enero 30, 2011

Barco Fijo

A Mel
 
Los ingleses vuelven a invadir territorio argentino en el invierno del hemisferio sur. Esta vez no buscan intentar conquistar Buenos Ayres o mantener su prepotencia militar en las Islas Malvinas. Su ambición, abusando oportunamente de la falta de liderazgo en La Argentina, contempla ahora ocuparse del país por completo.

Estos no son los mismos aires de las cuatro invasiones del siglo XIX (1806, 1807, 1833, 1845) o la mucho más reciente de 1982. En toda Latinoamérica se comparte una visión de unidad en su amplio sentido y ésta quedó expuesta satisfactoriamente. Desde México llegaron decididos zapatistas, de La Cuba comandos del grupo élite Che Guevara, del Perú el Regimiento de Granaderos Libertador San Martín completo, de Chile voluntarios cruzan los Andes diariamente, el Brasil ofreció su Fuerza Aérea y Bolivia conjuntamente con Venezuela todos los marinos y soldados, respectivamente, que fueran necesarios… En cuanto al enemigo, todos sus socios mercenarios y comerciantes de sangre colaboran obsecuentemente con el armamento más sofisticado del planeta. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –motor del organismo- bendice una vez más al neocolonialismo apoyando al Reino Unido, o se podría decir, vanagloriándose a sí mismo. La diplomacia amordazada observa con impotencia los combates como únicas razones aceptadas.

La guerra nunca es sencilla y hemos visto como recrudece día a día con derrotas y triunfos sangrientos para ambos bandos. Europa y los países de habla inglesa se alinearon con Inglaterra para acelerar la suerte de las armas. Las fuerzas invasoras deciden entonces dar un golpe simbólico a un islote rocoso al norte de la Isla de los Estados en el Atlántico Sur. Los buques enemigos han sufrido el hundimiento por siete a causa del fuego preciso que desde esa pequeña guarnición de voluntarios recibieron.

Con mi amigo y también voluntario Mel hemos orquestado los famosos ataques convirtiéndonos en los comandantes de ese islote denominado por nosotros “barco fijo”. Nos encontrábamos planeando futuras acciones cuando recibimos un comunicado del Jefe del teatro de operaciones: “Serán atacados brutalmente con todo el poderío enemigo con la intención de hundir su ejemplo. Que el destino y Dios los juzgue. Mi respeto y admiración, la patria estará siempre con la valentía que ya ha sido demostrada. La defensa es imposible”.

Nos miramos fijamente y evaluamos las dos y únicas posibilidades. Podíamos abandonarlo todo con los botes previstos o quedarnos a experimentar el martirio. Mientras él hacía una evaluación de la situación con su flanco yo hacía lo propio. Al oeste se contaba con doce hombres y al este quedaban a mi mando ocho voluntarios latinoamericanos. Dimos la orden conjunta de ofrecer la posibilidad de iniciar el abandono del emblemático Barco Fijo ahora mismo porque no habría tiempo al comenzar el ataque o la defensa imposible. Nadie estaba obligado a permanecer con nosotros en esta aventura. Ya no peleábamos sólo contra el enemigo, estábamos batallando contra nosotros mismos.

Quedamos solos. Para esa batalla final decidimos ubicarnos en la posición y batería de defensa más alta para poder ver lo que ocurriese en todo el islote. Nos abrazamos fuertemente y no nos prometimos vencer, nos juramos con gloria morir. Quemamos las banderas blancas.

Cayó la noche y un silencio preámbulo de despedidas nos paralizó el corazón. El frío congelaba nuestras manos al descubierto porque era la única manera de poder manipular la carga y despeje de la artillería. En la mismísima mitad de la noche se encendieron las luces de las numerosas y gigantescas sombras que suponíamos eran los buques de guerra invasores posicionándose para el ataque final. No habíamos podido sorprenderlos porque no podíamos arriesgar la escasa munición remanente. Lo hacían como parlamento que pedía nuestra rendición. Realizamos fuego reunido y un barco fue alcanzado violentamente en su proa causando un incendio feroz y probablemente mortal para su navegación. Juramos haber visto una bandera pirata caer al mar en llamas. Pero con el instinto que lleva en el alma el relámpago, el resto de las embarcaciones comenzaron a escupir los misiles y el bombardeo naval más terrible y desmedido de esta guerra eterna en la historia y en nuestras heridas. Seguramente alcanzaron los capitanes enemigos a ver nuestras siluetas en las alturas rocosas iluminadas macabramente por el fuego y explosión que causaba el bombardeo. Levantamos nuestros fusiles en provocación para unirnos en el grito final y todo fue enceguecerse, y el islote estalló.

Me desperté extrañamente vivo y en el verano del hemisferio norte, aunque seguro de haber preferido morir por un sueño de verdadera y definitiva libertad. Sabiendo que cuando eso ocurre, jamás se está solo.
Barcelona, 2008
Avgvstinvs Eliyahu

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