marzo 30, 2011

la Cruz

Si Jesucristo volviese
A Jesucristo,
Para que nunca me permita ignorarlo
Y para que Él jamás me ignore.

A los chicos de la calle
Para que un día,
Aunque sólo sea en el Cielo,
Conozcan la felicidad.

“Creo en el mensaje de Jesucristo,
aún con restricción de su existencia”
Adentrándose

Tuve que esperar a estar bien triste para iniciar este relato. No podría escribir nada de lo que inicio con estas letras sin antes estar desesperado por volver a sentir a la esperanza. Esta vez la tristeza será quien me inspire a soñar, contradictoriamente, para alejarme de ella.
         La esperanza nunca estuvo tan exaltada como en aquellos días donde  un hombre llamado Jesucristo vivió entre los mortales. Porque antes de eso solamente era cuestión de Fe creer en una vida celestial, y porque lo es también ahora. Pero en ese tiempo era condición estar despierto como para ver que sucedía algo excepcional: Dios se había hecho hombre para convencernos de su existencia. De todos modos, a muchos les ganó el escepticismo y no creyeron en Él, aún cuando estuvieron a su lado. Por ello me he preguntado siempre qué sucedería si regresara Jesucristo en estos tiempos donde siempre diremos son más demandantes de su afecto. Sucede que me animo a decir que ahora, en este mundo, hay mucha más violencia que antes, como si el hombre evolucionara con precisión en su capacidad de odiar y de autodestruirse.
Quizá muchas veces Dios haya pensado en regresar, o quizá lo ha hecho por medio de esos hombre que se lloran al morir, como si al partir, la esperanza muriese también. ¡Tan pocas veces mueren hoy en día que pareciera que ya no hay mártires ni quién a la  esperanza resucite! Por eso, ¿quién no anhela que Jesucristo regrese? Aunque es nuestro deber advertirle lo que podría sucederle si elige Buenos Ayres, por ejemplo, esta vez.
Sé que un Dios lo sabe todo, pero aún insisto en querer ayudarlo advirtiéndole lo que sufriría. Porque si le viéramos morir nuevamente nuestra angustia aumentaría, y también por ello podría decidir no querer volver a morir por tantos desgraciados que lo único que saben es odiar y matar, odiarlo y matarlo.
Así me propongo imaginar lo que yo creo acontecería hoy en Buenos Ayres si la Cruz volviese a ser visible.
Tierras de Adrogué, 2002
Avgvstinvs Eliyahu


Navidad en Burzaco

En el año 1982, en una casa muy humilde donde los árboles aledaños ofrecían mayor protección que el propio techo, en Burzaco, a poco más de veinte kilómetros de la Ciudad de Buenos Ayres, vivía una feliz pareja. Nada podía dudar de su amor porque era de una pureza tan extraordinaria que había logrado que prescindieran de todo menos de estar juntos.
         Fernando era carpintero, aunque debido a las dificultades económicas también solía hacer otros trabajos para ganarse la vida. Liliana, quien no podía tener hijos debido a un accidente que sufrió trabajando en una fábrica, sorprendentemente estaba embarazada de nueve meses.  Ella era costurera y se alegraba diseñando vestidos preciosos para fiestas de otras personas donde jamás sería invitada. También aceptaba trabajos de limpieza en grandes casas lejanas cuando la necesidad amenazaba.
En diciembre de ese mismo año, nació el hijo a quien dieron por nombre Andrés Lucas. Lloraron alegres casi una semana entera, durante el día y la noche. Nunca pensaron que dos personas tan desposeídas de suerte pudieran experimentar la creación de una vida. Ese momento quizá fue el único en el que se plantearon seriamente cuestiones religiosas. Consideraron que ellos no podían haber sido capaces de diseñar -como decía Fernando con conceptos de carpintero- ese hermoso bebé tan especial cuando ellos sentían que no lo eran. Creían que un milagro había acontecido.
         Entonces fueron inmediatamente a la casa de Francisco Javier, un jesuita que vivía en las Tierras de Adrogué para presentarle a su hijo. Este lo recibió en brazos y después de felicitarlos, sin perder tiempo, lo bautizó. El religioso no podía esperar porque emprendía un viaje al otro día y, por otra parte, sentía un gran afecto por la pareja. Claro está que ni Fernando ni Liliana sabían bien el porqué del apuro y pensaron comprobar que el religioso había visto una particularidad en su hijo.
         Luego se enteraron días después que el jesuita que creían había reconocido el milagro de su hijo se había marchado a Medio Oriente. Creyeron comprender que el hombre había ido a divulgar la noticia de su nacimiento. Tuvieron miedo y no volvieron a tener contacto con nadie de la Iglesia porque temían les quitaran a su hijo y se lo llevaran al Vaticano.
Tenían que protegerlo. El problema era que debían educarlo muy bien y se sentían inseguros con la tarea. Fue Liliana quien dedujo que si Dios los había elegido era porque confiaba en ellos. Desde ese día, para hacer dormir al niño, le leían fragmentos de los Evangelios.
          
        
Educando a un Mesías

Los primero años de vida les fue relativamente sencillo esconder a su hijo de la sociedad, pero cuando llegó a la edad escolar tuvieron que inventarle confusas excusas por la cuales él no debía asistir al colegio, tales como enfermedades, o guerra en la ciudad recordando combates del padre durante la Guerra por las Malvinas... Creían que si su hijo era producto de un milagro no estaría bien que lo moldearan sin particularidades en un Sistema que busca la uniformidad porque podría perder toda la distinción que trajo consigo.
         De todas maneras, no descuidaron la educación de su hijo porque, por el contrario, consideraron que debía ser lo más cercano a la excelencia. Aunque el dinero muchas veces no alcanzaba para pagar las clases particulares hallaron la manera de trocar los servicios de sus profesores con la retribución en cuanto a lo que Liliana y Fernando sabían hacer.
         El mejor de todos los maestros, el que inevitablemente necesitaba Andrés Lucas para su formación, fue un poeta llamado Alejandro Ismael. Necesitaba Letras, la madre de todas las demás ciencias si se tiene en cuenta que sus habilidades son esenciales para el entendimiento de las otras. Y nada más cercano a la belleza de los conceptos como la poesía para servir de base en la aventura del conocimiento.
         Como buen poeta, el hombre sabía fortunas de religión, idiomas, filosofía, historia, matemática y demás obsesiones y distracciones del amante del cuestionamiento. Aprovechando la ausencia de todo tipo de conceptos previos pudo transmitirle, sin dificultades, elevados descubrimientos realizados por los más grandes hombres de todos los tiempos.
         En cuanto al desarrollo de las aptitudes físicas, el padre, heroico defensor de la entonces reciente y quinta invasión inglesa, se encargó de incentivarlo. Un terreno baldío cercano sirvió para tal fin. Así crecía Andrés Lucas, rápidamente.
A los catorce años de edad, el poeta y maestro de él, consideró que ya estaba en óptimas condiciones para proseguir su aprendizaje por sí mismo y se despidió para marcharse a cumplir su sueño de recorrer Latinoamérica. La madre aún cree que la partida de aquél hombre se debió a un escrito en el cual el niño le pedía que le enseñara el arte de amar, más precisamente, las maneras de relacionarse sexualmente con las mujeres. Esto no horrorizó a sus padres porque entendían como lógico que su hijo ya quisiera sentirse verdaderamente todo un hombre tras el apuro por brindarle el discernimiento de tal. Aunque temieron que si descubría tempranamente su apetito sexual se desvirtuara y se convirtiera en un mujeriego con habilidades exquisitas. Por ello hubo más ejercicio y más lectura.
El padre se asoció a una biblioteca y le proveía los libros que su hijo le pedía. Tuvo que ser él quien se afiliara porque su hijo jamás había tramitado ningún documento de identificación tras la premisa de salvaguardar su identidad. La sorpresa fue grande cuando Andrés Lucas a los veinte años no pidió un libro común, sino uno con todas las hojas en blanco. Fue ese día cuando dijo que, en adelante, él escribiría su propio libro, imitando a los tantos hombres que admiraba, detallando su propia historia. Su única incertidumbre, la cual dejaba angustiados a sus padres, era que él presuponía que el mundo no le dejaría tiempo suficiente para ello…


Bienvenido a Buenos Ayres MMII

Decidido a tentar al destino con sus veinte años abandonó su hogar y se dirigió por la madrugada a la estación de trenes de Burzaco para viajar hasta Plaza Constitución y conocer la gran ciudad. Era la primera vez que iría a la Reina del Plata y ello le producía mucha ansiedad. Siempre quiso conocer esa ciudad tan renombrada como cercana.
         Durante el viaje se mantuvo inmóvil, hipnotizado, observando las vías infinitas que lo conducían hacia el universo inminente de las estrellas opacas y apagadas de los vicios de los hombres.
         Al llegar a la terminal porteña se sintió dentro de un hormiguero donde cada integrante cargaba su cuota de angustia y castigo. Los rostros y miradas perdidas de las personas perseguían rieles imaginarios pero precisos por las cuales avanzaban hacia la rutina indeseable. Muchos parecían que aún no se habían bajado del tren, y no lo harían hasta regresar a sus casas, permaneciendo el día entero hipnotizados e identificados con las vías de otras vidas.
          Andrés Lucas quiso inmiscuirse en el ritual de esas experiencias ajenas e ingresó en una cafetería para desayunar. Pidió un mate cocido con medialunas y sintió que su voz interrumpió un silencio abrumador de hombres llenos de nostalgias y lutos. Algunos leían el diario, preferentemente la sección de los deportes; otros buscaban trabajo; otros seguían viendo en las letras informativas más vías ajenas, otras vidas.
         Terminó pronto su desayuno y salió de la terminal de trenes. Se encontró con una gran plaza llena de mugre y confusión. Vehículos que transitaban ignorando a la gente y gente que cruzaba por las calles ignorando a los cacharros. Caminó rápidamente porque el mundo de personas le empujaban en su andar. En eso, en un rincón de la plaza, una mujer le detuvo del brazo y le ofreció tener sexo por tan sólo el valor de cuatro desayunos. Le besó la frente y se alejó de ella mirando hacia atrás con el ceño fruncido, espantado por el menosprecio ajeno. Se reconfortó al encontrar a dos niños con la sonrisa pintada en sus bocas. Parecían jugar a algo y quiso ver qué era aquello que los divertía tanto. Se le humedecieron los ojos al ver de cerca cómo esos chicos que parecían felices estaban drogándose delante del mar de gente indiferente.
         Continuó caminando y oyó gritos y miró de dónde provenían. Vio a dos muchachos de su misma edad armados con revólveres y asaltando a un hombre en su coche. Se quedó inmóvil mirando la escena intentado cruzar miradas con esos jóvenes. Pasaron unos pocos segundos cuando uno de los ladrones, con dinero en la mano, comenzó a correr, mientras que el otro, antes de abandonar a la víctima, disparó dos veces en su pecho. Policías que llegaban a la escena sorprendieron a balazos al asesino y a su cómplice.
Tres muertes en tres minutos. A esta estadística habría que sumarle lo que él suponía serían las próximas víctimas del caos, los dos niños por causa de las drogas y la desgraciada mujer por diversas enfermedades o delirios de un psicópata.
         Pensó en regresar a Burzaco y olvidarlo todo. Pero ello significaría negar la realidad o desentenderse de la terrible angustia que gobernaba la ciudad. Se le ocurrió conocer a la angustia en persona: iría a hablar con el Presidente. Allí sintió que toda su vida se había preparado para ese día...


Espíritu Revolucionario

Marchó decidido hasta la Plaza de Mayo. Allí se encontró con diferentes grupos de personas que reclamaban distintos intereses particulares. Rápidamente concluyó que todos separados jamás perturbarían la siesta que gozaba el gobernante.
         Todos gritaban e insultaban, a veces unos a otros, a una distancia considerable de la Casa de Gobierno. Andrés Lucas prefirió acercarse lo más que pudo porque sus intenciones eran las de llegar al despacho presidencial y hablar personalmente con el responsable del caos.
         Se adelantó a los manifestantes y saltó un vallado de seguridad que detiene al pueblo para que éste no llegue a la Casa Rosada. Sabiendo que le increparían los custodios, se quedó inmóvil intimidando la puerta de ingreso. El silencio ocupó la plaza y los medios de comunicación que había en el lugar -cubriendo las protestas- se ubicaron sedientos para registrar la segura paliza que recibiría Andrés Lucas.
         Uno de los matones del entorno presidencial se le acercó y le dijo que volviera a saltar la valla y que se mantuviera del otro lado. Andrés Lucas negó con la cabeza obedecer. A nadie sorprendió un golpe salvaje en la cara de nuestro héroe que provocó un silencio aún más ensordecedor entre los presentes. Un segundo golpe en el pecho lo dejó de rodillas. Mientras se incorporaba, mirando a los ojos del agresor, recordando una de las frases que le leían sus padres desde muy chico para dormirlo le dijo: “Si te he hablado mal, muéstrame en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”
         La gran cantidad de gente dispersa se unió eufórica vitoreando la valentía de las palabras que no entendieron los profetas del caos. Estos le tomaron de los brazos y planeaban arrestarlo. La gente seguía la escena detrás del vallado mientras las cámaras de televisión buscaban alguna declaración. Antes de ingresarlo en un coche sin identificación logró gritar a la multitud, “¡Gracias a la constancia salvarán sus vidas!
         La gente, propensa a la hipnosis del aturdimiento, pudo discernir con claridad aquellas palabras sencillas aunque tan verdaderas. Todos las repitieron para sí como susurrándole a sus corazones. Luego, al unísono, empezaron a pedir la liberación de su líder espontáneo. Aunque nadie sabía cómo se llamaba las cámaras de televisión lo habían filmado y nadie podía desentenderse del asunto, pues resultaba, entonces, verdadero. Incluso el Presidente se encontraba en ese momento, -distraído con sus whiskys y secretarias- observando el noticiero que él mismo financiaba.
         Debido a la expresión de la mirada de Andrés Lucas, sus palabras, y la brutal detención, la gente empezó a llegar a la plaza para pedir su liberación. Ante esta situación inesperada el Presidente creyó que lo más conveniente era pedirle a sus servidoras que se retiraran de su despacho y provocar un impacto mediático concediéndole una entrevista al carismático y problemático joven para ganárselo para sí.


Entrevista con el Desprecio

El coche secuestrador se encontraba dando vueltas por los alrededores de la Plaza de Mayo. Estaban esperando recibir instrucciones cuando llegó  la orden de regresarlo inmediatamente a la Casa de Gobierno, por la puerta y acceso principal, no sin antes confirmar la presencia de todos los medios de comunicación.
         El vocero presidencial se encargó de comunicar a toda la prensa la demostración de comprensión y dedicación que el mandatario brindaba a sus ciudadanos. Se acercaron los periodistas pensando que el llamado se debía para comunicar el cambio de parientes en algún Ministerio, o para intentar aclarar las cientos de causas judiciales por terrorismo de estado o tráfico de drogas y armas por lo cual se lo persigue internacionalmente.
         Mientras Andrés Lucas era regresado permanecía en silencio. No contestó a ninguna de las preguntas que le formularon los captores, aunque sí estaba dispuesto a hacerlo frente a su famoso anfitrión,  y allí estarían las cámaras de televisión.
         El coche llegó después que montaran un circo increíble en la puerta de la Casa Rosada. Considerable número de fotógrafos y reporteros aguardaban su llegada. La gente tras el vallado de contención celebraba el regreso de ese joven como el triunfo de ser escuchado cada uno de sus reclamos, cada expresión de impotencia y bronca contenida, por el desprecio y la indiferencia del traidor impuesto al mando. Se lo adjudicaban agrupaciones políticas de muy diferente ideología y algunos terminaron a los golpes para intentar aclararlo.
         Los hombres que lo retenían entregaron a Andrés Lucas a otros iguales que lo acompañaron hasta el despacho presidencial donde los periodistas que tenían arreglo con los funcionarios accedieron al encuentro.
         Cuando los veinte años de Andrés Lucas ingresaron donde lo aguardaba la vejez de cuerpo e ideas se detuvo a unos metros de ese personaje, como si se sintiera en un juicio frente a un magistrado. El Presidente, sonriente y buen actor, se levantó de su silla, se acercó al muchacho e intentó saludarlo con un apretón de manos que no fue correspondido. Entonces, algo enojado, disimulando ante las cámaras encendidas, dijo: “Parece que el muchacho es  un hombre muy importante ya que no tiene porqué saludar al Presidente de la República”. Sin dejar de mirarlo un instante a los ojos, Andrés Lucas sentenció: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada”.
El silencio y desorientación que sintió inesperadamente el anciano generó una pesada tensión en el ambiente. Por ello quiso alivianar el momento ofreciéndole una copa de licor a nuestro joven, que permanecía de pie, imperturbable ante las cámaras y sin perder la mirada de su interlocutor. Mientras el Primer Mandatario le acercaba la copa dijo a las cámaras, como quien presenta un producto publicitario: ‘Una bienvenida para el invitado pero para nadie más, yo no puedo servirle a todo el mundo, ¿verdad?’ Andrés Lucas, esta vez sin ocultar una leve sonrisa por la picardía que cometería en breve, le respondió: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho”.

Liliana y Fernando pudieron ver todo por la televisión blanco y negro -a pesar de encontrarse en el comienzo del siglo veintiuno-,  y porque ninguno de los dos tenía trabajo a la fecha. Se tomaron de la mano y comenzaron a llorar emocionados porque estaban orgullosos de su hijo aunque temían lo peor, sabían que su destino, si era de grandeza, debía serlo igualmente de tristeza.

El Presidente, harto de hacer el papel de ridículo, le hizo una seña a uno de sus hombres y éste generó un desperfecto eléctrico que ocasionó la interrupción de todas las transmisiones periodísticas. Entonces sí se animó a increparlo sin importar los periodistas presentes, que de todas maneras, tenían arreglo con la Casa de Gobierno, diciéndole: “¿Quién carajo te creíste que sos? Un payaso disfrazado como vos, con ropas miserables, no tiene la dignidad para hablar conmigo”, a lo que Andrés Lucas respondió, esta vez mirando a los reporteros: “No juzguen según las apariencias, sino conforme con la justicia”.


Héroe Desaparecido

Tan rápido como había ingresado al despacho fue retirado de allí por los mismos hombres que lo habían traído, llevándolo de los brazos, por medio de un túnel subterráneo, a un edificio aledaño para dejarlo en una habitación oscura donde la única luz la proporcionaba una pantalla de máquina electrónica.  Intentaron averiguar algunos datos por medio de sus impresiones digitales y se sorprendieron al no encontrar registro alguno.
Le obligaron a sentarse en una silla solitaria que había en el centro de esa suerte de celda y le preguntaron dónde vivía y preguntas como quiénes eran sus padres, pero nunca respondió. En eso uno de los mercenarios bromeó diciéndole a su colega que el chico quizá fuera un extraterrestre porque no había manera de saber su identidad.
El teléfono portátil de uno de los delincuentes sonó y tuvo que atender, y pareciendo comprender perfectamente lo que alguien le decía, respondió que sí lo haría.
Nuestro héroe bajó la cabeza y sus ojos se humedecieron. En voz muy baja, y como si no quisiera que nadie le escuchara, susurró: “Que no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Uno de los hombres, el que había recibido la llamada, se ubicó detrás de Andrés Lucas y apoyó un arma en su cabeza. Lentamente el joven se levantó de la silla mientras el frío metal nunca abandonaba su posición amenazante, y una vez de pie, pareciendo sonreír tímidamente, esta vez mirando el techo de la habitación como quien puede ver más allá de los límites terrenales, levantó sus brazos y dijo con una voz que nadie creyó suya: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Pero un disparo lo calló...
Nadie vio cuando su cuerpo fue arrojado al Riachuelo...
Avgvstinvs Eliyahu

NOTA: Todas las veces que interviene Andrés Lucas en el relato dice frases de Jesucristo, amén.

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