comunicarme urgente con alguien que tomara decisiones.
(Tribunales de justicia)
        
Me fui a recorrer la ciudad intentando alguien me ayudara. Fue inútil. Todas las casas a las que me presentaba se mostraban enojados o mirándome a los ojos se detenían sin decir nada para luego cerrar la puerta en mi nariz.
Ahora estoy en una plaza, me cubrí con unas hojas inmensas de unas plantas de por aquí. Tengo mucho frío y me cuestiono a mí mismo si ésta es la clase de aventuras que yo buscaba.
No me atrevo a responder. En algún rincón de mi pensamiento sé que quizá inconscientemente busqué verme envuelto en esta circunstancia.
Desde muy chico me han atraído los desafíos. Siempre quise probar mi destreza e inteligencia en cuanto a la resolución de problemas y conflictos.
Ningún tesoro podría encontrar más enriquecedor que el de hallar en mi cabeza un cerebro inteligente. Y la única manera de comprobar la capacidad  de éste sería por medio de la imposición de pruebas y situaciones límites que resolver.
A lo que hacía a mi vida aventurera, quizá me encontraba ante una trampa que mi parte inconsciente le tendía en desafío a la parte consciente.
(Plaza de Monterrey)
        

Derechos Humanos

A la madrugada, con un frió tremendo, me saqué de encima las hojas que me habían servido como sábanas y decidí probar asistencia en otros lugares. Caminé sin rumbo por las calles de Monterrey procurando encontrar una solución urgente a mi problema. Pude sentir la horrible sensación que atraviesan los tantos hombres y mujeres que viven en la calle por causa de gobiernos insensibles.
Pensé en ir a migraciones y declararme indocumentado para que me deportasen. Pregunté cómo llegar y me presenté. Le expuse el caso a un oficial como si fuera para un conocido mío. Me contestó que la persona sería detenida para averiguación de antecedentes y demorada posiblemente unas 72 horas, en una cárcel, hasta que el juez a cargo se comunicara con una autoridad argentina para hallar una solución.
En definitiva, una locura mayor. Sin embargo, el hombre me recomendó una oficina de Derechos Humanos que se encontraba ahí cerca. Creía haber encontrado la solidaridad latinoamericana.
         En las oficinas de Derechos Humanos me presenté para que me ayudaran a contactarme con el Consulado Argentino. Nuevamente las personas que atendían me ignoraban. Se intercambiaban entre sí para escucharme y ninguno de ellos me respondía.
Finalmente se acercó un hombre para decirme que como argentino nadie me iba a ayudar porque ellos estaban para asistir a los ciudadanos mexicanos. Le tiré todos los papeles que tenía en la mesa de recepción al piso y gritándoles reclamé que debían entender que humanos eran todos en este planeta. No podía creer que gente tan sufrida como ellos no pudiesen ver el dolor ajeno. Los dominaba la ignorancia.
         Decidí probar en el Consulado Norteamericano, el único del lugar. Me presenté con mi denuncia, ingresé a unas oficinas y les pedí asistencia para hacer una llamada al mío. La única respuesta que recibía era que yo era argentino y entonces no tenían por qué ayudarme. Entonces insulté a la mujer porque la infeliz era mexicana y no norteamericana. Las personas parecían programadas.
         Finalmente la mujer accedió a averiguar el teléfono de mi representación, cosa que le demoró unos diez segundos. Me comunicó en llamada por cobrar y me pasó el teléfono. Esta vez me atendió una mujer a la que le pedí me comunicara con el Cónsul. Así lo hizo. Le expliqué a éste mi situación y me dijo que nada podía hacer hasta que yo llegara a la sede en la Ciudad de México. Anoté la dirección y colgué el teléfono fastidiado interrumpiendo la conversación.
Luego, la infeliz con aires norteamericanos me exigió firmar un papel para que luego el Consulado Argentino retribuyera el costo de la llamada efectuada. Le aclaré que la llamada había sido por cobrar y me contestó que había demandado esfuerzos administrativos. Ahí comprendí cómo se habían enriquecido los Estados Unidos.
Contesté que no firmaría nada y entonces llamó a los guardias para que me retiraran del edificio. Le grité cosa distinta a puritana y nuevamente estaba en la calle. Tenía hambre, sueño y mucha bronca. Experimentaba personalmente la injusticia, la indiferencia, la prepotencia y los tantos males que hacen de este mundo una verdadera aldea bajo un fuego de llamas egoístas incontrolables.
(Puerta del Consulado Norteamericano)


Mis Primeras Conferencias

Cuando les decía a mis padres que quería dedicarme a las letras consentían mi deseo advirtiéndome que podía terminar mendigando para comer. Yo me arriesgué.
         Tenía que llegar a la Ciudad de México para empezar a solucionar mis problemas. Caminé mucho hasta llegar a la terminal de colectivos de Monterrey. Fui a las oficinas de todas las empresas de colectivos explicándoles mi situación y pidiéndoles una excepción en mi pasaje. Ninguna se preocupaba en absoluto por mi caso hasta que una de ellas me ofreció un descuento. No había manera de convencerlos que no tenía dinero. El próximo colectivo partía en cuatro horas. Tenía que juntar para entonces cierto dinero. Destino de poeta, había que mendigar.
La terminal estaba comprendida por unas ocho salas de espera. En la primera de ellas me paré sobre unas sillas e improvisé un discurso que tuve que repetir varias veces y que decía más o menos así: ‘Al pueblo de Emiliano Zapata, un argentino despojado, hijo de la misma Nación Latinoamericana, le pide ayuda para poder regresar a su casa. Les hablo como hermano sabiendo que entenderán mi situación y que superarán mis expectativas en cuanto a la asistencia que yo he de recibir por haber sido mencionados ustedes varias veces como el resguardo moral del mundo’, y me quedaba esperando a que se me acercaran.
Los únicos que lo hacían eran chicos menores que yo diciendo haberme visto en la televisión. Entre tantos desgraciados brillaba el gesto tierno de gente que no tenía nada y me daban su aporte con mucha humildad.
El problema lo tuve con el personal de seguridad de la terminal que me prohibía mendigar. Me iba a la segunda sala y repetía la misma escena hasta que me volvían a echar. Agradecía que los infelices no intuían esperarme en la próxima y en cambio me perseguían de sala en sala como en los dibujos animados.
         Conté el dinero reunido y superé lo que necesitaba para el boleto, consiguiendo con la diferencia una botella de agua. Hacía 36 horas que no comía nada ni refrescaba mi boca con líquido alguno.
Desde unas cabinas telefónicas pedí que me permitiesen utilizar La Red. Quería advertir a mi familia en Buenos Ayres para que me ayudaran a buscar un contacto en Ciudad de México. Era viernes por la tarde y llegaría recién a la gran ciudad el sábado a la madrugada. El Consulado Argentino no abriría sus puertas hasta el lunes por la mañana. Necesitaba por ello encontrar un lugar donde refugiarme.
No accedieron a brindarme gratis el servicio y tuve que pagar con las monedas  que me quedaban la comunicación. Envié un mensaje breve diciendo que me habían robado todo, que me encontraba en México necesitando algún conocido allí.
La última vez que había enviado noticias por La Red había sido desde el aeropuerto de Madrid antes de volar a París como escala a New York.
(Terminal de colectivos de Monterrey)


Buena Gente

No podía determinar si hacía más frío dentro o fuera del colectivo. Porque al tener las ventanillas rotas el viento fresco que ingresaba por ellas, con la velocidad del vehículo, hacía que se helaran mis huesos.
Solamente tres personas viajaban conmigo. El desgraciado de la terminal me había dicho que no podían hacer concesiones conmigo debido a que siempre ocupaban toda la capacidad de las unidades.
         Esa noche creí que moriría congelado. Realmente tenía miedo de quedarme dormido y no volver a levantarme. Mis músculos temblaban mucho y se dormían mis extremos. Intentaba hacer movimientos y ejercicios con mis pies y brazos para darme calor. El chofer quiso poner la calefacción pero sin quererlo encendió la ventilación y no pudo detenerla. Desde ese momento añoré el verano de cuando el infeliz aún no había encendido el congelador.
En la madrugada la heladera llegó a la terminal de la ciudad. Descendí corriendo para buscar calor y me encontré con un edificio abierto que tenía cuatro grandes entradas, que para mí, eran seductoras propuestas para al frío.
Inmediatamente fui a un locutorio telefónico para saber si mi familia había conseguido información de algún conocido en el lugar. Le expliqué mi situación a la chica diciéndole que necesitaba chequear un instante mi casilla de correo en La Red. Obviamente no accedió, lo deduje porque no contestó.
Un hombre llamado Antonio escuchó mi exposición y se ofreció a ayudarme. Cedió parte de su tiempo de comunicación y pude leer mis mensajes. Entre ellos encontré el teléfono y dirección de una chica llamada Natalia cuya madre era de Buenos Ayres.
         El buen hombre, que decía ser muy religioso, me dio dinero para que tomara un taxi y llegara a ese lugar. El único problema era encontrar un taxista muy especial que no robara a los turistas. Hablé con algunos de ellos explicándoles que me habían asaltado y que tenía que llegar a una dirección donde recién allí les pagarían por el viaje, haciéndoles entender que no llevaba dinero conmigo. Ninguno accedía hasta que uno de mayor edad, alegando que se encontraba aburrido, aceptó llevarme con la condición que habláramos de tango durante el trayecto.
         Cruzamos la ciudad hasta llegar a una zona residencial de gran altura. Allí me presenté en la casa de la chica llamada Natalia. Quienes yo deduje serían sus padres, salieron a recibirme. Ya habían sido notificados por una amiga de mi madre que fue la madrina del contacto.
Me llevaron hasta una habitación y me permitieron ducharme diciéndome que les avisara cuando terminara de asearme para luego darme algo de comer.
Recuerdo que me desnudé enseguida e ingresé en ese lujo llamado ducha. La última vez que me había bañado había sido en London la mañana que partí hacia Dover.
         Una vez limpio me presenté como quien espera recibir instrucciones y me señalaron a su hermosa hija que desde ahí y en adelante se encargaría de todo lo que yo necesitara.
La última vez que había comido fue en Estados Unidos con mi amigo Juan Cesar más de 48 horas atrás. Durante toda mi aventura había perdido peso pero en estos últimos días había acelerado el proceso con la dieta mexicana. Esa hermosa familia me ayudó a recuperar las fuerzas.
Envié un mensaje por La Red a mi familia diciéndoles que ya me encontraba bajo techo y bien alimentado. Luego me retiré a la habitación, y observando a través de un gran ventanal que daba a la calle, me quedé perdido en el tiempo.
Creo que atinaba solamente a parpadear. Mi cuerpo sentado en la cama se encontraba relajado sin que nadie lo comandara. La mente tenía mucho de qué ocuparse. Por momentos sentía que estaba soñando y todo resultaba una verdadera pesadilla.
Esos eran los mejores momentos. Porque cuando entendía que no me encontraba soñando y aquellas situaciones eran ciertas me veía envuelto en la más profunda desolación sin poder reconocerme a mí mismo. Había perdido mi identidad.
Era como si hubiese llegado en ese momento al mundo, habiéndome salteado algunas etapas del crecimiento, sin conocer nada de lo que me rodeaba. No reconocía ningún objeto ni nada parecía despertar nuevamente algún interés desmayado en mi conciencia.
Quería explicar lo que había sucedido. ¿Qué razón había para que yo perdiese todos las letras inmateriales que durante tanto tiempo fui dándoles forma? ¿Por qué el destino quiso que me despojaran de mis sueños? ¿El destino quería silenciarme? ¿Ese no era el camino que debía seguir y entonces tenía que elegir uno nuevo?
La mayoría de las respuestas me aterraba. Cerré los ojos y me concentré en mi respiración. Entonces concluí que todo lo que me había pasado era una prueba que la vida me exigía para confirmar definitivamente el camino elegido.
Me habían advertido la dificultad de los obstáculos con los que debería lidiar si elegía la pasión y la poesía. ¿Elegía o no el desafío? Ya lo había perdido todo. Era un momento preciso y crucial si quería cambiar el curso de mi vida.
Recé a Jesucristo confirmando el mismo derrotero, hacia la poesía.
(Casa de la familia de Natalia)


Disfrutando el Viaje

Al otro día me levanté pensando cómo resolvería mi situación ante el Consulado. Mi padre esperaba instrucciones para conseguir un vuelo de regreso lo más pronto posible. No era cosa tan sencilla de coordinar cuando no existen vuelos directos a Buenos Ayres desde la Ciudad de México.
       No deseaba molestar a esa encantadora familia que abría sus puertas a un desconocido, pero si Natalia me invitaba a conocer la Ciudad de México, con la exquisitez de su compañía, no podía hacer otra cosa que no fuera aceptar el paseo.
        
Teníamos la misma edad. Al principio nos sentimos muy diferentes pero a medida que nos fuimos conociendo nos dimos cuenta ambos que compartíamos muchos pensamientos. Ella era una chica que odiaba la superficialidad al igual que yo. Tenía el encanto único de las mujeres que poseen un mundo interior preciso, ese que no permitiría que ningún hombre les moldeara su vida.
De esa manera me llevó a conocer la plaza principal frente a la gobernación que dicen es una de las más grandes del mundo. Caminamos por ella como si no tuviésemos otro interés que el de comprobar cuán extensa podía llegar a ser una sonrisa.
El gran director que dirige nuestras vidas de novela provocó una lluvia sorpresiva obligándonos a huir de allí buscando donde refugiarnos. Corrimos hasta la inmensa Catedral que iluminaba el corazón de los muchos abandonados por ese otro gran edificio gubernamental desde donde se suponía había hombres velando por los intereses de todos. Yo estaba seguro de ello, los intereses que defendían eran de otros, otros muy distintos al de sus ciudadanos.
Ingresamos a ese palacio cristiano tímidamente y Natalia me señaló un Cristo de color, uno de los pocos que hay en el mundo. Me encantó el color de su piel y que lo hayan interpretado distinto al que todos conocemos. Sabía que Jesús no tiene color y que para él todos pertenecemos a una misma raza humana.
Regresamos a la casa y sus padres habían decidido invitarme a comer a un restaurante de típica comida mexicana. Les dije que de haber sabido me tratarían de esa forma hubiese provocado yo mismo el robo de Monterrey. Estaba recuperando mi humor. 
(Restaurante de Ciudad de México)

        
El Destino Tendrá Sus Razones

El lunes por la mañana me despedí de Natalia y de su familia. Prometí enviarles algunas de las poesías que quedaron a resguardo de mi padre para que evaluaran si había sido bueno ayudarme o si hubiese sido mejor haberme dejado en la calle.
Un hombre de su confianza me llevó hasta donde se encontraba el Consulado Argentino en el centro de la ciudad. Ingresé en el edificio y me presenté ante el recepcionista pidiéndole le avisara al Cónsul que el muchacho que lo había llamado desde Monterrey se encontraba allí.
         Carlos, así se llamaba el funcionario, me invitó a pasar a su oficina. Tenía como referente innato de los establecimientos públicos al retrato del General José Francisco que me produjo placer volver a ver. Me invitó a un café y le conté mi historia.
Me ofreció entregarme un pasaporte provisorio. Luego me permitió usar el teléfono para avisar a mi padre la hora a partir de la cual ya podría abordar un avión de regreso.
         Había un problema, yo no tenía identificación con la cual acreditar mi identidad para elaborar el documento. Del despojo del desgraciado de Angel,  se había salvado, por estar en una de mis botas, una credencial trucha de estudiante que había adquirido para conseguir descuentos durante mis viajes, cosa que nunca sucedió. En ella estaba mi nombre y una fotografía. Lo gracioso era que la fecha de nacimiento estaba equivocada porque el amigo que me consiguió esa credencial no recordaba con exactitud la fecha de mi cumpleaños e inventó una cualquiera.
Con esos datos, y la fecha equivocada de mi aparición en este mundo, confeccionaron mi pasaporte que me permitía únicamente regresar a La Argentina. Para ello fue necesario que firmara una declaración de indigencia con la cual justificaba no pagar por esos papeles.
En La Argentina hay impuestos para absolutamente todas las actividades que uno realiza y cuando necesita que el Estado brinde algún beneficio también debe pagar. Nunca entendí ese intercambio mafioso.
El Cónsul parecía no tener la culpa porque las instalaciones eran muy precarias y daban sobradas muestras que a La Argentina no le interesa en absoluto tener presencia en México.
         Me comuniqué con mi padre y me confirmó un vuelo con despegue tres horas más tarde y con escala en Miami.
Saludé a Carlos que no hizo más que lo que le correspondía ni más de lo que un país saqueado por su clase dirigente podría brindar.
(Puerta del Consulado Argentino)


Ultimas Anécdotas

Salí del edificio y con un dinero que me ofrecieron por mi estado de indigencia tomé un taxi al aeropuerto. No había querido aceptar más ayuda de la familia que me había hospedado porque consideraba que ya habían hecho suficiente.
En el auto que me transportaba fuera de la ciudad sentí que mi viaje terminaba.
         En el aeropuerto busqué a la agencia donde debía retirar mi pasaje previa anunciación de un código de reserva y presentación de mi pasaporte. Ya estaba emprendiendo el regreso y los pensamientos volaban alocadamente.
Cuando me presenté me dijeron que el vuelo estaba cancelado. Me transfirieron a otra línea aérea para viajar hasta Miami donde haría la conexión acordada. Este nuevo avión partía en veinte minutos.
Antes debía ir a migraciones a solicitar con mi denuncia policial un nuevo papel migratorio con mi salida del país ya que la mía había desaparecido. Nadie me sabía informar dónde se encontraba dicha oficina. Pocos contestaban, como era de costumbre, y cuando lo hacían no se les entendía. Unos me indicaban un pasillo a la izquierda y otros a la derecha, una escalera arriba u otra hacia abajo.
Mi vuelo salía muy pronto y no sabía cuánto demoraría con ese trámite, por ello corrí ligero, por no tener equipaje, por todo el aeropuerto intentando ubicar ese misterioso lugar.
La suerte quiso que indagara detrás de unas escaleras y leyera un cartel que indicaba cómo llegar a migraciones. Subí las escaleras y presenté mi solicitud pidiéndoles rapidez, un lujo en esos lugares. La mujer que me atendió, despreocupada, y me dio el papel que necesitaba para salir del país. Faltaba ahora encontrar la puerta asignada.
Nuevamente nadie sabía dónde quedaba. En eso me encontré con un empresario argentino que debía abordar el mismo vuelo que yo. La cosa cambiaba, éramos dos con ganas de liquidar al personal del aeropuerto.
         Cuando llegamos a la puerta buscada nos sorprendimos con que tenía como destino la Ciudad de Cancún. No podíamos entender ese desorden. Decidimos ir hasta Cancún porque probablemente era el recorrido obligado a Miami, el problema era que nadie nos lo aseguraba. El empresario ya planeaba juicios multimillonarios. Yo sólo quería llegar a mi casa.
         Ingresamos a la nave avión e inmediatamente cerró las puertas y buscó pista para el despegue. Ahora surgía la preocupación de cómo evitar escuchar desastrosas y desafinadas canciones de una pareja que se sentaba detrás de mí y que se dirigían a pasar su luna de miel.
Entre una tremenda crisis histérica y el reírse de mí mismo y la propia mala suerte, opté por unirme a ese coro de diablos para descargar mi bronca. Así cantamos todo el viaje canciones tradicionales mexicanas. Por primera vez desde que salí de Buenos Ayres también yo molesté a la gente.
(Avión a Cancún)
        
En el aeropuerto de Cancún, cuando mi aliado en la causa de ajusticiar a un directivo de la compañía se disponía a protestar, un hombre a los gritos pidió a los pasajeros que se dirigían a Miami que se ubicaran en una fila para pasar migraciones.
Las cosas se encaminaban. La gente mostraba sus papeles migratorios y abordaba el avión. Miré el mío y la infeliz de migraciones no me había dado una salida del país sino una entrada. Estaba furioso.
Aprovechando la seguridad de juguetería que había en las filas de ingreso y salida, separadas por unas improvisadas vallas de contención, me cambié de fila y entregué mi papel en la de ingresos para luego unirme nuevamente al grupo que se iba. No podía quejarme, mi viejo objetivo de llegar a Cancún había sido cumplido.
(Avión a Miami)


Miami, ¡Ya Regreso Mami!

Otra vez llegaba a la tierra del Imperio donde me habían recibido tan bien la última vez. En el aeropuerto de Miami debía esperar en la sala de pasajeros en tránsito unas cuatro horas hasta que llamaran para abordar mi vuelo a Buenos Ayres. No sabía qué hacer. No tenía un libro, no tenía hojas y estaba completamente saturado. Mi viaje y aventura llegaban a su fin.
         En un sobre donde guardaba mi denuncia y pasaporte provisorio un nuevo gemido del corazón decidió darme ánimo, como es la costumbre, escribiendo una poesía.

¡Ánimo Viajero!

Hacia dónde me dirijo
sabiendo no hay camino certero,
cómo ahuyento a la ansiedad
tan ansioso por que se fuera.

Indago al sol durante el día
para que en la noche sea la luna
el susurro misterioso que se oiga
indicando ese espejo donde me quiero ver.

Cansa, agota, y enfada la espera,
terca, tensa, y persiste la idea;
gozan, viven, y renacen los sueños,
pecan, lloran, y desvelan otras mareas.

Siento ya los pasos comandantes,
quizá vea el sendero de los sedientos,
saborearé aún más el sacrificio,

por no claudicar hasta que llegue
ese momento que tanto,
¡qué tanto se me debe!

(Aeropuerto de Miami)


Con la Frente Marchita

Cuando me ubiqué en el asiento del avión que me llevaría a casa sentí derrota y la contradictoria emoción de un regreso anticipado. Aunque también pensaba en aquella confirmación del camino elegido con la cual había meditado en la casa de México.
Quería volver a ver a mi familia y sentirme nuevamente en casa después de haber revalorizado las cosas con tantas falencias durante el viaje. Aunque hubiese querido regresar de otro modo, con mis objetivos cumplidos.
         De todas maneras confiaba en el destino y sabía que todo tenía una explicación. No me avergonzaba el hecho de haberlo intentado aunque mis propias palabras de aliento sabían a derrota. Sentía que había perdido una batalla y que las circunstancias me habían diezmado, pero mantenía intacta la pasión. El desafío más grande es el de aquél que tras una pérdida absoluta reconstruye su confianza. Me sentía nuevamente fuerte y más decidido a defender mis letras. Aunque muchas de ellas las había perdido, el corazón que las había creado estaba aún conmigo.
En el aeropuerto de Buenos Ayres quise rápidamente pasar migraciones. Antes, una compañera de viaje mexicana me prestó dinero para que les comprara un pequeño regalo a mis sobrinos en forma de chocolate. 
Debía pasar por aduana pero yo no tenía ningún equipaje. A pesar del enojo de la gente que pensaba que podía traer oculto en un sobre muchos artefactos electrónicos me hicieron pasar por delante de todos. Una infeliz me insultó y para aumentar su bronca le envié un beso en el aire.
         Abracé a mi familia que había ido a recibirme y me llevaron a casa. Reconocí el aire de hogar enseguida y corrí al jardín para encontrarme con mi perra. La pobre había adelgazado mucho en este tiempo y parecía haber sufrido lo mismo que yo. Mi mamá decía que la perra no había querido ingresar a la casa por saber de mi ausencia.
         A solas con mis padres lloré por la pérdida de muchas de mis poesías, mi pluma, y la oportunidad de dar a conocer mis letras. Hacía mucho tiempo que no lloraba.
(En casa)

Había crecido mucho. Aunque mi crecimiento era muy interno y demasiado distinto a como hubiese esperado el resto de la gente que juzgaba mi vida como un derroche. No podían entender que dijera en serio aquello de dedicarme a las letras y esperaban que mi madurez pasara por insertarme rápido en el Sistema.
Entendí que había hecho algo que siempre había soñado, vivir en libertad, aunque nunca más el destino me lo permitiese. La vida a mis veinte y tres años me sonreía. De lo único que me había ocupado durante el viaje fue de la vida y vivir como soñaba. Le demostré a ella de muchas maneras que me sentía vivo. Y para que no tuviese dudas, sonriéndole grité, ¡La vida es poesía!
(Escaleras del Teatro Colón)

Barrilete

A mis hermanos albanteses


El destino no es más que el viento
o el perfume de una flor llamada mujer,
la vida no es más que el momento
de goce previo a desaparecer.

La libertad es la energía
que despliega las alas de la aventura
festejando como un hecho a la utopía
en los brindis entusiastas de la altura.

Vuela y fluye la asombrosa imaginación
convirtiéndose el sueño en dictador
de los únicos consejos de la inspiración
que besan locamente el corazón.

Con el tiempo perdido en el espacio
y lo necesario con sabor a universal,
un barrilete sólo es, y sabio,
¡cuando su vuelo pide a gritos amar!

Avgvstinvs Eliyahu

NOTAS:

La pluma, en realidad, la perdí en Madrid por alguna razón metafísica, porque esa ciudad se apoderó de ella y me querrá ver regresar para liberar mi poesía. El poema ¡Ánimo viajero! fue escrito también en esa ciudad, y tal vez haya sido lo último escrito con aquel particular trazo.

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