junio 16, 2011

Sin Maradona


Fue en el Mundial de Fútbol de 1978 en La Argentina. Aún no jugaba Maradona, aún no se había recuperado la democracia tampoco. Maradona vendría más tarde, la democracia también; pero ambos dejarían luego de jugar transcurridos los años, y quizá porque la izquierda –o la zurda de Diego- padecieron las incomodidades sufridas por el poder. 
En aquél entonces, mientras sucedía el Mundial, gobernaba una Junta Militar, aquella responsable de la tortura y desaparición de personas. Pero a ellos, como a todo gobernante, le venía muy bien ganar el campeonato. No sólo porque se intentaba brindar una imagen mentirosa del país, sino porque, aunque se jugara en el extranjero, siempre es muy bienvenida la distracción que el deporte genera en el pueblo.
Por circunstancias del juego mismo, La Argentina debía ganarle a Perú por una diferencia de cuatro goles, cosa realmente difícil. Para el que no leyó atentamente la oración anterior, le refresco una partecita muy especial, “La Argentina debía ganarle a Perú”… Porque, lo que en realidad se debía, y desde ya que esa era la pretensión máxima de la Junta, era ganar el Mundial. Un gol puede tapar los gritos de un torturado, como alguna gambeta cuatro años más tarde taparía la euforia de un soldado al morir en Malvinas…
Antes de ese partido tan particular, mientras los jugadores de ambos equipos se preparaban para disputarse su futuro en la Copa, recibieron la visita del entonces presidente de facto argentino: un general. Lo que sucedió ante los jugadores locales habrá sido un momento muy tenso y nervioso, pero lo que quisiera reseñar, a través de lo que me hiciera llegar un jugador peruano de entonces, que conocí en un bar de Barcelona, es la tenebrosa historia de la antesala de un juego que seducía a las miserias humanas. Intentaré, y veremos si lo logro, recrear aquella escena.
Vestuario visitante. La selección peruana de fútbol alistándose para el difícil partido ante los locales. Todos sentían que era un partido complicado, porque era evidente el potencial de juego de los argentinos, pero, como en todos los deportes, y más en este, siempre es bueno esperar a que se termine el partido para conocer verdaderamente cuál es la verdad que se presentó: los partidos no se pierden antes de jugarse, o sí. Había bromas sobre si los milicos tomarían represalias si llegaban a ganar, y no todos reían con ellas. Había bromas sobre si existía la posibilidad de solicitar algún soborno, y algunos comenzaban a imaginar en el monto que se podía pedir. Pero al final, era un partido de fútbol, un juego deportivo, al que no había que atribuirle demasiadas extrañas circunstancias. Eso era lo que preferían pensar aquellos jugadores y el cuerpo técnico, hasta que unos personajes ingresaron en aquel espacio íntimo generando un silencio que se le pareció muchísimo a la muerte. Tal vez, porque sintieron que quienes habían ingresado tenían vínculos con aquella mala mujer que inexplicablemente se dedica, aún hoy, a quitarnos la vida.
El presidente y general, vestido de uniforme, escoltado por un teniente coronel y tres soldados armados irrumpió en la atmósfera peruana. Los soldados eran jóvenes y con nervios imprecisos llevaban el fusil a la cazadora. El teniente coronel traía un rostro que ya decía que no diría nada. El general, flaco, con una mirada fría y perdida fue el único que avanzó más allá de la puerta del vestuario caminando como quien lo hace entre muertos, adjudicados y propios, y como quien ignora que otros seres humanos también podrían gozar de aquello que nos hace sentir vivos de manera independiente de él. El silencio era tremendo, y sólo podían escucharse los zapatos del general, dueño del país de ese momento, mientras avanzaba entre los que estaban sentados, y entre los que fueron sentándose dejando caer sus cuerpos de miedo. El visitante se dirigió hasta el último de los espejos, el más alejado de la puerta de acceso. Se observó en él y pareció acomodarse un pelo que no hubiera sido amarrado por la gomina del último peinado. Se acomodó el uniforme y llevó sus manos, para entrelazarlas, detrás de la cintura, elevando el mentón al recomenzar a caminar muy lentamente y pateando los elementos deportivos que había por el suelo. Sacaba pecho como si sintiera que llevaba un acero que nadie podría vulnerar. Finalmente, habló.


General – Caballeros, quizá aún no sepan el porqué de mi visita. Les pido silencio y que sepan escuchar detenidamente lo que les he venido a decir. Creo que no hace ninguna falta presentaciones y que todos saben muy bien quién soy yo… Yo soy el presidente de la Nación Argentina y el hombre más poderoso ante sus ojos. Ustedes son, ¿qué son?, un equipo de fulbito del Perú. ¿Se acuerdan que ustedes, caballeros, han sido liberados por un general llamado San Martín? Yo no soy ese general ni tengo el gusto de conocer su país, pero soy quien puede liberarlos de otra suerte de compromisos que, gusten o no, resultarán convenientes de todas maneras.
Director Técnico Peruano – Señor… digo general…
General - ¡Usted se calla! ¿Quién carajos le dijo que podía hablar! ¿Quiere alguno de ustedes decir algo? ¿Quién es el capitán del equipo?
Capitán Peruano - …Soy… Soy yo…
General – Usted es el capitán de un equipo de fútbol, ¡yo soy el general de un ejército! ¿Se entendió! He dicho si se entendió. ¿Acaso no hablan español en el Perú la putísima madre!
Equipo peruano - ¡Sí, señor!
General – Puedo percibir que no son tan idiotas y que comprenden lo que se les está diciendo. Si no me vuelven a joder, proseguiré… Caballeros, el Perú debe darse por satisfecho por haber participado de una Copa de Fútbol en un país digno como el nuestro. Aquí, señores, no nos estamos jugando tan sólo la suerte de una pelota, sino el futuro de un país, y con él, el de muchos otros de la región. Por eso mismo, y sabiendo que este partido debe ser ganado, ¿qué será de ustedes si resultaran indignos visitantes?... ¿Qué carajo irán a hacer entonces al salir a la cancha? Usted, Director Técnico, deme una pelota...
Director Técnico - ¿De fútbol?
General - ¿Usted que piensa, que quiero verle las pelotas infelices suyas? ¡Claro que le estoy pidiendo una puta pelota de fútbol!
Capitán Peruano – Acá tengo una. Aquí tiene, general.
General – Muy bien, veo que ya reconoce mi rango capitancito…. ¡Soldados, aquí conmigo! ¿Ven esta pelota de mierda? Muy bien, quiero que la fusilen en esta pared. Porque esta pelota es peruana y no piensa, pero los pelotudos estos, si piensan un poco, no querrán verse reventar el cuero del mismo modo.


Ese partido lo perdió Perú 6 a 0. Luego hubo otros partidos más. La Argentina ganó muchos en la cancha y terminó ganando el Mundial, y sin Maradona...

Madrid, 2011
Avgvstinvs Eliyahu

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