abril 18, 2011

Nunca en soledad

Tenía hambre, me encontraba cansado anímica y corporalmente. Caminaba desde la ciudad de Dublin hasta la casa de Stigh Lorgan donde rentaba una habitación. No tenía dinero para dirigirme en tranvía y, por otra parte, deseaba caminar para reflexionar. En el andar escribí el poema Catorce centavos. Me sentí abandonado por el destino. Con pasos angustiados caminé más de una hora hasta llegar a la casa. No había, al llegar, ninguno de mis compañeros con quienes compartía la vivienda. Cada uno tenía sus propia comida y yo ninguna. Ya no tenía ni mate. Tomé agua, y me acosté en mi cama tras cerrar la puerta de la habitación. Las cortinas estaban cerradas. Probé conectarme a la Red con mi máquina, y no hubo caso. Tampoco tenía crédito en el teléfono como para llamar a nadie. Porque sentía la necesidad de hablar con alguien que me hiciera sentir que no estaba tan abandonado. Sin dinero, sin papeles, con pocos días más pagos en la casa y luego la incertidumbre. Con un hambre peligroso que ya hacía flaquear mis fuerzas. Ni ganas de llorar tenía.

Hablé con Dios y le pedí una señal de su compañía, algo que me dijera que todo mejoraría, que ese no era el fin de un poeta sufriendo el exilio. Que si ese era mi destino y que si esa era la voluntad divina, que entonces me llevara, porque ya no tenía sentido esperar en la nada.

Una euforia divina se apoderó de mis fuerzas y me sentí acompañado… En versos expresé lo que sentía…

“Presencia: Elevé mi grito desesperado / agobiado por la angustia. // Entonces… // Abrazaba a la soledad / aconsejado por la muerte. // Entonces… // Busqué tu poder / y alguna esperanza. // Entonces… // Sentí tu gesto que sabía de mí, / que no me abandonabas. // Entonces, aún sin nada, / sentir tu presencia lo fue todo”.
Gubbio 2010
Avgvstinvs Eliyahu

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