febrero 03, 2011

Prófugos del destino

Habían sido amigos, realmente hermanos, y siempre se habían ayudado mutuamente en las más distintas y cual difíciles situaciones. Uno de ellos siempre fue más tranquilo, y uno de ellos siempre fue más arriesgado. Varios años y diferentes caminos y ciudades los separaron. El que había sido un poco más loco en los tiempos de aventuras juntos ahora se encontraba detenido por la justicia y esperando ser condenado. El que había sido algo más cuerdo era juez, en esta ocasión, de su propio amigo. Ese que esperaba su irremediable castigo era debido a haberle quitado la vida a un policía que, según él, quiso coimearlo y terminaron en fatal pelea. Ese que ahora se investía de juez no sabía burlar a la ley ni a la amistad. Los dos mantuvieron una charla privada.

Juez – Hermano, no sé si es una suerte o una maldición ser quien deba juzgarte.

Detenido – Hermano, si el desgraciado Sistema ha de condenarme prefiero que sea con la voz de un amigo para dulcificar la tristeza. Pero no podré soportar la pena ni tampoco tú podrás soportar el dilema.

Juez - ¿Qué puedo hacer que nos ayude?

Detenido – Irnos de copas, como en las buenas temporadas, y luego yo desapareceré al llegar la madrugada.

Juez - ¿Qué estás pidiéndome exactamente?

Detenido – Una última noche en libertad antes de perderme en la nada de la muerte.

Luego de meditar tormentos en su cabeza, el juez, finalmente encontró una excusa para trasladarlo de prisión y convenció a los guardias que se ocuparía personalmente de la cuestión. Así terminaron en una cantina brindando por cada aventura y riéndose de cada una de las desventuras vividas en la juventud. Cuando menos borrachos viviendo la madrugada volvieron a serenarse.

Detenido – Gracias, hermano, por esta última noche en libertad. Pero aún debo pedirte un último favor. Quiero, porque necesito, que vayamos al puente del pueblo sobre el gran río para que me empujes y tenga, sin que se detenga, mi triste destino. Es que yo solo no tengo el suficiente coraje.

Juez – Es una locura mayor a la de permitir tu suicido que me pidas que te ayude a cometerlo.

Detenido – ¿Qué amistad es seria si no se está cual compañero en el momento de la muerte?

Uno era preso de un destino de sociedad corrompida, y el otro se cuestionaba cómo conciliar la inmaculada concepción de la amistad con el respeto de la ley que él profesaba. Pero subieron juntos al puente en silencio y contemplaron la madrugada sobre el río. Se abrazaron con emoción seca, con un sentimiento inexpresivo por, tal vez, no haberlo experimentado antes.

Juez - ¿Ahora?

Detenido – Espera un poco más, por favor.

Juez - ¿Ahora? ¡Es que estoy temblando!

Detenido - ¡Sé valiente! ¡Ahora compañero!

Entonces saltaron juntos calculando el momento exacto en que pasaba una embarcación para caer en su techo y huir a través del agua de esa incómoda situación. Escaparon de las encrucijadas del destino por un río que los llevaría a volver a vivir en otra parte la amistad que siempre estuvo, que siempre es.

Zagreb, 2010
Avgvstinvs Eliyahu

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