marzo 11, 2011

Almuerzo de Guerra

La Argentina combate en Europa
A los héroes verdaderos de Malvinas

A los latinoamericanos y hombres justos del mundo
Que sienten como si fuera propia la impotencia y el dolor
Por haber visto caer a las bombas inglesas sobre el pueblo argentino.

“El destino no dudará jamás de aquellos que se mantengan fieles a él”.
Adentrándose

Durante la Guerra de Malvinas de 1982, entre La Argentina y el Reino Unido junto a sus aliados, por la soberanía de las Islas y en contra de la piratería y anacrónico colonialismo, hubo un plan secreto llevado a cabo por marinos y guerrilleros argentinos para hundir buques británicos en Gibraltar. Se quería lograr de ese modo el repliegue de los invasores sembrándoles la confusión sobre que todo fuera un ataque soviético en plena Guerra Fría.
Los comandos argentinos fueron interceptados en Algeciras por oficiales españoles. Se sabe que hubo una intrigante comida en la cual se discutió la continuidad del operativo, el si hacer prisioneros a los argentinos, y otras alternativas… ¿Qué pudo haber ocurrido en ese almuerzo de guerra? 
Dublin, 2007
Avgvstinvs Eliyahu

PROTAGONISTAS

Rafael. Flaco desaliñado de unos treinta años de edad con barba rala y melena oscura por los hombros. Vestido con traje acuático. Guerrillero argentino convocado por el gobierno militar -al que combatía y el cual lo mantenía prisionero- para llevar a cabo la operación debido a sus destrezas y porque la causa nacional prevalecía ante cualquier otra.

Lisandro. De cuerpo atlético y extremadamente prolijo de unos cuarenta años de edad y de cabello rubio. Con impecable equipo deportivo como disfraz. Oficial de la Marina de Guerra de La Argentina quien casualmente había capturado a Rafael tiempo atrás y oficial al mando de la operación.

Juan. De baja estatura y mirada despierta, cabello rapado, con aspecto andaluz y de unos treinta años de edad. Vestido elegantemente. Espía del Reino de España –sus padres estuvieron exiliados en Buenos Ayres durante la Guerra Civil- quien fuera convocado como enlace encubierto entre los distintos servicios secretos y gobiernos involucrados una vez que fuera desarmada la operación.

Pedro.  Hombre robusto de unos cincuenta años, afeitado a calvo. De traje gris  gastado. Guardia Civil de Madrid especializado en lucha anti-terrorista. Nostálgico de la época franquista y simpatizante de las dictaduras en Latinoamérica promovidas por los Estados Unidos.

Ana. Camarera desenfadada, de unos veinte y pocos años de edad vestida muy provocativa con sus cabellos negros lacios atados en bellísima coleta.


ESCENARIO

Restaurante frente al mar de Algeciras desde el cual puede verse a lo lejos Gibraltar. Una mesa redonda y cinco sillas.


ESCENA I

Acercándose a la mesa tranquilamente como si fueran hombres de negocios

Pedro (Guardia Civil) – Bueh… Macho, ¿quién hubiera dicho que hoy almorzaría con personajes tan particulares? Coincido con vosotros en que necesitamos explicarnos las cosas. Nada mejor para esto que una buena comida.

Lisandro (Marina de Guerra) – ¿Eso significa que aún podremos llevar adelante la operación?

Juan (Servicios Secretos) – Imposible. Los servicios británicos deben de estar al tanto de todo.

Rafael (Guerrillero) – ¡Pero si los tenemos en frente! El clima de hoy está impecable para golpearlos. ¿Qué son estas mariconadas! ¡Encima que venimos a darles una mano para echarlos al carajo a esos hijos de puta!

Lisandro – (Mirándolo a Rafael) ¡Atender! Acá soy yo el que lleva la negociación, ¿te queda claro?

Rafael – (Devolviéndole la mirada a Lisandro) Pituco, ¡muza!, pintamos a los otarios y avanti la jugarreta… (Sondeando la mesa) ¿Les jode que apoye los pies en la silla y me encienda un pucho?

Juan -  Hombre, (dirigiéndose a Rafael), aquí no somos ningunos gilipollas y, te recuerdo, vosotros sois los que habéis sido pillados. Esto no es una negociación. Tómese esta comida como un gesto de caballeros. Por favor, una cosa más, aquí se habla en castizo.

Pedro - ¡Venga, joder, tío! Primero pidamos algo para comer que con el estómago vacío no se puede pensar claramente.

Lisandro – ¿Pedimos la carta o nos sugieren algo?… Imagino que esto va por gentileza del Estado español por habernos arruinado la fiesta… ¿Por qué no arrancamos con unas copas de vino?

Juan – ¡Camarera!

Se acerca Ana a tomarles el pedido

Ana – Buenas tardes señores. ¿Les traigo el plato del día? Para beber, ¿vino?…

Rafael – Sí, preciosa. Traénos el plato que quieras, el vino que más te guste, y una copita más así te sentás con nosotros… (retirando los pies de la quinta silla y enseñándosela).

Ana - ¿Y quién te ha dicho que tu acento del Río de la Plata me seduce?

Risas generalizadas

Ana - Ya les traigo el vino y en breve la comida… pollo con patatas para todos…

Lisandro – Te cortó el rostro pibe (mirándolo risueñamente a Rafael).

Rafael – Pero mirá el irse que tiene la mina esa, lo hace a propósito eso de caminar despacito moviendo las caderas…

Pedro – ¡Qué cumplido para esa niña dicho por un argentino! Por allí sí que las mujeres saben lucir los traseros. Pero habrás visto que con tu acento, y por otras razones que para el espejo se evidencian, aquí tu chulería no despierta interés…

Rafael - ¿Ese resentimiento viene por llevar tu gastado uniforme? Dejá correr los minutos y tomá nota de cómo se conquista a una mujer.

Juan - ¿Por qué habláis cantando tango? ¿Les es tan difícil hablar en cristiano?

Lisandro – Pero aquí no hablamos inglés, ¿verdad?


ESCENA II

Ana está sirviéndoles otra ronda de vino y limpia un poco la mesa insinuando sus pechos a los comensales

Lisandro – Gracias, corazón. Todo estuvo muy rico y muy bien atendido.

Pedro – ¡Que con un poco más de decoro también se puede trabajar, hija!

Juan – Nos hemos deleitado con todos los sentidos.

Ana - ¿Qué hay de ti? (mirándolo a Rafael). ¿Acaso no dirás nada? Porque aquí parece que todos tienen algo que decir, y tú que te la dabas de listo te has quedado enmudecido.

Rafael - ¿Sabés qué pasa? De lo nuestro no tienen que enterarse los demás…

Ana se retira sonriendo mientras los cuatro hombres se codean para observarla de atrás…

Pedro – Señores, lamento deciros que debo detenerlos. No creo que todo se conduzca por los canales ordinarios dado la compleja y particular situación.

Juan – Precisamente por ello he venido hasta aquí también yo. Entenderéis que España no puede consentir que unos argentinos operen desde nuestro territorio para conducir un ataque contra una nación europea aliada.

Lisandro - ¿Hasta qué punto está descubierta la operación? ¿Hasta qué esferas del gobierno se sabe del asunto? ¡Nosotros estamos en guerra y ustedes nos tienen que ayudar! ¿Qué mierdas son estas de ponerse en nuestra contra y a favor del enemigo en común?

Rafael – Veo que te estás avivando, macho (dirigiéndose a Lisandro). El facho tiene razón. Les podemos dar un golpe que no lo van a olvidar nunca y tirar a la mierda el colonialismo acá y en todos los pueblos oprimidos…

Lisandro – No empecés con tu discursito revolucionario que bastante tengo hinchadas las pelotas con estos gallegos...

Pedro – ¡Gallega y a mucha honra podría ser su madre marinerito! ¡Yo soy nacido en Madrid y mis padres descansan allí por las metrallas de las brigadas internacionales a las que parece se hubieran sumados vosotros!

Rafael – (Interrumpiendo a Pedro) Si hubieran ganado los republicanos estarían ayudándonos en vez de rompiéndonos las pelotas.

Juan – Puede ser que se les brindaría mayor apoyo en otro contexto político, pero nunca se consentiría un ataque por parte de una dictadura espantosa como es la que estáis viviendo allí, ¿o acaso tú compartes esa locura? (mirándolo a Rafael).

Rafael -  Aquellos son unos hijos de puta, pero en esta guerra somos todos argentinos. Luego, una vez libres del colonialismo caerán también los colaboracionistas…

Lisandro – Cuando nuestra guerra interna termine serán distintas las cosas, porque nosotros jamás nos alinearíamos con quienes ustedes lo hacen.

Juan – ¿Acaso la Junta pretende alinearse con La Cuba? ¡Joder, tío! Si están al servicio de los americanos.

Rafael - ¡Aquellos que creían eran sus amigos ahora nos están bombardeando las Islas!

Pedro – Aquí nos lo han hecho en Gibraltar. ¡Cómo me cuesta detener esta operación! Pero deberían saber que luego les caerá una bomba atómica, que ya lo hicieron en el pasado…

Lisandro - ¡Ataquemos entonces! ¡Basta de pendejadas y un poco más de pelotas, viejo!

Pedro - ¡Aquí no se está debatiendo quién tiene más pelotas!

Rafael - ¡Pelotas son las que faltan! Yo dejo este cafetín político y me voy a la acción.

Pedro - ¿Irás a hablarle a la camarera?

Rafael - ¡No! ¡Me voy a hundirles un barco a esos ingleses de mierda! (Se levanta abruptamente).

Lisandro – (Saltado de la silla). Vos no te vas a ninguna parte. Ya te dije que las órdenes las doy yo…

Juan - ¡Quieto, hombre! (Poniéndose de pie y empuñando su pistola aunque sin sacarla de su cintura).

Pedro - ¡Conservemos la calma caballeros! Lentamente siéntense todos de nuevo…
 

ESCENA III

Pedro – ¡Vaya tostón! Haremos lo siguiente. La operación se cancela y aquí nadie ha visto nada.

Lisandro – Yo no puedo regresar fracasado. Esta es la guerra que siempre he querido. Acá me estoy jugando mi honor.

Juan – Está claro, señores, que ninguno puede volver a La Argentina por esta situación y otras más ocultas. Yo tengo órdenes de presentarme ante el gobierno de Buenos Ayres para limpiar toda la mugre que haya podido quedar por ahí al descubierto, para que nunca se haga público este asunto en Europa. Será una perfecta oportunidad para ver qué mierdas están pasando allí entre vosotros. Porque si hay algo que tengo bien en claro es que no hemos enviado a ningún nuevo oficial victorioso desde Murcia y en Bolivia ya ha muerto aquel único revolucionario que realmente fue.

Pedro – También puede ser que Juan logre limpiar tu buen nombre, Lisandro, porque el fracaso de la operación no te pertenece.

Lisandro – Yo no puedo regresar sin haber cumplido con mi verdadera misión... De Rafael ya no me ocuparé, queda librado a su suerte.

Rafael – A la dictadura la odio con el alma pero estamos hablando de las Malvinas y no me puedo rendir.

Juan - ¿De quién es la culpa, Pedro? ¿Cómo es posible que la Guardia Civil, y no nosotros, haya desmantelado este golpe?

Pedro – Sencillo, hombre. Líderes guerrilleros negociaron con España la información de un posible ataque terrorista argentino sobre objetivos ingleses a cambio de un salvoconducto que les permitiera huir…

Rafael – ¡Qué hijos de puta! ¡Me vendieron!

Lisandro – Te das cuenta de cómo son los tuyos…

Pedro – Perdón, pero también la Junta se comunicó con nosotros delatando maniobras guerrilleras en el extranjero a cambio de una mayor complicidad para con sus crímenes internos.

Juan – ¿Qué clase de país tenéis colegas?

Rafael – Yo no puedo regresar prisionero y menos luego de haber sido vendido por mis compañeros. Déjenme proseguir con mi misión en otro lugar que no sea España, que sobrados puertos piratas hay en el mundo... Pero, ¡la puta madre!, al final son todos unos obsecuentes del dinero americano… (Señalando a los españoles) Lo digo por ustedes también…

Lisandro – (Poniéndose de pie y llevando su pistola a la cabeza) ¡Las Malvinas son argentinas! ¡Viva la patria verdadera!

Se apagan las luces y se oye un disparo


FIN
 Avgvstinvs Eliyahu

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