agosto 06, 2010

72 horas de ansiedad no correspondida

La velocidad de los medios de comunicación hace creer a muchos que todo debiera ser igualmente veloz. Como si hubiera que hacer el amor en el mismo tiempo en que se envía un correo electrónico, o como si hubiera que recorrer una ciudad en el mismo tiempo que nos tomó arribar a ella en avión.

Como escritor está claro que el arte de escribir cartas es parte de mi vida. Así suelo intercambiar correspondencia, a través de los medios modernos y también con aquella vieja y sana costumbre de escribir a mano, ponerle una estampilla al sobre e ir caminando al correo. Siempre respondo una carta, a no ser que sea una agresión, y no suelo demorarme demasiados días en ello. Es más, suelo escribir algunas cartas para “calentar mi pluma”.

Quiero presentar un ejemplo de situaciones que recibo cada vez más a menudo transcribiendo extractos de tres cartas recibidas en tres días por la misma persona.

Día 1: “Apreciado poeta… escribiéndote para enviarte un poema mío que me gustaría muchísimo saber tu opinión y si sabes de algún lugar adonde podría enviarlo para intentar publicarlo… No quiero quitarte tiempo y te voy a agradecer mucho tu opinión… ¡Felicitaciones por tus poemas! ¡Muchos besos!...”

Día 2 (24 horas después): “Poeta… no sé si habrás tenido tiempo de leer mi poesía que no creo sea tan mala ni te hará perder demasiado el tiempo. Para mí es muy importante saber tu opinión como te dije… Quizá te hayan molestado mis besos porque tengas ya una mujer a tu lado, eso no lo sé… ¡Sólo estoy pidiéndote unos minutitos!... ¡Muchos besos!”…

Día 3 (48 horas después de la primera carta): “Serás poeta o lo que quieras pero no tienes derecho a tratar a nadie a sí. Ni tampoco estaba pidiéndote algo demasiado importante para ti, aunque sí para mí… Si no te gustó mi poema me lo dices y punto. ¿O acaso te crees que eres el único mortal que escribe poesía? No tengo porqué soportar este desprecio de tu parte y espero no saber nada más de tus letras… ¡Egoísta, engreído! ¡Hablando de solidaridad y no respondes una carta bien intencionada!... ¡No buscaba nada extraño sino que me dieras tu opinión! ¡Aprende a ser cortés antes de escribir poesía! Y no quiero ninguna respuesta tuya disculpándote, ¡por favor!”…

Imagínense ustedes, comienzo a leer el primer mensaje, unos días después de haberlo recibido y encuentro un poema al que considero con el mismo interés y honestidad como a cualquier libro que haya abierto en mi vida. Señalo algún verso, realizo algunos comentarios, siempre admirando lo que a mí me ha gustado, y me encuentro con el segundo mensaje. Entonces comprendo que andará con cierta urgencia por saber mi opinión. Luego me encuentro con el tercer mensaje y digo, ¿entonces no le envío ya mi parecer o quedaré como un mal educado?

Abrazado a la serenidad
Avgvstinvs Eliyahu
Zagreb, MMIX

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