febrero 23, 2011

Felizmente endiosado

Me encontraba leyendo y apuntando algunas cosas en la máquina, sentado frente al escritorio. Repentinamente me sentí débil. Me senté en la cama dejando el libro abierto, una pluma sobre un cuaderno, y la pantalla aún encendida.

Sentía que me hundía en la cama, pero luego comencé a sentirme, por el contrario, que el peso de mi cuerpo se hacía muy ligero. Me sentí liviano, pero esencialmente en cuanto a mis pensamientos. La mente pareció expandirse, como si todo mi cuerpo se transformase en un cerebro en armonía, y como si cada una de mis células fueran sólo neuronas ejercitando una perfecta sinapsis altamente inspirada.

Es emocionante recordar ese instante de paz interior y de tranquilidad de pensamiento que acontecía. Como si estuviera proyectándose en mi mente una filmación debidamente preparada para mí pude ver cómo una gran sustancia iba desprendiéndose en pequeñas sustancias igualmente constitutivas. Al acercarse la imagen parecían las pequeñas sustancias separarse o estar separadas, pero al alejarse la proyección de esa función se mostraban como partícipes de un todo y siempre interconectadas. En ningún momento pude cuestionar que aquello no se tratase de Dios, porque se me brindaba indubitable, claro, puro. El cerebro había logrado una conceptualización de lo único, del todo, o mi flexibilidad de pensamiento y sensibilidad cristiana, habían permitido que esta idea llegara a mí, o descubrirla en algún rincón donde desde siempre habitaba.

El éxtasis que sentí ante esta revelación fue inmenso. Como un relámpago regresé a sentarme frente a mi máquina y escribí en pocos minutos el ensayo Somos hijos de Dios.

Jamás olvidaré esas imágenes, y nunca se esfumará esa experiencia: porque siempre me acompañará ese concepto descubierto por develación.
Gubbio, 2010
Avgvstinvs Eliyahu

No hay comentarios.: