marzo 26, 2011

El desnudo de la filosofía

Cuando terminaba de morir el siglo XX,  La Argentina se encontraba en una de sus peores crisis políticas y económicas nunca antes vivida. Mientras yo planeaba muy seriamente irme del país, para asegurarme de no terminar en la nada y para proteger a mis letras. Este sentimiento de incertidumbre se acentuó cuando no conseguí mejor manera de financiar mis escritos que ofreciendo espectáculos de desnudos para despedidas de solteras de mujeres desenfadadas. El trabajo era sencillo y todo el esfuerzo físico realizado durante tanto tiempo para otros fines ahora podía ser remunerado, y además, desnudarme delante de un grupo de mujeres ansiosas no me desagradaba en absoluto, y si así lo fuera, en algunas ocasiones me consideraba un buen actor.

Cerca del departamento de Buenos Ayres donde me esperaban a una hora determinada yo me encontraba en una plaza leyendo un libro sobre la vida de Friedrich Nietzsche, sin ánimos de comparar circunstancias. Estaba muy entusiasmado con la lectura que casi olvido mi cita con las varias mujeres desconocidas. Entonces, vestido elegantemente, me dirigí al sitio donde me presentaría con mi función apresurando el paso para no llegar tarde. Llevaba conmigo el libro que estaba leyendo y un disco de música con las canciones que había estado ensayando para quitarme rítmicamente la ropa.

Al ingresar al departamento le di mi selección musical a la chica que me recibió y acordé con ella que en cuanto empezara a escuchar las canciones que yo traje comenzaría con mi presentación. Como siempre, la chica a quien despedían de su soltería se hallaba con los ojos vendados y vestida para pecar, como si en lugar de casarse y elegir una vida ordenada empezara a trabajar en un cabaret a partir del día siguiente. Cuando la primera canción me avisó que debía actuar empecé a bailar olvidándome que tenía el libro en mis manos y tuve que improvisar como si todo respondiera a una puesta en escena debidamente planeada. Tengo mis dudas en cuanto a poder verificar si alguna vez Friedrich fue cortejado por tantas mujeres recibiendo caricias y besos sensuales, aunque sea, ya transformado su cuerpo en ideas impresas en papel.

Cuando terminó la música y cobré por mis servicios y me despedí como corresponde de cada una de las ninfas de mi danza, me retiré con la vida del filósofo bajo el brazo. Mientras muchos pensarían que salía de una biblioteca, la verdad era que yo necesitaba conciliarme con la moral y el pensamiento para no transgredirlos con mi nuevo empleo, a la vez que a la filosofía yo le hablaba un poco de la vida misma, excusándome por los términos mundanos empleados. Quizá, sin pretenderlo, esos días fueron de equilibrio, entre el cuerpo y la razón, entre el estudio y la diversión. Ojalá que Nietzsche no se haya ofendido.

Avgvstinvs Eliyahu

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