mayo 09, 2011

Lunea

El amor de mi vida
A las mujeres que me amaron
y a las que hice feliz,
aunque sea por un instante.

A mi madre,
La primer mujer que me amó y amé.

“Un poeta hace que la realidad
cumpla sus fantasías”.

Adentrándose


Un hombre puede tener muchas aspiraciones y sueños en la vida. Aunque si se los analiza con precisión podrá verse claramente que todas esas metas tienen una connotación sexual, o en término endulzado, afectiva. Todos los logros que se puedan conseguir tendrán sentido a la luz de la mirada de una mujer, de aquella por la cual se hacen todas las cosas, por la cual uno respira esperando sentir que su perfume acose nuestros pulmones.
         Que sí, aquí comienza una exposición feminista, porque todo lo que diré es desde un hombre que de machista no tiene nada al descubrir que las mujeres son mucho más hermosas que él y que sin ellas, si el mundo fuese verdaderamente machista, es decir, habitado solamente por machos, les aseguro se iría a otra parte. Y si por el contrario, existiese un mundo habitado sólo por mujeres rogaría me dejaran entrar aclarándoles que nada debieran de temer por mi presencia porque lo único que haría es protegerlas, y si me dejaran, amarlas a todas.
         De todas maneras, lo que yo quiero es contarles cómo hice para encontrar a la mujer de mi vida. Después de buscar por todas partes y de interiorizarme profundamente en la mujer, en su alma y en su cuerpo, y pude descubrir cuál de todas tiene tantos rasgos de Dulcinea que me ha hecho sentir finalmente Don Quijote. Porque descubrí un gesto femenino que sólo acontece cuando la mujer está completamente enamorada de un hombre, y porque ese detalle preciso puede enseñarle a uno a la perfección si es o no la mujer que tiene en sus brazos la que debe abrazar por el resto de su vida.
Esto no ha sido fácil y es por eso que quiero dejar mi testimonio como fiel reflejo de lo complicado que resulta hallar tan preciosa y preciada mujer. Porque no ha sido sencillo, porque no ha sido rápido, y porque muchos aún no creen poder encontrarla ni me creen que yo lo haya hecho.
         Sin pretender creerme que soy el hombre que más sabe de mujeres les contaré a continuación historias de alguien que se dedicó plenamente a la búsqueda de su Dulcinea, quizá con la mayor convicción de entre todos los enamorados. Y si no soy quien sabe más sobre el asunto, lamentablemente, Miguel de Cervantes ya no está para orientarnos. Confíen un poco en mí, al menos, por ser poeta.
        
Tierras de Adrogué, 2002
Avgvstinvs Eliyahu
¡Ay mujer!
A mis diecisiete años, un domingo por la tarde, salí desesperadamente a buscar la mujer de mi vida por las calles de las Tierras de Adrogué. Les aseguro que esa era mi pretensión. Ya me creía preparado para amar seriamente y no tenía interés alguno en perder tiempo con ninguna impostora. Lo que yo quería era besar desde ese día los labios que acosaría hasta mi último suspiro en este mundo. Nunca había entendido esos consejos malintencionados, que siempre decían aquellos que fanfarroneaban mayor experiencia en el asunto, en cuanto a que primero había que jugar con las mujeres en la juventud para luego recién tratarlas con seriedad cuando uno ya no tendría demasiada escapatoria. Comprendí rápidamente que para ellos la búsqueda del amor de sus vidas no era más que un juego, para mí, era cuestión de vida o muerte, con ella viviría, sin ella moriría de agonía.
         Caminé varias horas escondiéndome entre los árboles esperando la aparición de aquella mujer que le imploraba al destino la enfrentara en mi camino. Cerré los ojos al llegar a una esquina y pedí que al abrirlos viera a mi sueño prontamente concretado. Levanté suavemente los párpados y me asusté al verme enfrentado con una chica de unos quince años, de tez pálida y cabello muy oscuro, que me miró algo asustadiza sin comprender mi sensación de sorpresa y expresión de examinador atento de cada uno de sus rasgos.

- Tu dulzura me confunde y temo que se inunde este enamorado corazón que ha perdido la razón. Deseo tanto besarte y luego decirte... ¡Qué bella eres, mujer!...

         Es cierto que pretendía robarle un beso, pero la chica huyó corriendo como si el delito anhelado mío fuera el de quitarle las ropas, dejándome con los labios besando su perfume de abandono. Quizá me había apresurado porque no llegó a conocerme lo suficiente como para aceptar que la besara. ¿Cómo explicarle a ella que necesitaba probar el sabor de sus labios porque de esa manera yo sabría si era o no la mujer de mi vida?
         Me senté en el cordón de la vereda apenado por no haber sabido impresionar como corresponde a una mujer. Triste por mi decepción no pude oír los pasos de otra que distraídamente caminaba detrás de mí. El sonido inconfundible de unos tacos me hizo imaginar que mágicamente aparecía real mi sueño. Sin voltearme para no verla todavía, confiando en el destino hablé con mis espaldas...

- Este idioma ya no alcanza, no hay palabras que me sirvan, ni hay frases que me ayuden, si representar la altura de mi amor yo quiero. Mi mirada no ve nada, sólo ve a mi amada, para ella sólo existe mi mirada.

- Muchas gracias.

- Permíteme mujer contarte lo que siente mi corazón, permíteme observarte, con éste acercamiento cortés no haré más que admirarte.

- Claro que podés verme, ¡enamorado!

- (Volteándome ligeramente a la vez que incorporándome de pie, encontrándome frente a una bella mujer en sus treinta, edad que considero comienza su esplendor).  Tus cabellos libres, suaves como la seda me dejan más de una noche en vela, tu mirada penetrante, transparencia abundante, con tu sonrisa que fascina por ser dulce y divina, tu cuerpo armonioso me pone celoso…

- Sigue que lo estoy disfrutando...

- Hace poco que te vi, qué belleza descubrí, aunque siempre te sentí y ahora te quiero para mí. ¡Qué mujer hermosa, mucho más que una rosa, natural es ella, las demás flores dicen que tú eres la más bella!

- ¡Precioso! Ojalá mi marido me dijera esas cosas.

- ¿Tu marido! ¿Estás casada!

- Que sí, felizmente casada aunque no con un poeta. Espero que la criatura que lleve en el vientre, si es mujer, te encuentre más adelante en el tiempo de su vida para que le hables del mismo modo que me has hablado a mí.

Me besó una mejilla, no recuerdo cual, me guiñó un ojo, no importa tampoco cual, y se fue sonriendo. Me quedé persiguiendo con mi mirada su distanciamiento por la extensa vereda que ya sumaba dos mujeres que perdía. Sentí celos por ese hombre que ya la había conquistado y hasta por esa criatura que no sería mía y de esa mujer que hubiese querido invadiera mi vida. Decidí regresar a mi castillo porque a pesar de mi fracaso en ese primer día de búsqueda había comprendido un poco más qué era lo que estaba buscando, la vida misma en la mirada de una mujer.
         Nuevamente en la locura de mi castillo, porque no había más que fantasmas de mujeres que corrían por las habitaciones, decidí rendirle cuentas a la primera mujer en la vida de todo hombre, la madre de uno.  La llamé y la invité a que compartiera un té conmigo en el jardín.

- Quiero madre mía, que como mujer y alma mía, me digas si a la mujer algo conozco en mi corta vida. Que me escuches y que luego me digas si estoy cerca o bien lejos de esa criatura femenina que deseo amar desde este día.

- Dime hijo mío.

- (Cerrando los ojos). ¡Ay mujer! Es quizá el amor más difícil de explicar. La mujer por el sólo hecho de existir su fuerza es tal que justifica cualquier otra existencia. Además, son quienes provocan la vida misma. Es la mujer el ser más hermoso que hay en la tierra. Es la bendición más perfecta que Dios nos da. La mujer suscita la exaltación hasta el infinito de todos nuestros sentidos. Enloquece nuestro equilibrio. Atormenta nuestra tranquilidad y no por nada. Es así porque estéticamente es la forma más preciosa que embellece el mundo, el perfume más hermoso que rodea el ambiente, el gusto más sabroso, el sonido más perfecto en su voz y la textura más suave que pueda encontrarse. Porque interiormente la mujer tiene la palabra justa, la sonrisa encantadora, sus consejos poco apresurados, sus caricias comprensivas, su tranquilidad y apoyo, su instinto materno.

- Nosotros obligaríamos a Sófocles a reescribir su historia, con verdadero amor de madre a hijo.

Querer es estremecerse
Tiempo después de aquella primera experiencia encarando las distintas mujeres que se me cruzaban por el camino, siempre con la intacta ilusión de hallar finalmente aquella que fuera la definitiva, recuerdo una noche en un boliche de Buenos Ayres al que fui con unos amigos y que no dejamos de chamuyar a ninguna de las chicas del lugar. 
        Una morocha que ostentaba una personalidad avasalladora miraba con indiferencia a todos los que como yo exigían a su cerebro y corazón buenas estrategias para acercarse con estilo. A pesar que esquivó varias veces mis intenciones de enfrentar nuestras miradas fui hasta donde estaba ella, lentamente aunque muy decidido. 

- Nos hemos visto, creo que tú no me viste aunque yo sí te vi, será por este sentimiento mixto, pretender saber, querer conocer, será por eso que insisto.

- ¿Qué cosa!

- Qué difícil contradicción tu poder de seducción, pues no aparenta ser tu intención crear en mí tal confusión. Qué podré hacer, si quiero buscarte y no sé si encontrarte, si quiero acariciarte pero jamás molestarte, estar junto a vos aunque tan sólo si lo estamos los dos.

         Llegó quien sería el novio y se la llevó; me la quitó. A unos metros del vacío que dejara esa hermosa chica otra no menos atractiva sonreía por la escena que involuntariamente había presenciado. Levantó las manos como quien hace un gesto de resignación y que dice algo así como “qué le vamos a hacer”, gesto que para mí no fue otra cosa que una invitación. Entonces sin dudarlo me le acerqué.

- Una mujer es aquella a quien observo detenidamente bajo este sentimiento, pues es toda inspiración, aquella sonrisa contagiosa, graciosa; aquellos ojos tan hermosos, tan bellos; aquellos que la miran pobres pues no los mira.

- ¿La misma táctica?, ¿mismas palabras?

-  Debe estar llena de vida pues sólo veo alegría, debe estar llena de amor pues no  lograría entenderse que un ser tan hermoso carezca amor y algo tan puro perderse. Proclamo su distinción y al intentar conocerla pido en mis palabras toda la perfección, por no ser sencillo me dejaré convencer, es una verdadera mujer.

- No sé si lo mismo le has dicho a la otra chica, pero sospecho que no, porque si alguien alguna vez oyera tan dulces palabras no podría dejar ir a un hombre así.

- (Sin esconder ni mi asombro ni mi felicidad por lograr seducir por vez primera una mujer con mis palabras la tomé de la mano y luego de besársela la arrastré hacia afuera del lugar) Cuando la noche nos acariciaba apareciste sobre mi duda con tu sonrisa encantada. Es tu naturalidad un arma precisa, es tu espontaneidad una táctica sin prisa, es tu interioridad la que deja mi alma sumisa.

- Improvisa mejor y dime qué es querer, así sabré yo si ese verbo nos ha de poseer.

- Querer es estremecerse, y si estamos juntos parece que amanece.

Así conocí a mi primer amor e indagué infatigablemente besando y mordiendo sus labios si ella era o no la mujer que yo buscaba. Vivimos juntos la aventura que descubre al amor. Tanto aprendí de ella, y tanto le enseñé, que siempre que nos volvamos a ver sentiremos cuánto me amó y yo la amé. Porque si debo recordar etapas de mi vida nada me ayuda más a ubicarme en tiempo y espacio que recordar a mis amores. Con cada una de ellas viví distintos procesos de mi vida que se han iniciado con nuestro primer beso y terminado cuando hemos decidido ser amigos.
Pero un día su ternura pareció limitarse y los rasgos de Dulcinea que buscaba en ella cada vez parecían esconderse más y más. Empezaba a sospechar que con solo besar a una mujer no era suficiente como para discernir con claridad si era o no la que por ella sería capaz de entregar mi vida.
Entonces cité a esa mujer en un café de Buenos Ayres para serle sincero pero sutil, para decirle que no tenía sentido seguir juntos aunque ella había adquirido una porción de mi corazón y por siempre. Es difícil adentrarse en un corazón, aunque imposible salir.

- ¿Qué es lo que tienes que decirme que ya no puedo controlar mis nervios?

- Te he citado aquí, en este lugar que no es mi castillo ni el tuyo, para que me sea más fácil y para que tus lágrimas, si las hay, no dobleguen mi decisión. Ternura mía, he venido para decirte adiós...

- ¿Estás bromeando? (Humedeciéndosele los ojos).

- Pequeña, el viento acariciará tu andar, el sol mimará tu camino, admiraré tu generosidad al dar, será Siempre el destino tu fiel amigo. Las nubes del Cielo perseguirán su silueta ajena, recordaré tu presencia con celo, será siempre en tarde añeja.

- ¡Ya no quiero tu poesía si busca distanciarme y ya no sueña enamorarme.

- Brillantes son las estrellas que admiran tus pupilas en mágica mirada, aceptaré tu belleza entre tantas doncellas, será siempre mi nostalgia anonadada. (Con ella llorando desconsoladamente en mis brazos). Feliz tu sonrisa que colorea tu vida, con mi corazón hecho trizas será siempre alimento en mi vida.

- No me dejes, no me abandones...

- No sea nunca un adiós, por tanto quererte, déjame pedirle a Dios, ¡será Siempre un volver a verte!

Por tus ojos
Volver a sentirme solo fue una experiencia aún más dura que el sentimiento de soledad que vivía en mí antes de conocer a esa primera mujer de mi vida. Sucedía que ya había comprobado, aunque con imprecisiones, que la compañía de una mujer colorea la vida de un hombre.
A mis veinte años, cuando regresaba en tren de Buenos Ayres al pueblo de Tierras de Adrogué, la suerte quiso que me sentara junto a una mujer a fines de los veinte y con dos perlas de ojos escoltando su nariz.

- Por tus ojos yo daría mi mayor aventura, te aseguro que sólo sería para que jamás pierdan travesura.

- ¿Perdón! (Muy sorprendida).

- Por tus ojos arriesgaría lo más oscuro de mi vida si tan sólo consiguiera que tu mirada ilumine esta vida...

- Me siento muy halagada aunque me asusta un poco tu determinación. ¿Acaso no serás un maniático sexual o cosa parecida?

- Tu presencia sensual altera mi latido, no podrás decir casual quitándole al corazón su sentido. Tu seductora belleza hizo que la flor más elegante reconociera en ti la pureza que tan lejos considera de su alcance.

- Me encuentro muy sorprendida aunque a gusto, pero debo bajarme en Lomas de Zamora, en la próxima estación...

- Deseo que me des tu dirección para enviarte una carta, y si estás de acuerdo con lo que diré en ella, me encantaría invitarte a tomar un café, helado o lo que el clima o paladar tuyo sugiera.

     En una servilleta de algún café, donde otro emulador de Romeo probablemente haya intentado de manera parecida a la mía conquistarla, escribió su dirección. Inmediatamente al llegar a mi castillo no demoré en abrazar con mis dedos a mi pluma y escribirle una ansiosa carta para enviársela al día siguiente a primera hora, en cuanto abriera las puertas el correo.

"A la princesa de los ojos de perla de Lomas de Zamora,
¡ay mujer!

         Te encuentro tan distraído corazón mío, cuéntame hacia dónde volando has ido soñando esa mujercita, te has perdido amigo mío, sin querer regresar a mí, con ella te has ido. Cuando la encuentres y estés frente a ella, dile bien cerca, susúrrale al oído, que nunca has visto a alguien tan bella ni siquiera escuchado que en el mundo ha habido.
         No olvides mencionarle lo que sientes, cuando la tienes cerca y sueñas abrazarla, cuando planeas la forma más perfecta de mimarla, cuando la recuerdas tan bien que hasta podrías tocarla, amigo, dile todo lo que sientes.
         Buscaré tan sólo ofrecerte la más desbordada pasión, en mis ganas de tenerte ofrezco enamorado corazón. Qué haré para que aceptes mi más sincera entrega de amor, que sujetes mi corazón y no lo sueltes para que sientas el latir de su ardor. Con su fuerza pretendo te acerque evitando jamás exista dolor, esperando en mis manos el tuyo dejes y así vivir con tu amor.
         Tan sólo podré darte todo sea para ti, mis ansias locas de amarte, todo el amor que hay en mí".

         Dos días después nos encontramos en un café de sus tierras. Bastó con que no fuese el del nombre que había visto impreso en la servilleta. No quería llevarla al mismo sitio donde supuse había sido cortejada por otro.

- ¿Cómo te encuentras?

- Algo confundida. Realmente estoy encantada con tu carta pero la diferencia de edad creo que me atormenta. ¿Qué edad tenés?

- La edad suficiente para comprender qué significa amar. No pierdas el tiempo calculando superficialidades y no esquives mi mirada, tan sólo mírame... Si la tristeza me gobierna, si la alegría me evade, pido a tu mirada tierna no me deje, sí me salve.

- ¿Qué buscás en mí?

- Si la vida quisiera contarme algún secreto de la naturaleza quisiera tan sólo enterarme si sabré contemplar tu belleza. (Mostrándose indefensa la besé suavemente y se quedó mirándome perpleja sin poder tomar ninguna decisión o manifestar reacción).

- ¿Qué fue besarme?

- Felizmente te besé tus labios de frescura, en simpática travesura, pues otro beso te daré. (Quise volver a besarla pero me detuvo apoyando sus brazos en mi pecho).

- ¿Cómo puedo saber que todo esto no es un engaño?

- ¡Mírame estos ojos y dime si te miento!

- Tengo miedo de mirarte.

- Si tu mirada se acerca a la mía, sin ser cobarde no se retira, que me ceda la ocasión en que le diga, ¡tu belleza es llama viva encendida!

- Creo que mi miedo no es por que yo sea más grande, ahora entiendo que soy mucho más chica, me atemoriza el amor.


Riesgo de enamorarme

En la Plaza de Mayo dejaba que el sol calentara mi corazón y a la vez le permití que iluminase una chica tan rubia y sensual que parecía hija de la estrella del calor. Ella también estaba cocinándose en un banco enfrentado al que yo ocupaba. Eran bastante largos y bien se podían compartir, el asunto era que no había razón alguna para que yo abandonara el mío y me dirigiera hacia el de ella, pero como nunca me interesó ocultar mis intenciones fui hasta donde ella estaba y me le senté a su lado.

- ¿Cómo encontrar una mujer en mi tempestad ansiosa de querer hallar aunque sea donde buscar el femenino sueño que sea verdad? ¿Cómo escaparle a la trivialidad que su sonrisa no sea un simple reflejo de un ensayo frente al espejo sino el acto complejo de la felicidad?

- ¿Algo más?

- Sí, quiero en ella toda la locura de jurar hasta la muerte no vivir más si no es tenerte, pues sin ti no hay vida alguna.

- Entonces alguien ya te ha hablado de mí.

- Ten cuidado imprudente corazón con esa pequeña mujer que bien puede saber descubrir la fragilidad de tu pasión. Manténgase despierta ausente razón cuando su mirada busca desorientarme hallando la manera de conquistarme, desnudando mi oculta ilusión.

- ¿Te dedicás a seducir mujeres?

- La vida es la conquista de una mujer.

- ¿No sería mejor enamorarla?

- ¿Estás segura que querés que me enamore?

- Habría que ver si sabés qué es enamorarse.

- Enamorarse... es sentir la desesperada necesidad de mirarse tierna y eternamente con quien provoca esa pasión.

- Trabajo en una florería, en el barrio de Congreso, si me pasas a buscar mañana, sólo si quieres intentar conquistarme y yo dejar enamorarme… y puede que te regale una planta, flores me las regalarás vos.

         No sé si desperté temprano o estuve la noche entera conversando con la luna para que juntos convenciéramos al sol que se apurara en llegar porque quería volver a verla pronto, enseguida, urgente.
         La encontré trabajando, confundiéndose entre tantas flores. Me quedé observándola antes de aparecer en escena. Un hombre no debe llegar apresurado, debe presentarse tranquilo, con la certeza que siempre lo están esperando.

- Yo nací en el invierno para buscar el sol, yo nací con el frío generando mi calor. Amo el sol de invierno porque su timidez lo hace tierno y delicado como la caricia de un afecto lejano.

- Yo nací en la primavera…

- Yo desperté en primavera seducido por el perfume de las flores, yo desperté enamorado queriendo besar a todas las mujeres.

- ¡Poeta, huele en mí la primavera!

- Amo el aroma de primavera porque su efecto me  provoca de tal manera y sensualidad
como mi nombre en labios de mujer.

- Deja que susurre tu nombre al oído.

- Yo me enamoré en el verano bajo el refresco de la luna, yo me enamoré locamente de todos mis amores demasiado. Amo la noche de verano porque no refresca y puedo seguir desnudo sintiendo a mi lado el amor de una mujer como el sudor santificado que cuida mi dolor.

- ¿Qué haremos con el otoño?

- Yo envejecí en el otoño sin entender la muerte de las hojas, yo envejecí sin mis flores lloviendo en mis cruciales horas. Amo la soledad de otoño porque me da tiempo a despedirme del odio y traicionera angustia como sabiendo que en el invierno he de renacer.

- Aquí está tu planta, ella será la que le de vida a nuestra unión.

         O bien había terminado su horario de trabajo o bien había renunciado en ese instante. No la juzgué, me refiero a que al irse se llevó consigo una hermandad de flores.
         La llevé a mi castillo tras un viaje en complicidad y silencio y se instaló plantando sus flores en mi jardín. La planta que me dio la dejó al costado de la cama como si la naturaleza fuera la encargada de juzgar a nuestro amor.
         Los días pasaron, y mientras las flores del jardín intentaban alcanzar nuestra alcoba como queriendo unirse al amor, la pasión de nuestros corazones pareció debilitarse. Yo lo noté el día que nuestra planta perdió su fuerza y belleza. Ese día le pedí que se marchara.

- Se va extinguiendo tu contradictorio recuerdo que con vida engañaba tu ausencia haciéndome conocer en mí la inocencia de querer encontrarte en mi lugar cuando no puedo.

- Aún estoy a tu lado.

- Si el sentimiento dictamina nuestra historia, el mío es que si tu planta muere será inútil que yo espere más tiempo si se marchita tu rastro, quiero guardarte profundamente en mi memoria.

- ¡Estamos a tiempo de salvarla, de salvarnos!

- Has dejado que vea la vida morir, con tu planta que sentía mía haciéndola nuestra, o fue por querer dejar una última muestra que por no haberles regado en abundancia ocasioné que lo nuestro resultara tan débil seguir.

- ¡Todas las parejas sufren o quizá jamás logren la felicidad de las flores!

- Volvería la primavera para esos locos y verían un nuevo florecer si tan sólo ambos pudieran vencer el orgullo de sus palabras invernales que sólo incitan al otoño los deje caer, ¡aquellos corazones caprichosos que niegan el amor que han sentido pocos!

- La distancia nos habrá perdido. Pronto olvidarás lo que has sentido. Quizá nunca tal vez pienses en aquello que no fue y pudo haber sido.
 

Latidos alterados


Hasta aquí muchos podrán criticarme porque ya he abandonado a dos mujeres sin fundamentarlo demasiado, no por no quererlo, conscientemente por no saberlo. Y como sé que siempre las historias románticas ajenas resultan exageradas, a continuación hablaré de algunas derrotas pero sin dejar de soñar con Dulcinea.
         En la Universidad, no me pregunten qué estaba estudiando en ese momento porque las planillas de inscripción a las diversas facultades siempre fue inducida por el perfume más atractivo de alguna mujer que se encontrara en las filas para entregar las solicitudes. En un aula donde siempre esperaba sentarme cerca de una pelirroja exuberante de ojos tan azules que ninguna representación de una vampiresa la haya superado, un viernes inspirado la encaré.

-Quisiera preguntarte, ¿a qué se debe tu fatal indiferencia esquivando mi mirada como si en mí no hubiera nada que despierte tu interés por mi presencia?

- Estoy en clase, comportate.


- Lo que yo voy a decirte es más importante que lo que te dirá el profesor. ¿Cómo has logrado tal delicadeza que no creo haber visto alguna otra mujer ni escuchado acerca de un ser que reúna en sí tanta belleza?

- Esto no es un boliche, flaco.

- Dime si he de quedarme o partir pero no antes de dejarme expresar cuánto de mí te quiero dar, sin límite alguno, todo mi sentir.

- Tengo novio.

- Me interesa por tu bien que me cuentes acerca de él y me dejes conocer aquel que dice amarte también. ¿Qué tan bueno es contigo?, imagino sus esfuerzos por destruir aquellos besos que de mi corazón aún no has recibido.

- No me besarás.

- Cuéntame de aquel impostor que dice amarte con sinceridad cuando la pura verdad es que sólo es buen actor. Cuéntale de mí a ese individuo, pregúntale si se atreve a comparar cuánto el corazón está dispuesto a dar que te aseguro, huirá destruido.

- ¿Debo elegir entre él y vos?, ¿qué coche tenés?

- Un buen poema de amor no es el que conquista a una colegiala sino el que enamora a una prostituta.
  
      Haciendo memoria creo que esa fue una de las causas por las cuales di por terminada la carrera que cursaba en ese momento. Allí no había chicas sensibles sino calculadoras. Demoré no más de una semana en anotarme en un taller de teatro. No me convencieron las actividades a desarrollar sino la feminidad exquisita de la profesora. No estaba seguro de cuánto podía aprender sobre el escenario pero de lo que estaba seguro era de lo mucho que yo le enseñaría si la tuviera sobre el mío, en mi lecho de vino y caricias.
A la cuarta clase esperé que se retiraran todos los alumnos.

- Mi fiel corazón intentará explicarte ocultando la duda estimulada por tu culpa, qué debe hacer en adelante.

- ¿Qué sugerís?

- Locamente se debate entre dos teorías, la falsaria actuación o la verdadera ilusión, aunque sin embargo admite que ambas amaría. Pues, si fueras mentira, te suplica no le digas la verdad y simules la ternura que le das o nunca más en la dulzura creería. Y si fueras verdad, te pide la mentira para no alterar tu vida siendo él quien te proteja de la soledad.

- No querré hacerte perder tiempo ni ilusionarte. Pero a mí me gustan las mujeres.

- No he podido si no me has dejado.

- No es tan grave. No te sientas rechazado como hombre porque a ustedes no los miro. Que tu orgullo quede intacto. Pero dime, como amigos, ¿qué tan solo te sentís con tu poesía?

- De mi soledad no puedo hablar con ligereza porque la mía señora Dulcinea me acompaña noche y día, por amarla yo toda la vida. Además debo confesar que mi espíritu solitario muere con cada palabra tierna que su corazón le dedica al mío, con cada suspiro escondido que su alma piensa en la mía, con cada estremecimiento reprimido que su cuerpo busca en el mío.

- ¡Ay de esa mujer que llamés Dulcinea! ¡Cuánto la amás sin tenerla, y cuánto la amarás cuando por fin la veas!

- De nuestro amor no puedo hablar si ella no está presente porque podrían suscitarle celos desmedidos, y tal como es exagerada su bondad lo son sus agresivas ansias por ser la única mujer por mí amada. Y aunque haya jurado por su fermosura que nunca se vería defraudada es mejor que la sospecha se vea desterrada.

- ¿Estás convencido que ella existe?

- Sucede que me encuentro profundamente enamorado de una mujer por la cual daría una eterna vida mía por que tan sólo ella viva diez segundos más frente a una muerte certera.

- Tu convicción en el amor, y el amor de tu convicción, la encontrará.

Rehenes del tiempo


¿Dónde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar?, ¿dónde se encuentra mi vida?, sería lo mismo preguntar. Aunque parezca tenerlo todo te aseguro no tener nada cuando me siento solo y mi vida abandonada. Si existiera una mujer que realmente amara no lo estético de mi ser sino el interior de la fachada, finalmente mi alma angustiada sentiría florecer como un ave liberada.
         La mujer que yo buscaba debía coincidir en tiempo y espacio con mis circunstancias. ¿Debía ir a buscarla o mejor sería esperarla? Después de tantas mujeres que pasaron por mi vida esta noche entiendo que ninguna ha sido hecha a mi medida. Quién sabe cuántas más me esperan en la esquina simulando ser aquella tantas veces prometida. Ya no sé si iré a buscarla con el sol de  la mañana, puede que sea aún mejor dejar pasar los días solo en mi cama. Después de tantas mujeres que pasaron por mi vida terminaré creyendo que todas no son más que sombras de mi preferida.
Así es como entonces sin llamarla dejaré abiertas las puertas heridas de mi corazón y castillo, que son cosa parecida, para esperar que venga sola la mujer de mi vida.
         Y golpearon la puerta.

- ¿Quién es?

- El amor de tu vida.

- (Abriendo la puerta con la velocidad del preso que recobra su libertad) ¡Estaba esperándote!

- ¿A una encuestadora? (Una morocha con segura ascendencia india y con los rasgos cuidados de la obra final de la búsqueda artística de toda una civilización).

- ¡No! Al amor de mi vida. (Invitándola a pasar).

- Ni siquiera sabes mi nombre.

- Bien podría simular que eres Dulcinea y sólo aventurar un horizonte donde siendo Don Quijote amarte con locura donde sea. O quizá te llame Julieta y libere mi deseo de poder ser tu Romeo adorándote de la manera más perfecta.

- ¿Y si no soy ninguna de ellas?

- También podría darte libertad y estremecer tu particular ilusión de ser amada respetando las verdades con las que tienes mi vida encantada liberando a mi corazón que te ha nombrado mi mujer.

-Muy pronto para tales palabras y demasiadas exageraciones.

- Quiero demostrarte que no exagero. Esta noche, si te atreves, nos vamos a Pinamar unos días.

- ¿Por qué debiera aceptarte la invitación?

- A nadie he mirado de ésta manera, y a nadie podría mirar así aunque quisiera. Si se pretende alguna vez intentar el mundo embellecer se debería buscar en tu ser las pautas que rigen la sencillez. Si tu sincero movimiento recorriera mis tinieblas estoy seguro encendería mis quimeras que arden cada vez que siento.

       Unas horas más tarde estábamos en mi carruaje viajando hacia la costa, escuchando música clásica y dándonos a conocer. Por momentos se me hacía familiar la conversación y por momentos no sabía quién era esa aventurera que había aceptado ser secuestrada por un desconocido.
En una cabaña frente al mar.

- Puede ser mi pequeña que yo lo he permitido, aunque de no haberlo querido cómo haber impedido que mi corazón haya elegido a tu belleza como dueña.

- Nadie posee al otro, el amor es nuestro único dueño.

- Si ambos nos amamos, el amor nos amará.

- ¿Qué color de vestido quieres que luzca esta noche?

- Me gustaría verte de amarillo porque nada opaca de tu mirada el brillo; me gustaría verte de rojo disimulando con tus ropas el enojo; me gustaría verte de gris porque pareces feliz; me gustaría verte de negro provocando mi conquista con esmero; me gustaría verte de blanco porque ocultas todo el espanto; me gustaría verte de rosa impidiendo que veo otra cosa; me gustarías más de transparente o ya desnuda para amarte locamente.

 

- El sexo es un placer que nos lo han ocultado porque muchos reprimidos no lo han disfrutado.

        
        E invitamos al amor. Desnudamos no sólo nuestros cuerpos sino también nuestros misterios. Aunque lamentablemente no pude hacerle entender a ella que mi búsqueda tenía una profundidad mayor que la de su vientre.
         La dejé sola por la noche porque necesitaba sentirme solo sin estar acompañado. Caminé por la playa y me reencontré con la luna como nunca antes. Siempre estuve enamorado de ella y juzgué al corazón de los demás hombres basándome en cuántas horas le habían dedicado a ella.
         Mirándola y extendiendo mis brazos como esperando su descenso le hablé.

- Esta noche saldré con usted luna, no quiero otra mujer, olvidemos el amanecer, ¡ay luna, si aceptaras mi querer! No estoy eligiéndote al azar cuando deseo estar contigo, algo dentro de mi ayuda en lo que digo, tan lejano a curiosear. Cuando todos miran hacia abajo yo te miro allí arriba; cuando todos duermen en la oscuridad me gusta reconocerme en tu luz; cuando todos leen lo mundano yo en el suelo escribo que te amo.


El tango de una mujer

Si existe una manera tremendamente eficaz para atraer al amor es bailando el tango. La sensualidad acompaña todos los movimientos de la pareja y nunca se pierde el atrevimiento de mirarse a los ojos con arrebato.
         En una milonga de esa creación tan porteña conocí a una mujer mayor que resultó ser un espejo femenino de mi desesperación por encontrar el amor de mi vida.

- ¿Usted encontró al amor? (Mientras bailábamos).

 

- El tiempo se empecina en provocarnos ánimo en la triste deriva al aferrarnos al abandonado recuerdo que creemos ya no poder darle vida.


- Eso quiere decir que vivió un amor.

- Sólo somos cuando vivimos en el corazón de otra persona. Todo aquello que no conduce o se relaciona con el amor es solamente una excusa para vivir sin hacerlo verdaderamente. (Sonriéndome pícaramente).

- Si un hombre modifica su derrotero para llegar al puerto donde unos brazos de mujer lo esperan, no hará otra cosa que corregir su rumbo.

- Un sabio corazón es más poderoso que un cerebro preciso.

- La distinción está en amar.

- Amar puede cualquiera, animarse es el vértigo que desorienta a aquel que sólo espera.

- ¿Entonces, usted, amó como se debe?

- El tiempo no quiso amarme. Ese enamorado de las ausencias, arquitecto de soledades, cegándonos en la prisión de nuestros miedos, custodiada por fantasmas de propias ideas vacías.

- La ternura debería advertirle que frente al amor ha de perder, al detener el tiempo liberaré el infinito, te quiero hoy al igual que ayer.

- Todas las noches le hablo al fantasma de mi marido, quien me ha dejado... (perdiendo su mirada en el suelo, en el diálogo de nuestros pies). No sé si decirte adiós o mejor hasta luego, no verte más o confesar cuanto te quiero. No sé si despedirme con el vuelo de un beso que te acerque a mí y diga que te espero. No sé si no lo sé o sé que sí lo sé, que si tanto te amé, mucho más te amaré. ¡Ay, soledad!

- Aunque sea fea la noche sin luna, no lo es tanto el día sin luz, si por cada mujer hay una poesía crucificada en una cruz.

- El universo, todo, transcurre en tus pupilas.


Enamoremos la ciudad

Decidí marcharme nuevamente. Ya lo había hecho en otras ocasiones que el destino me negaba encontrar finalmente la mujer de mis sueños. Fijé como derrotero España, las tierras de Cervantes donde debiera vivir Dulcinea, y la luna de Valencia que bien tendría que ayudarme a enamorar y enamorarme.
         Fui hasta Buenos Ayres por última vez, enfadado, queriendo demostrarle a las tierras donde las mujeres me habían hecho perder tiempo que me iba a otro lugar donde quizá me dieran lo que nunca había recibido.
         Me perdí en un café y liberé a mi mirada. Había muchas chicas, mujeres, señoras, tantas que por un momento pensé que ese era un lugar donde quizá no debieran ingresar los hombres. La busqué a mi profesora de teatro para confirmar aquella ocurrencia pero no la encontré. Entonces lo consideré un juego del destino para intentar elegir entre tantas cuál era la que más se asemejaba a la mujer que llamaban los latidos de mi corazón desde hacía varios años. Les recuerdo que ya había conseguido, falto de todo mérito, cumplir pocas primaveras sin un amor verdadero. Pobre de aquél que considere que esos no son muchos años porque todo tiempo hay que medirlo con el corazón que lo sufre.
         De pronto, mientras recorría las miradas de las presentes, ingresó al lugar una mujer que parecía jamás haber oído siquiera la historia mía y la de Dulcinea, o bien como si la luna ya la hubiese aburrido después de tantas noches de conversar con ella. Porque sus rasgos eran tan afines a mis sueños, porque su presencia desbordaba mis pasiones, tanto que temí se sentara cerca de mí porque esta vez la desinhibición no la superaría. Esta vez no era un simulacro.
         La bella mujer pasó cerca de mi mesa como burlándose de mi confusión y quietud anonadada de mis músculos, dejándome adicto desde el primer instante de su perfume, y desnudándome con su mirada temiendo que ruborizaría a mi alma.
          Como si la tecnología surgiera del demonio sonó un teléfono celular que ella tenía consigo y antes de poder ordenarle algo al camarero salió rápidamente del café, sin darme tiempo a reaccionar, sin su agenda, abandonándola sobre la mesa más feliz de la tierra. Desperté de mi adormecimiento de suspiros y corrí hasta la mesa para que por medio de mis manos recuperara eso que para ellas es tan importante. Pero el camarero se anticipó y estuvo por quitarme el protagonismo si no fuera por mi actitud competitiva de quitársela de sus manos entrometidas. Salí corriendo a la calle y la ciudad la había hecho desaparecer. Corrí en varias direcciones como un loco, uno bien enamorado, y la angustia me volvió a paralizar en una esquina, de la misma manera que lo habían hecho los suspiros hace unos instantes. Del miedo a haberla encontrado pasé al miedo de haberla perdido.
         Abrí la agenda y en la primera página estaba su dirección y una petición de devolverle su pertenencia para quien la hallara perdida.
         Esa noche le escribí.
                  
"A la princesa que tiene algo de Luna y algo de Dulcinea,
¡ay mujer!

Anoche, cuando todo dormía en mi castillo, alisté mi caballo y fui hasta el tuyo. Cabalgaba mi corazón con una destreza inusitada. Confié en él porque juró que podía perseguir tu perfume orientándose con cada uno de los suspiros que aseguró le gobernaban.
Al llegar a tu refugio trepé por las ramas de un árbol para alcanzar tu alcoba. Como si entrase en una cristalería poética calmé cada uno de mis deseos para no interrumpir tu entrega romántica al sueño. Murmuré a tu lado varias veces mi nombre obligándote a que pensaras en mí. Tenía la esperanza que cuando despertaras me sintieras, de la misma manera, que yo lo hago cada reencuentro con el sol y en las noches que salgo a buscarte".
        
         La ansiedad que me invadió era tan grande que quise llamarla para saber si había recibido mi carta antes de haberla todavía enviado. Estaba completamente desesperado por saber su respuesta, si era o no la mujer de mi vida.
         Fui personalmente hasta su castillo y dejé la carta en el buzón por la madrugada. A la noche volví hasta donde se ubicaba su refugió y la llamé desde la zona.

- Hola, ¿quién habla?

- El destino. (Dije muy convencido).

- Quien me acecha. ¿Te conozco?

- Aunque haya pasado muchas veces cerca o jamás dirigido hacia tu puerta, haya soñado varias veces tu silueta o nunca haber logrado crear tu exacta anatomía. Aunque haya llorado mientras vos sonreías o celebrado cuando sentías que morías, haya escrito una poesía en tu mayor día de agonía o vos jurándole amor a un cualquiera la noche que por no tenerte me ganó la borrachera. Aunque haya aún distante a nuestro encuentro o refugies tu belleza de mi locura, haya desperdiciado besos en tus fantasmas o vos rezando te rescate el día que te asomaste al balcón desesperanzada. De todos modos, sé que no somos dos extraños.

- Creo haber soñado tu voz...

- Después de ver muchas veces la mujer que no quería ver; después de hacer muchas veces lo que no quería hacer; después de estar muchas veces donde no quería estar; hoy me encuentro feliz pensándome contigo, con ganas de besarte, y enamorando tu hermoso corazón.

- ¿Quién habla?, ¿quién es el responsable de este inusual nerviosismo en mí?

- Soy quien tiene tu agenda y quiero devolvértela, aunque sólo si me devuelves el corazón permitiéndome volver a verte. Estoy hablándote desde un teléfono del café de tu esquina, allí te espero. Y no te arregles, te pido solamente que traigas tus ojos.

         La esperé de pie en la puerta de ingreso del escenario que el destino nos tenía preparado. La tomé de la mano y la obligué a acompañarme a una mesa que se encontraba solitaria, alumbrada por una luz muy tenue que agasajaba a la intimidad.
         Sorprendiéndome antes que yo dijese una sola palabra me quitó su agenda de mis manos y luego, mirándome desafiante preguntó.

- Si quieres que acepte tomar algo con vos deberás definir a la belleza. Si no lo hacés bien no creeré que sos un poeta que pueda seducir a mi corazón.

- La belleza es aquello de esencia divina que se manifiesta en la Tierra.

- Esa definición es mía, aunque la he escrito un día en la arena, en Pinamar y la luna fue la única testigo.

- No te asustes, sucede que tus ojos me recuerdan a Dulcinea, quien su belleza acaricia la emoción que ahora temo sentir en cada ocasión y escena en que mi corazón te vea.

- No sé cuánto tiempo más pueda soportar esta distancia de tu boca a la mía.

- Me gustaría ofuscarte y que te portes mal conmigo recorriendo la sensualidad nocturna donde es sonámbulo el amor cortejado por el deseo mío. (Saliendo del café tomados de la mano y sin que ningún camarero se entrometiera esta vez).

-  Que nos persiga la luna e ilumine nuestra escena por las calles teatrales que juntos embelleceremos sin importar que nadie nos vea. (Señalando el cielo divertida).

- Lo que yo quiero es conquistar la estela de la estrella y musa seductora que bendice nuestros besos y me incita a que por ti yo muera.

- Desnudemos a la mentira y digámonos verdades acosando a nuestros miedos con las ansias más carnales de sentir en la piel un aroma a deidades.

- Te quiero... amarte... Si tan rápido te quiero lentamente te amaré, si despacio he de besarte velozmente te enamoraré. Si algún día quieres tú también a mí amarme, si en la noche me lo dices tú sabrás como embriagarme. Te quiero... amarte... amarte quiero...

- ¡Si te quiero porque quiero desde hoy poder amarte!

         Sin desear, ninguno de los dos, perder más tiempo que aquel que nos privó de estar juntos, la secuestré, sin que ella ofreciera ninguna resistencia, a mi castillo. Prosiguiendo con un comportamiento enteramente animal, que ella avalaba, la acomodé en mi cama y no fue necesario que la desnudara, porque mientras me quitaba la ropa ella hizo lo propio. De más está decir que toda su piel fue desgastada por mi lengua, cuando lo más importante fue que mientras hacíamos el amor nuestros ojos se encontraron emocionados reconociéndose entre sí, como dos amantes que se cortejaban en paralelo en una historia oculta que podría pertenecer a otra dimensión. Y allí fue que cuando esa princesa alcanzó el orgasmo su mirada me conmovió de tal manera que fue su alma, no su cuerpo, la que provocó el mío. Ella confesó que lo mismo le sucedió a ella.
         Finalmente había encontrado la forma precisa para identificar a la mujer de mi vida. Siempre supe que estaría relacionado con su mirada, su ternura, la comunicación que pudiéramos establecer entre ambos y en la intimidad más absoluta nuestra.
         En ese instante eterno en el que vive el orgasmo enamorado pude sentir el verdadero amor, pude presenciar a la belleza manifestándose aquí entre dos mortales que no deseaban otra cosa que mantener esa unión como punto de partida hasta el viaje de los tiempos.
        
- (Como si el tiempo si hubiese detenido) ¿Quieres ser mi novia? Lo que más me gustaría es que fueras mi novia, de ninguna otra cosa más orgullo tendría, ¡sentiría que camino junto a la gloria! Si me dejaras tomarte de la mano olvidaría si es la noche o el día, si es invierno o verano, ¡sólo entendería que es tiempo de alegría!

- Soy tuya poeta.

- Si me dejaras besarte cuando quiera, sin preguntarte ni sorprenderte, verías de qué manera, ¡respirar con mis labios exigentes! (Besándola dulcemente y volviéndose a detener el mundo). Lo que más me gustaría es que fueras mi novia aunque ello implicaría, ¡arriesgar matrimonio a nuestra historia!

Lunea
A Miguel de Cervantes Saavedra


Tiene algo de luna
y se le parece tanto a Dulcinea
que sería mejor que Miguel la viera
para describir con precisión su inigualable preciosura.

Si alguien como yo sintiera su frescura
se vería envuelto en el siguiente dilema,
amarla hasta morir o impedir que se nos muera,
recién entonces comprenderían mi apasionada locura.

No hay mujer que posea su ternura
ni ha nacido ni vendrá al mundo otra semejante
porque Dios crea una estrella tan brillante
sólo una vez, cuando decide despojarse de mesura.

Enamorarse es la aventura
más romántica que la vida tienta
convirtiéndose en la razón y causa para que no mienta
que querré su nombre como epitafio en mi sepultura.

Tiene algo de luna
y se le parece tanto a Dulcinea
que tiene por nombre Lunea
y por amante un soñador abrazado a su cintura.

Avgvstinvs Eliyahu

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