febrero 01, 2011

Las tres esperanzas

Les quiero contar una historia verdadera. Porque más allá de algunas particulares circunstancias que pudieran omitirse, por distracción o por extraña voluntad, lo que ha ocurrido, es así y tal como lo escucharán.
      Es que esta es, creeré confirmarlo con lo que diré, la historia de mi país que más recuerdo, qué más ha cautivado a mis ojos, que más he oído por rumores previos, la que más me ha conmovido experimentar. Porque cada vez que recuerdo a mi tierra desde la lejanía, las imágenes de esta historia es lo primero que surge en mi memoria, es lo que me acongoja el corazón como ninguna otra.
      Algunos pueden no creer en todos los detalles porque, podría ser, no poseen sensibilidad religiosa. Algunos otros, que también los habrá, no creerán que esto sucedió, porque no sólo carecen de sensibilidad religiosa, sino que también han decidido imaginarse por sobre los demás seres humanos: es decir, porque tampoco creen en el hombre, o sea que ni en sí mismos.
      Les cuento, si me lo permiten, lo que les quería contar: aquí va.
      Como poeta recibía invitaciones para participar de encuentros artísticos de muy diferente gama allá por el 2005. Algunas veces así uno podía conocer a gente muy interesante, algunas leyendas vivientes, o bien tan sólo –y pretexto suficiente- degustar algunos buenos vinos mientras todos simulábamos que comprendíamos aquella pintura en la pared que tenía una línea negra y otra roja haciendo de paralela, y todo el fondo de la obra, en blanco. De haber sido, digo yo, la línea roja la que estuviese por encima de la línea negra, tal vez, bueno no, tampoco lo hubiera terminado de entender; pero todo era buena excusa para permanecer allí entonces, porque el vino que siempre regresaba en las manos gentiles de esos hombres que habitan el mundo llamados mozos, así lo ameritaba.
      Recuerdo claramente la especial vez que me invitaron al encuentro de la develación de Las Tres Esperanzas Argentinas. Había recibido la invitación por correo electrónico especialmente dedicada. Y de este misterio había oído hablar a gente muy excéntrica o que no se me hubiera ocurrido prestarles verdadera audiencia. Pero bien, allí decía que el encuentro sucedería días más tarde en la Parroquia Nuestra Señora del Sagrado Corazón en el barrio porteño de Palermo. Con eso descarté que se tratara de una cuestión artística o política, aunque esto podría no estar por completo desasociado… Lo que hizo que brindara urgente atención era que me pedían que no invitase a nadie y que llegara yo solo a la hora señalada, al atardecer del día viernes.
      Me quedé pensando en aquello. Decidí prepararme unos mates y meditar si debería ir o no. Pensar si tenía algún sentido asistir a ese encuentro al que no me proveyeron demasiada información. Entonces, entre mate y mate, decidí responderles para que me contaran mejor sobre el asunto para no perder el tiempo, ni ellos ni yo. En una Iglesia me parecía poco probable que hubiera un brindis y, si así fuera, mi respeto religioso no se hubiera puesto de acuerdo conmigo. Entonces, al releer la invitación encuentro que al pie de la misma había nota que decía algo así como: no responder a este correo y es muy importante su asistencia de poeta.
      Misterio religioso. Sí, era natural, eso no debía resultar en ningún tipo de observación en las páginas de la extrañeza que acumulaba mi curiosidad. ¿Pero por qué yo? Sí, siempre me he jactado de ser cristiano y siempre, con terribles dificultades, he intentado seguir al Capitán de los buenos ejércitos, Yeshua. Pero no era yo particularmente el muchacho que podía encontrarse todos los domingos en misa. En fin, quizá sólo por temor a Dios, decidí ir.
      Llegó el día y me encontraba caminando por esas callecitas tranquilas de Palermo, con un libro en mano, lo más probable que de historia o de filosofía por aquellos tiempos, y recordando que a esa misma Iglesia, una vez, me dirigí con todo mi dulce amor de estudiante a buscar a la colegiala que añoraba. ¿Me encontraría con ella? ¿Habría sido ella quien me había invitado? No, eso no era probable, pero eso me envalentonaba los pasos. ¿Por qué las colegialas ahora me llaman señor cuando no siento el tiempo transcurrido?
      Al llegar a la puerta del templo me persigné y me detuve en algunos detalles de su arquitectura. Intentaba ganar tiempo mientras reflexionaba sobre mis movimientos. Luego pensé que debería buscar alguna pequeña puerta lateral donde se encontrara la Secretaría y anunciarme. La verdad que no sabía muy bien qué hacer y preferí quedarme allí en la puerta esperando a que algo sucediese, a que algún accidente me sugiriera qué hacer.
      Por esos instantes vi llegar a una mujer que no tendría aún treinta años, es decir, sólo un poco más grande de lo que yo era por entonces. No era muy alta ni se la veía en muy buena forma pero poseía un rostro cálido y sereno cuando sus rulos oscuros no le tapaban demasiado las facciones con sus movimientos apresurados. Parecía no importarle mucho las apariencias, porque si bien lucía un vestido bastante fino, largo y negro, tenía unas zapatillas tipo botitas de color verde rana. Nos miramos y ella se me acercó.
Lucila – Hola, soy Lucila. Me citaron para el Encuentro, ¿a vos también?
Yo – Hola, ¿qué tal? Soy Agustín, pero no sé bien a qué Encuentro te referís…
Lucila - ¡Ah! Es que es secreto… claro…  Hablemos bajito entonces. No se lo digamos a nadie (y soltó una carcajada). ¿Ya fuiste a la Secretaría o te parece que deberíamos esperar acá?
Yo – Me parece que no tengo mucha más idea que vos. Lo divertido es que si nos montaron una broma por lo menos podré solidarizarme con vos ya que no serás la única que habrá caído.
Lucila – (Volviendo a largar una carcajada) ¿Y siempre vestís de traje? Tenés una cara más informal.
Yo – No siempre, pero para asuntos misteriosos lo intento, ¿me queda mal? ¿Debería adaptar las facciones de mi cara para este evento?
Lucila – Ya sabés cómo te queda el traje, ¿necesitás que te lo diga una mujer para reafirmarte? ¿O no te interesa la opinión de una que usa zapatillas que vos jamás usarías?
Yo – (Le mostré una extensa sonrisa)
Lucila – Mirá, aquel que viene caminando con un papelito en la mano, será otro de los invitados. ¿Apostamos?
Yo - ¿El que está vestido de tenista con esos colores fluorescentes? Quizá esté buscando a un semáforo que no funcione para reemplazarlo.
Lucila – Sí, ese, porque sería lo perfecto para que conformemos una ensalada.
Yo – Bueno, un café te apuesto a que no.
Lucila – (Dirigiéndose al tenista una vez que estuvo parado frente a la Iglesia). ¿Venís al Encuentro, campeón?
Facundo – Sí, ¿ustedes son los que me citaron? Llegué tarde porque perdí el colectivo y hoy tuve entrenamiento. Soy Facundo.
Lucila - ¡Me encantan los cafés que son gratis! (a la vez que me guiñó el ojo).
Yo – A mí no me molesta ofrecerlos…
Facundo – ¿Me dicen de qué se trata?
Yo – No lo sabemos porque llegamos hace unos minutos y estamos pensando si buscar la Secretaría o si irnos a nuestras casas.
Lucila – Es curioso. Pero acá hay algo que me inquieta. ¿Ustedes qué hacen de sus vidas, si se puede saber?
Facundo – Yo juego al tenis, y digamos que profesionalmente, no es que me disfrace de tal.
Yo – Lo mío es la poesía...
Lucila – (Interrumpiéndome) Y yo soy científica... De verdad que somos una ensalada entonces.
Facundo - ¿Nosotros somos las Tres Esperanzas?
Lucila – No, si fuera así confirmaríamos que es una broma.
Yo – No, esto viene por otro lado. Aunque también podría ser un fantástico sinsentido.
Lucila – Vamos a golpear la puerta de la Iglesia porque si no estamos perdiendo el tiempo.
      Subimos unos escalones y nos paramos los tres frente a la puerta principal. Nos miramos, sonreímos algo nerviosos entre sí, y la puerta comenzó a abrirse ante nuestra presencia.
Lucila - ¿Vamos a entrar?
Facundo – Las damas primero.
Yo - ¿Tenés miedo, macho?
Facundo – Si vos no, entrá vos primero.
Lucila – Yo no soy creyente ni supersticiosa, así que si acá vamos a respetar a las mujeres, entro yo primera.
Yo – Te sigo.
Facundo – Vamos, dale che.
Ingresamos y estaba todo muy oscuro. La puerta se fue cerrando despacio como por inercia. En cuanto estuvo a punto de cerrarse completamente y dejarnos sin la poca luz que llegaba de la calle se encendieron unas velas próximas al altar en una pequeña mesita que parecía aquella que usan los monaguillos, y allí vimos a una monja que era quien las había encendido. Acto seguido nos hizo señas para que nos acercáramos a ella y a esa pequeña mesita, a ese pequeño nuevo altar.
Nos acercamos y fuimos sentándonos casi en silencio. Primero Lucila, luego yo, y por último Facundo golpeando su rodilla con el primer banco, haciendo mucho ruido y sin saber cómo disculparse.
Emilia – Bienvenidos, soy la hermana Emilia. Muchas gracias por haber venido. (Decía esto mientras iba sentándose en una pequeña silla al lado de la pequeña mesita para terminar enfrentada a nosotros. Su acento era algo español, y su mirada estaba como enceguecida). Soy yo quien los ha invitado. Esto acontece todos los años. Es una misión que tengo dentro de la Iglesia. Es un plan que ha orquestado un queridísimo sacerdote italiano que ha vivido muchos años por Latinoamérica, en especial por La Argentina. El padre Giovanni ha muerto, pero quienes le hemos conocido hemos prometido proseguir con su idea hasta el año que él señaló como el último de un ciclo para ver si se obtenía algún resultado. Así que siéntase parte de algo así como de un proyecto que durará hasta… (Suspiró largamente antes de proseguir) Si para entonces no hubo cambio social ni hay verdadera democracia… (Sonriendo secamente) Yo no estaré viva para entonces, o estaré viva en la Gracia del Señor, pero vosotros sí lo estarán y ojalá hayan podido ver algún resultado positivo de todo esto. Ese es nuestro mayor deseo.
Lucila –Hermana, yo creo que hay un error conmigo porque yo no soy creyente.
Emilia – ¿No crees en el hombre ni en la naturaleza?
Lucila – Sí (dubitativamente).
Emilia – Por eso te he citado. Por eso te Hemos citado.
Yo - ¿Y yo hermana, por qué?
Emilia - ¿Nunca has dicho que la poesía es divina? Allí está la respuesta.
Facundo - ¿Y conmigo? ¿Qué tiene que ver el tenis con todo esto?
Emilia – ¿Acaso no crees estar desplegando un don que has sentido desde pequeño? ¿Recuerdas cuando tu tío te advertía que ibas a llegar muy lejos si te esforzabas?
Facundo - ¿Mi tío venía a esta Iglesia?
Emilia - ¡Cuánta inocencia de ángel!
Yo – Hermana, tiene nuestra atención.
Emilia – Les agradezco por ello. Les explicaré. Que ustedes se conozcan es circunstancial y no es lo importante. Aunque tal vez en el futuro vuelvan a encontrarse… Pero me es fácil explicarles a todos juntos para que vean que el plan abarca, siempre, mucho más que a uno mismo. Como les dije, esto ocurre todos los años desde 1976 y será así hasta el 2011, porque para entonces esto debería haber provocado algo positivo o porque para entonces desde lo alto contemplaremos con el padre Giovanni nuestro fracaso… (Quedándose con el rostro perdido mirando el suelo).
Yo – Hermana Emilia, por favor, siga contándonos.
Emilia – Sí, perdón, mis fuerzas flaquean y me emociona mucho recordarlo a Giovanni. El amor entre un hombre y una mujer inspirado en la pureza es algo que le desearía lo viviesen todos los enamorados.
Lucila – Qué hermoso lo que cuenta, señora, digo, hermana…
Emilia – Hermana, o madre ya me siento de vosotros…. Les cuento entonces que siempre se elige a una persona dedicada a la ciencia, en este caso tú, Lucila, a un artista, que eres tú poeta, y a un deportista, hoy Facundo. Deben ser jóvenes, y buena gente, por supuesto.
Facundo – Hermana, ¿qué es lo que nos va a pedir?
Emilia – Hijos míos, vosotros vivirán sus vidas, con sus momentos terribles, y con sus momentos de euforia. Pero de seguir por el mismo camino que van transitando, llegará el día que por su constancia verán los frutos anhelados. No por lo que pudieran recibir vosotros por ello es lo que a nosotros, a la Iglesia, nos preocupa; es por lo que pudieran aportar al plan, ya no sólo de Giovanni ni mío, sino de toda la Comunidad.
Lucila – Yo no estoy ni bautizada.
Emilia – Dios lo sabe porque sabe de tu existencia también, con o sin bautismo.
Yo – Hermana Emilia, ¿cuál es el plan?
Emilia - ¿Qué dirían si les digo que yo sé dónde se encuentra ahora el científico más genial que tiene el país, el poeta mejor inspirado, y el más virtuoso deportista? ¿Les gustaría conocerlos? Lucila, ¿te gustaría poder charlar con el cerebro más preciso que tiene esta tierra y que podría alcanzar la dilucidación de las cuestiones más enigmáticas que se plantea la ciencia? Agustín, ¿te gustaría oír la voz del poeta más brillante y dulce que ha nacido hasta el día de hoy en Buenos Ayres? Facundo, ¿te gustaría darle la mano al mejor tenista del mundo?
Yo - ¿Están aquí en el templo? Yo he conocido a los grandes poetas vivos que tiene el país, ¿o quiere decirme que podré hablar con alguno que ya no está?
Emilia – No. Me refiero a que pueden conocer a quienes serán, si el plan funciona, los mejores en lo suyo. Las tres personas que vosotros admirarían por siempre tienen ahora unos diez años de edad. Ellos, si el plan… serán los mejores, quizá del mundo, en cada una de las disciplinas que ejerzan.
Lucila – No entiendo algo. ¿Usted quiere decir que hay unos niños que serán mejores que nosotros, pero que aún no lo son, pero que eso ya se sabe?
Emilia – Así es. A los religiosos muchas veces se nos anuncian las cosas. Para nosotros no es algo muy extraño que un ángel nos visite durante la oración. Y todos los años, desde que el padre Giovanni ha recibido esta misión, vienen a mí para brindarme los detalles de estos genios en lo suyo. Y yo sé dónde están para que, si les apetece, vayan a verlos. El plan consiste en que tal vez puedan vosotros ayudarles en algo y para que vosotros sepan que, si ellos lo consiguen, habrá más esperanza. Porque imaginen si todos pueden disfrutar de estas personas, que para ser genios verdaderos deben ser buena gente: luciendo el mejor tenis nunca antes visto plasmando un sacrificio ejemplar, recitando los poemas más preciosos y sentidos enamorando las almas, y develando misterios de la ciencia que mejoren la calidad de vida de todos…
Facundo – Me perdí en algo. ¿De qué sirve que yo conozca a quien será el mejor tenista del mundo? Es decir… me gusta la idea… qué sé yo, es simpática, porque nunca pensé que yo podría ser el mejor de todos pero…
Emilia – Sí, Facundo, tú eres el mejor de todos, pero hay alguien que podrá, o que podría, superarte muchas veces. ¿Te indignaría conocerlo?
Facundo – Para nada, sería un placer, aunque me borrase a mí su buen juego de la historia del deporte.
Emilia – Seguimos sin equivocarnos en la elección de los candidatos. Aquí hay tres sobres con sus nombres escritos. Dentro del sobre están escritas las direcciones donde se encuentran el pequeño genio científico, el pequeño genial poeta, y el pequeño gran tenista. Vayan a verlos. Luego de ello, recen, y no olviden esta experiencia jamás en todos los caminos que transiten. Que Dios los bendiga, gracias por haber venido; ahora podré irme a descansar que ya he cumplido con mi deber. Hijos míos, cumplan con el suyo.
Uno a uno nos fuimos poniendo de pie a la vez que observábamos cómo la hermana iba apagando las velas con unos soplidos que me parecían estertores. Ahora fui yo quien golpeó la rodilla contra al banco y Facundo contenía su risa. Lucila ponía una cara que expresaba algo así como que “los hombres son muy torpes”. Así fuimos caminando hasta la puerta principal y volvimos a vernos los rostros con mayor claridad en el ya oscurecido barrio de Palermo. Teníamos en nuestras manos los sobres que nos había entregado Emilia. Acercándonos a un farol…
      Facundo – Che, yo me quedé algo emocionado.
      Lucila – Yo estoy muy muy intrigada.
      Yo – Yo quiero conocer al mejor poeta de todos los tiempos. Abramos los sobres.
Los tres encontramos que había que estar a las 22 horas pero en diferentes puntos. Facundo debía estar frente al Palacio de Tribunales para conocer a Guillermo. Lucila tenía que ir a las escaleras del Congreso de la Nación para conocer a Gabriela. Y yo debía ir a Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, para encontrarme con Jorge. Estaba claro que no podíamos ir juntos entonces. Nos despedimos y quedamos en contarnos la experiencia, para lo cual intercambiamos direcciones de correo. De lo que les sucedió a mis compañeros, que fue cosa parecida, preferiré que sean ellos quienes lo cuenten cuando lo crean prudente. Lo que yo les contaré ahora, finalmente, es lo que me tocó vivir a mí.
      Tenía tiempo para el encuentro, o para lo que sería el hallazgo, y decidí no ir en subte, porque siempre me gustó caminar por la ciudad, y porque necesitaba calmar un poco el nerviosismo generado. En realidad sufría más de ansiedad que de nervios. Y mientras caminaba me preguntaba que cómo lo reconocería, que cómo podía ser que me encontraría con el más grande poeta, siendo niño, en Plaza de Mayo. ¿Qué iban a pensar los padres si quería hablar con el chico? ¿Por qué razón el encuentro me marcaría tanto? No conocería al poeta en acto sino a quien sería en varios años más, es decir, no tendría ahora las facultades poéticas desplegadas como para sorprenderme como podría hacerlo una vez que fuera algo mayor. Mi corazón se aceleraba a medida que desarrollaba nuevos interrogantes. Pero qué mágico resultaba todo. Me encontraba finalmente viviendo una escena altamente poética, y con un contenido espiritual muy grande. Sentía como si Dios me hubiera susurrado mi nombre al oído… Tenía que sentirme feliz. No lo sabía bien, si sentirme feliz o no. Quería, primero, realizar la experiencia, disfrutarla, absorberla, lo que fuera, pero con serenidad y con el compromiso de haber sido elegido para integrar un plan, un plan que parecía divino, que debía ser divino. Porque si estaba Dios detrás de todo esto… ¡cómo me temblaban las piernas!
      Llegué a la Plaza alrededor de las 2145 horas y comencé a realizar una inspección ocular lo más exhaustiva que me fuera posible. Con mis piernas algo inquietas recorría las baldosas sigilosamente, como si no quisiera que extraños detectaran mi andar. Sólo ansiaba que Jorge me descubriese o descubrirlo yo a él. Un encuentro de dos poetas, un aprendiz y el maestro, cuestión que se invertiría, ¿o ya sería así?
      Corroboré en mi teléfono la hora y vi que iban a ser las 22. Allí mismo, en el otro extremo de la Plaza, encontré la sombra de una pareja que iban unidos tomados de la mano a través de las manos de un niño. ¡Ese debía ser Jorge! ¡Qué emoción sentía! Por ello decidí acortar distancia para interceptarlos caminando sobre el pastito y sin importarme ser muy educado por irrespetar los senderos peatonales. Estaba muy oscuro mientras caminaba por el pasto y tropecé con un bulto y fui a dar al suelo. Mi mirada seguía observando aquellas sombras que caminaba muy lentamente, y con movimientos alegres, a unos cien metros de donde yo había caído. No tuve curiosidad por ver con qué me había tropezado hasta que sentí unos gemidos muy leves como de dolor. Entonces miré hacia atrás y con la luz que me proveía la pantalla de mi teléfono pude ver que el bulto era un niño acostado en el parque cubierto por unos trapos. Y gemía con quejidos que no podía distinguir si era que me quería decir, o no, alguna cosa. Le pregunté si estaba bien, si le había lastimado, a la vez que no dejaba de mirar aquellas sombras de la pareja y el niño porque no quería se me perdiesen. Entonces, el niño que se encontraba en el suelo me habló con una voz muy clara y pausada.
Niño – Por favor, contame un cuento que me quiero volver a dormir.
Yo - ¿Dormís acá? ¿Estás solo?
Niño – Sí, duermo acá. No estoy solo, luego vienen algunos amigos que también duermen acá y dormimos todos juntos. Pero a Ramón, un linyera muy simpático, que nos contaba cuentos, no lo volvimos a ver y lo extrañamos mucho. Y como veo que tenés un libro en las manos imaginé que podías contarme un cuento, así sea para disculparte por haberme despertado. Porque me duele mucha la cabeza. Será por el hambre… Puede ser… Sólo un buen cuento puede hacerme dormir, eso sí lo sé.
Yo – Me parece bien. Te voy a leer un cuento, ¿pero podrías esperar unos minutos que tengo que hacer algo muy importante? No lo tomés a mal, y confiá en mí, que hago eso y regreso acá mismo para contarte un buen cuento, uno bien feliz. ¿Algo para comer?
Niño – No tiene porqué ser feliz el cuento. Tiene que ser verdadero, para que me haga soñar un poco. No busco uno fantástico que no me diga nada que pueda suceder. Preferiría uno realista, que si tiene un final feliz mejor, pero inspirado en la realidad. Tengo el estómago cerrado, gracias.
Yo – Mirá, te dejo mi libro acá como garantía de que voy a volver en breve. Me llamo Agustín, y perdoná que te haya despertado y de esta manera. Volveré inmediatamente.
Niño – Ah, este no es un libro de poemas, ¿por qué editan libros que no son de poemas, Agustín? Yo soy Jorge, Gito me dicen los gomías.
Yo – Sí… ¿Jorge! ¿Te llamás Jorge?
Jorge – Sí, pero mi nombre artístico es Gito. Cuando recito poesías en el tren, o en la plaza, me hago llamar Gito. Porque una vez una señora me dijo que los poetas, todos, tenían pseudónimos, ¡con ps! Porque yo sé leer y escribir. Ramón me enseñó, un linyera que es muy buena gente y que me dijo había sido profesor, pero de matemática (sonriendo divertido).
Yo – Gito… Yo creo que tengo que hablar con vos.
Jorge – Sí, el cuento. ¿Y aquello importante que tenías que hacer?
Yo – Vos sos lo importante, y perdoname por no habértelo demostrado.
Jorge – Tranqui, sin tanto respeto. No me enojé porque me despertaste. ¿Me vas a contar un cuento?
Yo - ¿Alguno en particular? Uno real me habías pedido… Pero contame un poco más de vos así sé qué cuento te puede gustar más (poniéndome en cuclillas a su lado).
Jorge – Creo que a todos los chicos de mi edad, tengo once años, nos gustan los cuentos que generan mucha ilusión probable. En mi caso, también, me gustaría oír algo sobre la esperanza. ¿Sabés que el primer poema que yo escribí se titulaba La Esperanza?
Yo - ¿Lo tenés acá?
Jorge – No, un día me senté en las escaleras de la Casa de Gobierno, porque Plaza de Mayo es mi plaza, y cada uno tiene la suya, y estaba escribiendo mi poema número siete, aquél era mi séptima creación literaria. Pero justo estaba ahí, con mi lápiz y mi cuadernito, cuando salía el presidente y, vos sabés, me sacaron a patadas y mi cuaderno cayó al piso. Cuando lo fui a buscar sólo recuerdo el ruido del golpe del zapato que me pegó en la cabeza. Y desde ese día tengo fuertes dolores de cabeza. No fue hace mucho, y me está matando… El lápiz lo encontré sobre mi pecho al despertar a la vuelta manzana y partido en varios pedazos… ¿por qué hacen eso?
Yo - ¿Sentís que te está matando el dolor? ¿Fuiste a un hospital?
Jorge – Quizá sea una metáfora lo de que me está matando (y me sonrió pícaramente). ¿Hospitales? Me mandarían a un lugar extraño luego, y eso me da miedo, además no tengo nada de plata, ¿no se nota?…
Yo – ¿No tenés a nadie en quien apoyarte?
Jorge – Sí, tengo un amigo que se llama Agustín y que me va… perdoná… me mareo a veces… te decía que tengo un amigo que se llama Agustín y que me va a contar un cuento… ¿tendré fiebre, che?
Yo  -Dejame ver. (Posé mi palma en su frente y sentí que estaba tocando a una brasa). Gito, vamos al hospital, porque me parece que no estás bien.
Jorge – Te puedo oír sin que me duela la cabeza si cierro los ojos, como Homero, como Borges… ¿a vos te gustan los poetas?
Yo – Gito, yo soy poeta. Y para mí es un placer poder hablar con un colega y me encantaría que me recitaras ese poema titulado La Esperanza. Cuando yo tenía tu edad escribí uno que se llamó La Paz, fue el primero de los que escribí en mi vida.
Jorge - ¡Qué bueno!... La Paz… Tu poema es mejor que el mío. Yo no tengo esperanza quizá, pero sé que cuando la pesadilla termine sentiré paz al partir. Y ahora me duele menos la cabeza porque nunca antes había conocido a un poeta. Qué placer, qué afortunado me siento… Dame la mano…
Yo – El placer es todo mío Gito, conocer al Gran Poeta de la Plaza de Mayo (mientras estrechábamos nuestras manos)…
Jorge – Ojo, y mucho cuidado, que se confundirá la gente, porque habría que aclararlo, que tal vez con ese título, poeta de la Plaza de Mayo, alguno creerá que vivo dentro del palacio rosado. Porque sería un error muy grave, y hasta me ofenderían, porque esos bichos no saben nada de poesía. Cómo me pegaron, compañero… En fin, me encanta, me divierte haber encontrado a un colega, a otro poeta. Y vos serás de verdad porque no tenés que dormir acá…
Yo – Vamos al hospital Gito, dejame ayudar a levantarte.
Jorge – Agustín, no te molestés. Tomá mi mano y sentate acá que en cuclillas no vas a aguantar mucho más.
Yo – Gito, poeta, vamos al hospital que tenés que escribir mucha poesía, que no se puede rendir jamás un ser inspirado.
Jorge – Escribila vos, lo importante es que alguien la escriba. Que haya poetas ayuda a resistir. Pero me duele la cabeza, no te lo puedo negar. Quizá deba ir al río, ¿me acompañarías  al río?…
Yo – Voy a llamar a una ambulancia, tranquilo amigo.
Jorge – “Adonde voy, poeta / no me llevan ambulancias /ni me esperan enfermeras. //. Adonde voy, poeta / no sufriré más la ignorancia / y Dios sabrá de mis quimeras”…
Yo - ¿Se te acaba de ocurrir? Me encanta, maestro… Gito… Gito, ¿me oís? ¡Gito! ¡No! ¡Dios, no! ¡Giiiiiito! (Sosteniéndole la cabeza con mis manos) ¡Dios, recibe en tus brazos y en tu gloria a este poeta! No te olvidaré jamás, compañero, y cada vez que escriba algún poema estarás en él, porque serás siempre quien inspire lo que deba decirse a quien se precie de llamarse a sí mismo que es poeta…

Madrid, 2011
Avgvstinvs Eliyahu

4 comentarios:

Anónimo dijo...

muy lindo el cuento... muchas veces uno ni siquiera sabe que tiene un don, lo cual se camina sin saber hacia donde apuntar...

Analía dijo...

Querido Agustin:
Me agradó leer esta historia. Gracias por compartirla.
Es interesante, por momentos graciosa e inquietante. Invita a la reflexión.
Mi cariño y mis deseos de días cálidos, plenos de armonía, paz y bendiciones
Analía

Anónimo dijo...

Hola Agustín, mi nombre es Lucila, pero no soy cientíifica soy una futura traductora... me emocionó mucho tu historia, por lo real, porque todos los días paso por la plaza de mayo y veo a los pibres tirados en la calle. No sabía que con la literatura también se puede tomar consciencia social! Por los que vi vivis en España no? Tenés algún e-mail? Saludos!

... dijo...

Hermosa historia! Triste, pero llena de esperanza! Gracias por compartir =)